El amor como fuente de vida

Somos concebidos por amor y fruto de ese amor, alumbrados a la vida.

Madrid, a 1 de junio de 2021

Por Cristina Cano Milán

Me viene a la memoria un episodio de mi más tierna infancia, que sigo recordando con muchísimo cariño y no es otro, que el amor de mi madre hacia sus hijos.

Especialmente recuerdo una historia, que ahora rescato de la memoria, de entre las muchas otras; por ser un canto del amor incondicional, de mi madre, especialmente hacia mi persona.

Esta historia es crucial para mi existencia, me ha ayudado a crecer y a convertirme en el ser humano, que soy ahora.

La historia se desarrolla en mi más temprana edad. Y es, en ese instante, cuando tengo la imagen de mi madre cocinando a diario, y observo que no aprecio su cocina; y, me resisto a comer el menú que propone día a día.

Soy la única persona de la familia que pone reparos. Mi respuesta aún la recuerdo, – ¡no me gusta ese plato! Estoy segurísima que acompaño esa queja, junto a una graciosa mueca.

La recuerdo y la rememoro. Y aunque me arrepiento, aún percibo el inmenso placer de que mi mamá me está cuidando. Qué está involucrada en mis necesidades, en mis preferencias, en mi salud, velando por mí, ¡para que no tenga anemia y no me enferme!

Y bajo esa excusa, encuentro doble ración de amor y de protección por parte de mi progenitora. Además de comidas especiales y muchas excepciones.

Pueden pasar días, semanas e incluso años, hasta que un día yo misma, pronuncio las mágicas palabras: – ¡mamá quiero comer lentejas, judías y garbanzos!

El punto de inflexión llega cuando inicio los estudios en el Colegio.

Pero no sucumbo rápido a ese cambio de alimentación. Me resisto, no quiero perder la oportunidad, que afortunadamente me brinda la vida de manos de mi mamita del alma. Ese cuidado especial, esa atención preferencial, de ella hacia mí, diferenciándome del resto de la familia.

Y es ahí en el salto al colegio, cuando de manera casual, charlando con mis compañeras, comentamos las comidas que nuestras madres nos cocinan. Es justo en ese momento, cuando me doy cuenta, para mi sorpresa, que esas comidas que ellas aman, son las que particularmente detesto.

A golpe de escuchar los gustos y preferencias de mis compañeras empiezo a sentir fuertes deseos de alimentarme de otra manera. Y les doy otra oportunidad a esos platos caseros, abriéndome a probar esas comidas desconocidas.

¡Las pruebo, me gustan y comienzo a demandarlas en casa!

Más tarde, al igual que ellas comentan, yo también repito el discurso entusiasmada hacia mis compañeras. ¡Empiezo a disfrutar de las mismas recetas de cocina! ¡Comienzo a apreciar las comidas que mi madre cocina, y empiezo a probar todos y cada uno de los platos que prepara!

Y a día de hoy, ¡vuelvo a conmemorar esas ricas recetas culinarias! ¡Disfruto comiendo frutas, verduras, hortalizas y hasta legumbres en mi casa!

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