Una de las características de la política, ampliamente reconocida, es su extraordinaria capacidad para mentir, y para «quedarse» con la gente, sin que pase gran cosa, o no pase absolutamente nada.
Comprendemos que el gran objetivo del político, es hacerse con el poder, y mantenerse en el mismo lo máximo que sea posible. Y, a propósito de estos fines políticos bien definidos, encontramos otra característica bastante común en la política: la falta de ética y de escrúpulos, a la hora de hacer o dejar de hacer lo que haga falta, con tal de llegar a la poltrona, y de mantenerse en la misma.
Comentar sobre toda esta política orientada al mantenimiento del poder, y que se basa en el pilar fundamental de engañar a la gente, y de perpetuar este engaño a lo largo del tiempo, que, como decía mi abuela: «las mentiras tienen las patas muy cortas», y podremos alargar la esperanza de la gente con habilidad infinita, pero, cuando se trata de algo tan básico como es llevarse el pan a la boca, parece asombroso cómo a la gente se le despeja el entendimiento, de tal manera, que surgen los cambios de Gobierno, y hasta las revoluciones políticas, tan temidas en las sociedades del bienestar, donde nos hemos acostumbrado a vivir muy bien, descuidando la vigilancia sobre nuestros directivos políticos, que, por esta falta de vigilancia, se han corrompido, poniendo en peligro a la democracia y a los Estados de Derecho.
Lo más adecuado para alargar la vida de un político en el poder, sería que este cumpliera con lo prometido en su programa electoral, y que no hubiera sorpresas en relación con la coherencia ideológica que se presume de los políticos, a menudo de manera bastante ingenua por parte del pueblo. Si hacer las cosas bien, o como es debido, fuera una práxis habitual en la política, el mundo sería maravilloso, créanme. Porque un enorme porcentaje de los problemas que nos acucian a los ciudadanos, tiene que ver con las gestiones malas o deplorables de nuestros representantes políticos. Lo peor de toda esta carencia de competencia a la hora de hacer las cosas bien, es que los problemas socio-políticos, afectan a nuestras vidas personales, y, en bastantes ocasiones, las afectan de manera lo suficientemente grave, como para llevarlas a la ruina.
«Por sus obras los conoceréis», dice el Evangelio de Jesucristo, en una verdad como una catedral, seamos partidarios o no de la religión. Las palabras, las promesas, las aseguraciones, de poco sirven si no van acompañadas de sus respectivas obras. Pero no solo de obras, sino de obras que sean efectivas y eficaces, para lo cual entra en juego otro factor, como es el modo en que se factura la acción. E, incluso, un factor añadido, que tampoco es moco de pavo: el tiempo en que se lleva a cabo la obra.
FRAN AUDIJE
Madrid,España,16 de diciembre del 2023
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