Uno se crió en un pequeño pueblo de Extremadura, donde la sobriedad se podía respirar, pero sobraban las palabras cariñosas por todas partes. Las mujeres se te quedaban mirando, y te preguntaban: «¿Y tú, de quién eres?», para, acto seguido, envolverte con la más cálida de las sonrisas maternales. Mi pequeño pueblo de Extremadura, era un lugar de gente amable, de gente que siempre decía: «¡Vaya usted con Dios!». Y se pasaban el «Misterio», de casa en casa, y también «La Sagrada Familia». Mi abuelita me enseñó todas las oraciones cristianas que yo conozco. En las crudas noches de invierno, me iba a despedir a la cama: ella me arropaba hasta las orejas, con al menos cuatro mantas, rezábamos la oración de los ángeles y las cuatro esquinitas, para que se me quitara el miedo a la oscuridad del cuarto con bóvedas de arista.
Las chicas que conocí en mi adolescencia, eran dulces y simpáticas, pero duras de pelar para «ir al huerto». La ropa de entonces era muy elegante, pero nada ceñida. El atractivo de las mujeres de mi época, estaba más en la belleza de sus rostros y en su gracia natural femenina, que en sus «partes nobles». Las chicas no salían a «buscar cacho», salían a bailar con sus amigas y amigos, a tomar algo rico, y, luego, se volvían para casa con su virginidad incólume. Un buen día, ellas se camelaban a ese chico que les gustaba de toda la vida, y se ennoviaban. Muy probablemente iban al Altar con ese mismo novio, y tenían hijos en el matrimonio, y hoy son unas estupendas amas de casa y unas inmejorables profesionales en sus trabajos remunerados.
Hace un momento he venido de la calle, y cada vez que llego a casa como ahora, veo a muchas mujeres luciendo unos cuerpos magníficos. Todas ellas van al gimnasio y cuidan en extremo la alimentación. Algunas, incluso, liman sus defectos en la avanzada Cirugía Estética, capaz hacer mágicamente sexi, un cuerpo mediocre o desaprovechado. Pero los caballeros nunca se quedan atrás: todos ellos lucen cuerpos musculosos y esculpidos por el alfarero del entrenador físico. Entras en una tienda, y, normalmente, junto a la Caja, puedes encontrar toda clase condones y lubricantes sexuales. La verdad es que la perfección corporal de las mujeres y hombres de hoy día, unida a una moda que resalta todos los valores sexuales de los cuerpos perfeccionados y cuidados, invitan a dejarse llevar cuando te cruzas con todos esos «pivones», en que se han convertido las mujeres de este tiempo, y se te quedan mirando con descaro… y deseo.
Mientras escribo estas letras, me paro a pensar un poco, y estoy llegando a la conclusión de que los seres humanos estamos perdiendo, no solo valores, como justamente se cacarea tanto, sino también valor como personas. En nuestros días, se le está dando gran importancia a la presencia física, a la práctica del sexo y a los placeres culinarios, pero cada vez tenemos menos seso, menos neuronas, y menos cabeza. Noto una enorme y creciente agresividad entre todos. Si prendes el televisor, predominan las noticias políticas, que consisten en descalificaciones de los unos hacia los otros, y viceversa. En nuestra sociedad cunden las infidelidades y los fracasos matrimoniales o de pareja. El bullying, los escraches, el Paro laboral agresivo, la violencia de género, la densa corrupción política, el odio hacia lo religioso, enfrentamientos entre extremistas, crisis económica, crisis sanitaria… En nuestra sociedad predomina la «mala leche», el cachondeo y el deseo sexual desenfrenado… Pero, la cabeza… ¿dónde hemos dejado la cabeza?, ¿qué hacemos con el cerebro, además de utilizarlo para conspirar contra el vecino?.
FRAN AUDIJE
Madrid,España,17 de septiembre del 2024
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