Hace años, un amigo metido en política, me decía extrañado que yo soy muy filosófico, vamos, que no me dejaba llevar por la corriente, y que actuaba según mi propio criterio. Mi respuesta fue, que la cabeza no la llevamos de adorno. Como tampoco llevamos el corazón para no tener sentimientos, ni nos mueva la compasión hacia otros semejantes.
En política, es muy común carecer de conciencia, y se repite como un mantra el adoctrinamiento, así como predominan las posturas políticamente correctas, en una especie de disciplina militar.
Sin embargo, los ciudadanos que no estamos encuadrados en partidos, ni tampoco en sectas, ni otro tipo de asociaciones sometidas a férros amarres y limitaciones, poseemos la ventaja de contar con la libertad para formarnos un juicio propio, y autónomo de ciertos corsés inhibidores y asfixiantes.
La libertad, no debería gestionarla alguien para todo el mundo, sino que cada cual es lícito que pueda pensar, y que pueda formarse su propio criterio, a partir de la reflexión y el análisis. La realidad, es que existe poca gente que responda al anterior perfil definido, y lo normal es, más bien, la actitud borreguil.
Cuando uno usa la cabeza para algo más de llevar el pelo, y para asumir lo que otros piensan, y nos dicen qué y cómo debemos hacer las cosas, suele ser motivo de sorpresa, y hasta de indignación, por el simple hecho de tamizar uno, las ideas que por ahí se sueltan. De tamizarlas, y de criticarlas, claro, porque cuando uno contempla los dicursos de los distintos líderes sociales, religiosos, y políticos, con afán analítico, fruto de una formación académica, es raro que se alinee al 100%, con los personajes en cuestión, surgiendo, pues, una dialéctica crítica o discrepante, que no debería causar incomodidad, sino servir de aportación positiva.
Mucho más necesaria y normal, es la crítica periodística y literaria, porque forma parte de la sustancia democrática. En tal sentido, hay líderes que no aceptan ni una mácula en el perfil público que gastan, pero esa actitud es encubridora y embaucadora, denotando intenciones manipulativas y ladinas.
Lo más beneficioso para una nación demócrata, es que se pongan las cartas sobre la mesa, para que sepamos lo que hay, y lo que deja de haber. Rehuir el pronunciamiento de los críticos y pensadores, equivale a la preferencia por lo opaco, y por lo tenebroso, porque lo que se pretende es acceder a una circunstancia poco clara, y que beneficia realmente a muy pocos.
FRAN AUDIJE
Madrid, España, 20 de abril del 2024
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
