A PROPÓSITO DEL TIEMPO  EN LA CANCIÓN «LA CASA DE AL LADO»…

RECUPERACIONES

Por Isrrael Sotillo

Fotografía redes sociales.

Barinas,  Venezuela, 09 de julio de 2025

CUALQUIER concepción que se tenga del tiempo, cualquiera, sea ésta, física o filosófica, siempre estará emparentada o coincidirá en lo fundamental con la de las antiguas culturas. Epicúreos y estoicos supieron darle importancia. En el Egipto floreciente, el escarabajo representaba la renovación eterna de la vida. En Grecia al hijo de Gea y Urano, Cronos, se lo ovacionaba el duodécimo día de cada mes. Los hindúes llamaron Osamara a la rueda del tiempo de la vida: un ciclo sin fin de nacimiento, vida o muerte, del cual era necesario liberarse. Los ouroboros eran representados por los alquimistas como el símbolo, por excelencia, de la eterna repetición de la vida. Los aztecas y los mayas también fueron sabios del tiempo, quién lo duda.

Giambattista Vico, dejó todo un legado acerca de los ciclos interminables de la historia; Fiedrich Nietzsche, le dedicó largas páginas a lo que él llamó “el eterno retorno”. Para el filósofo alemán, los mismos acontecimientos se vuelven a repetir en el mismo orden sin posibilidad de variación. Científicos de los días actuales, como Jhon Richard, defienden la teoría de los universos autogenerados; Roger Penrose, trabaja con la llamada cosmología cíclica conforme; Peter Lynds, parte de la repetición infinita del tiempo; y Henry Poncaré, aporta el teorema de la recurrencia. A su manera, llamativamente, cada uno de ellos, posee una visión circular e interminable del tiempo y el universo.  

En su celebrada novela “La Muerte de Artemio Cruz”, el escritor mejicano Carlos Fuentes, nos deja ver los procesos mentales de un viejo que se haya postrado ante la muerte inminente e indigna, pero su voluntad, que le ha otorgado una posición sobresaliente en la sociedad, se resiste a dejarse a vencer. A lo largo de ese libro, Fuentes, juega con la circularidad de la vida representada en la guadaña, símbolo del tiempo y la muerte (ayer, hoy, mañana): “Artemio Cruz está enfermo. El otro. Artemio Cruz está enfermo: no vive: no, vive. Artemio Cruz vivió. Vivió durante algunos años… Años no añoró: años no, no. Vivió durante algunos días. Su gemelo. Artemio Cruz. Su doble. Ayer Artemio Cruz, el que sólo vivió algunos días antes de morir, ayer Artemio Cruz… que soy yo… y es otro… ayer”.

Los días, el tiempo de Buenos Aires, octubre, noviembre y diciembre de 2019, me dejaron una voz  impregnada en lo más hondo de la memoria, expresada en la letra de una canción,
la cual ha estado resonando de manera cíclica en mis oídos como un sonido lejano, cuyo nivel de volumen se desvanece con la brisa, sobre todo en las tardes de los días domingos. Debe ser porque los domingos, a la hora del Conticinio, son iguales en cualquier parte del mundo: callados y de encierros colectivos como los que tuvieron lugar en los días de la pandemia del Covid 19.  La voz es, la de Liliana Herrero, una mujer que aparte de ser filósofa, canta como ella misma. La letra es del uruguayo Fernando Cabrera, quien también la grabó. Pero creo que la escribió para Liliana Herrero, más que para él. “La casa de al lado” es el título de la composición musical generadora de esta narrativa embebida de la poética del tiempo y del universo, ya que la inmensidad está en nosotros, está adherida a una especie de expansión de ser que la vida reprime, que la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad, según palabras de Gastón Bachelard. 
El mundo es grande, pero en nosotros es profundo como el mar, afirmaba el poeta Rainer María  Rilke, el autor de “El libro de las horas”:

«`No hay tiempo, no hay
hora, no hay reloj
No hay antes ni luego ni
tal vez
No hay lejos, ni viejos,
ni jamás
En esa olvidada
invalidez

Si todos se ponen a
pensar
La vida es más larga
cada vez
Te apuesto mi vida una
vez más
Aquí no hay durante ni
después

Deja no me lo repitas
más
Nosotros y ellos vos y
yo
Que nadie se ponga en
mi lugar
Que nadie me mida el
corazón

La calle empieza a
incomodar
El baile del año terminó
Los carros se encargan
de cargar
Los restos del roto
corazón

Acá en esta cuadra
viven mil
Clavamos el tiempo
en un cartel
Somos como brujos del
reloj
Ninguno parece envejecer

Mi abuelo me dijo la
otra vez
Me dijo mi abuelo que
tal vez
Su abuelo le sepa
responder
si el tiempo es más
largo cada vez

Discrepo con aquellos
que creen
que hay una sola eternidad
Descrean de toda
soledad
Se engaña quien cree la
verdad

Aquí no hay tango
no hay tongo ni engaño
Aquí no hay daño
que dure cien años
Por fin buen tiempo
Aunque no hay un
mango
Estoy llorando
toy me acostumbrando

Se pasa el año se pasa
volando
Ya no hay más nadie
que pueda alcanzarnos
Y yo mirando sentado
en el campo
Como se pasa el año
volando

No pasa el tiempo no
pasan los años
inventa cosas con
cosas de antaño
A nadie espera
la casa de al lado
Se va acordando, se
Acuerda soñando
Se va
acordando

Por eso te pido una vez
más
tómatelo con
tranquilidad
Puede ser ayer, nunca o
después
Pero tu amor dame
alguna vez.
«`
El pensamiento de que esta vida, tal como la hemos vivido, tendrá que ser revivida otra vez, y una cantidad innumerable de veces, que no habrá nada nuevo y que tanto las cosas más grandes como las más pequeñas volverán para nosotros en la misma sucesión y en el mismo orden. Este pensamiento tal vez puede sumir en la desesperación al hombre aparentemente más fuerte [ y sin embrago] hay que alcanzar la voluntad de querer que retorne todo lo que ya ha sucedido, de querer en lo sucesivo todo lo que acontecerá.

Hay que amar la vida y a nosotros mismos más allá de todo límite para no poder desear otra cosa que esta eterna y suprema confirmación.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa


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