La traumática experiencia española de la Guerra Civil 1936-1939, no fue solo la terrible consecuencia de una guerra fratricida, sino las consecuencias acumuladas de siglos de opresión, injusticias sociales, y abusos de poder, en una España decadente y miserable, donde la sociedad feudal era supervisada por el demencialmente cruel poder del Santo Oficio, que era una especie de vigilante inquisidor y maligno, ocupado en restringir la libertad de pensamiento, así como cualquier tipo de libertad no relacionada con la religiosidad menos auténtica, todo un absurdo de comedia, lejos del verdadero Dios cristiano, y nunca más cerca de un auténtico fariseísmo, donde el horror y el terror estaba servido, a la menor sospecha, por nimia e infunfada que fuera.
No es de extrañar, pues, que exista ese resentimiento tan recalcitrante entre los españoles, que dificulta tanto la reconciliación y la paz. Estamos acostumbrados a la incomprensión entre nosotros mismos, a la crueldad más dura y surrealista, a la inconsideración hacia el que piensa y se distingue, porque la educación y los modales de siglos y más siglos, nos ha llegado a calar hasta la sangre, y no sabemos hacer nada de otra manera, excepto maltratando y humillando.
La brusquedad y la brutalidad, son sellos de la casa hispana, porque nos hemos dedicado con ahínco a desarrollarlas. España atesora un triste acervo de violaciones de los derechos humanos, y ha perpetrado algunos genocidios memorables, como el llevado a cabo en los tiempos de Felipe II en Flandes, o las diferentes escabechinas desplegadas por toda América. Sin mencionar la opresión constante y continuada, ya mentada de la Santa Inquisición, que produjo un pueblo esclavizado e inculto.
De aquí debe provenir la sombra de Caín, de la que nos habla Antonio Machado, y de la que él terminó siendo víctima, así como cientos de intelectuales, y miles de españoles, exiliados obligados, porque de sobra conocían cómo se las gasta el Inquisidor.
Estamos hablando de las pinturas goyescas de los «Caprichos», incluyendo aquel mítico «Neptuno devorando a sus hijos», una representación alegórica de lo que fue España, y continúa siendo, aunque parece que de una forma más atenuada, merced a la influencia de la Unión Europea, quiero creer. Pero, como decimos, la locura sanguinolenta, nos viene de casta, y hay víctimas todavía de esta falta total de aprecio por el discrepante y por el disidente.
En España no basta con proponer la paz, y el borrón y cuenta nueva. Aquí te tienes que bajar los pantalones, y permitir que te humillen, pues, de lo contrario, te espera una sensación de ahogo y de quema vital, no otra cosa que el acoso al que eres sometido por ser libre y por ser tú mismo.
FRAN AUDIJE
Madrid,España, 5 de julio del 2023
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