El Gringo del que les hablo hoy, no es el gringo estadounidense, el que tanta antipatía despierta, por su soberbia imperialista, y al que pedimos, despectivamente, que meta las narices en su país: «Gringo, go home», le increpamos, en expresión rencorosa. Nada que ver, mi perrito Foxterrier, Gringo, con la otra acepción desafortunada.
Le bautizamos con ese nombre, precisamente, por todo lo contrario, por ser tan simpático cuando se nos quedaba mirando, con sus ojos de azabache, medio extraviados entre su pelo blanco y negro, su hocico alargado y bigotudo, y su eterno cariño hacia todos nosotros, aunque era un perro muy nervioso y con mucho carácter, pero le queríamos como un miembro más de la familia, de pleno derecho.
Gringo, además, era psicólogo y despertador. Cuando nos veía tristes o cabizbajos, inmediatamente se nos acercaba a consolarnos. Ponía sus patitas delanteras sobre nosotros, y se estiraba, tratando de tocarnos con la nariz húmeda y negra. Era un perro fantástico.
Por las mañanas, cuando comprendía que debíamos dejar de remolonear en la cama, especialmente los domingos, venía al borde de la misma, y lamía cualquier extremidad que pudiera sobresalir de entre las sábanas. Si esto no era suficiente, acudía a tocar con su naricina de carbón mojado, nuestro rostro. Y si esto tampoco surtía efecto, entonces se subía encima del colchón, nos pisaba un poco con sus patas, para, acto seguido, hacerse un hueco allá donde más a gusto se notaba, hecho un verdadero gurruño peludo.
En ocasiones, que estábamos muy ocupados, se nos pasaba la hora de sacarle a que meara, e hiciera sus otras necesidades. Pero Gringo nos lo recordaba: se colocaba frente a la puerta de salida de la casa, y miraba a ambos lados, el nuestro, y el de la puerta, de manera que nos quedaba claro que era su hora de esparcimiento callejero, para marcar su territorio con sus chorros de orines, y defecar, normalmente en lugares limpios o en el cesped. Eso sí, cuando las autoridades se pusieron serias, comenzamos a recoger sus caquitas, por civismo, y por higiene urbana.
Un día, mi padre se llevó a Gringo al campo, y, tras la jornada de trabajo, ya anocheciendo, mi padre le llamó para el retorno a casa en el coche. Pero Gringo estaba muy entretenido jugando entre las flores, y poniéndose perdido de agua en los charcos, por lo que, agotada la paciencia, arrancó mi padre, y Gringo se quedó esa noche a pernoctar, en compañía de los chuchos que guardaban el ganado. Cuando regresara, a la mañana siguiente, Gringo salió como una exhalación al encuentro del coche, y se introdujo dentro, alojándose en el portaequipaje, sin manera de que bajara de ahí durante toda la jornada.
Otro día de campo, Gringo iba saltando por delante de nosotros, cuando le vimos desaparecer, de pronto. Nos pusimos a buscarle desesperados, y le acabamos encontrando en el interior de un pozo de agua, cuyo brocal estaba casi a ras del suelo. Menos mal que Gringo era un excelente nadador, y no paraba de patalear en el agua del pozo, como a unos 5 metros por debajo del brocal. Mi padre, con una larga experiencia, agarró en seguida una cuerda, hizo un nudo corredero, a modo de soga de ahorcado, bajando la soga hasta el hocico alargado de Gringo. Después de varios intentos, atinó a meter la soga en el hocico, tirando súbitamente de la cuerda, de modo que el nudo corredizo atrapó con fuerza a Gringo, y mi padre lo pudo salvar de una muerte segura, por ahogo en las frescas aguas de esta verdadera trampa.
Recuerdo el último día que estuvo junto a nosotros. Tenía tumores por todo el cuerpo, y le era muy penoso sostenerse de pié, por lo que le agarramos en nuestros brazos, y salimos a una plazoleta bajo casa, para que nuestro Gringo hiciera sus necesidades. Nos daba una gran pena, contemplar las últimas horas de Gringo en vida, y comprobar su lastimoso estado, pues debía tener dolores por todo el cuerpo, cuando, nos quedamos muy sorprendidos, de ver cómo nuestra mascota, salía corriendo con insospechado vigor, tras una perrita de la misma raza, que acababa de hacer acto de presencia. Un rato estuvo Gringo, cortejando a la perrita, mientras mi padre y yo, no cabíamos de asombro: «Pero, si se estaba muriendo…»
Finalmente, nos volvimos para casa, con Gringo otra vez bajo el brazo, pues, fue desaparecer la perrita, y, nuestro mejor amigo, retornó a su triste realidad. Unas horas después, le trasladamos a la Facultad de Veterinaria, porque comenzó a agonizar, y no queríamos que sufriera, sin poder hacer nada por él.
Debo admitir que, nunca había visto a mi padre, el principal compañero de Gringo, sollozar tan desconsoladamente, como aquella tarde, mientras nos alejábamos de nuestro inseparable hermano canino, y le dirigíamos una última caricia, y una última mirada de lejos, hasta que los veterinarios se lo llevaron, para administrarle una inyección, que lo sumiera en un profundo sueño, y condujera a nuestro amado Gringo, a la feliz morada eterna tan merecida para los perros.
FRAN AUDIJE
Madrid, España, 7 de abril del 2025
Fotografía Facebook.
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