PHILLOPHERNES O EL LIBRO DE ORO

( Por Eledubina Becerril Rodriguez, Filósofa, artista multidisciplinaria mexicana.)

La helada polvorienta caía sobre el cuerpo de Phillophernes, mientras ajustaba las mazorcas en el costal de lazo. De pronto miró como llegaban las seis de la tarde y los trabajadores abandonaban los surcos igual que él.
Era el sábado al medio día cuando se terminó la jornada en la labor.
Al otro día mientras los otros gastaban su sueldo en comida para sus familias y bebidas alcohólicas para ellos, él volteaba aburrido hacia su estante con tres libros.
Buscaba más, pero en el pueblo no había.
Fue a recorrer las calles después de la homilía, escuchando el mismo sermón que durante años repetían los sacerdotes.
Caminó por las mismas calles hasta que encontró varias hojas impresas tiradas, las fue levantando una por una y en su sorpresa miró que las podía entender.
Extendió las manos para leerlas. Los manuscritos inéditos estaban perfectamente impresos y tenían señales y palabras clave.
Durante varias horas estuvo reuniéndolas hasta que le pusieron una ubicación cercana. Tenía que ir caminando con el mapa en la mano.
Cuando llegó miró el libro, estuvo meditando varios minutos si podía tocarlo y sentirlo con las manos.
Colocado sobre una roca rugosa cortada a propósito por la mitad, se aproximó.
Era brillante la portada y el título finamente impreso en letra de oro sobre el mismo material dorado.
Lo sorprendente fue cuando lo abrió e iba leyendo y descubriendo palabra por palabra hasta reunir las frases.
Respiró extasiado porque esa belleza era demasiado para él.
Phillophernes, entendió su propio nombre y cada una de las palabras y objetos del universo.
Siguió leyendo a pesar de sentir que ya tenía todo el conocimiento y aún no pasaba de la séptima página.
Dentro de la cavidad no podía mirarse lo que pasaba afuera porque el brillo del libro iluminaba, hasta que escuchó el rumor de la voz de unas personas a lo lejos que claramente decían que había que regresar al pueblo.
La mente de Phillophernes, navegaba en el oleaje de una sabiduría increíble.
No era solo el oro superficial donde estaba escrita, el verdadero brillo se quedó inserto en sus cinco sentidos y de ahí jamás volvería a ser el mismo. Se encerró en el silencio.


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