LISTOS Y TORPES

Ser listo o ser torpe, no siempre depende de cuestiones fisiológicas, como el número o la calidad de las neuronas en nuestro cerebro.

Existen otros factores que pueden determinar nuestra competencia o incompetencia, a la hora de realizar tareas, o de tomar decisiones. La instrucción o formación que hayamos adquirido, los valores que nos muevan en la vida, y nuestra propia habilidad natural.

Valores como, la abnegación, la generosidad, la bondad, la fraternidad, la compasión, la asertividad, y otros, son capaces de otorgarnos una gran dosis de brillantez a la hora de hacer las cosas. Este tipo de valores, suelen ser connaturales a las personas que los ponen como bandera de su vida. Pero se pueden enseñar, y se pueden aprender, mediante el ejemplo, y mediante la influencia del mundo que nos rodea de manera más inmediata.

Fundamental es, por supuesto, la instrucción que hayamos recibido sobre las tareas que se nos encomienden, así como nuestra propia capacidad para aprender de la experiencia. Existen personas con unos conocimientos mediocres, pero que los van perfeccionando o supliendo a medida que la experiencia les enseña.

Y no solo eso, sino que hay determinadas habilidades, mejor afianzadas en unas personas que en otras, debido a la propia constitución natural de las mismas, aunque también sería posible adquirir tales habilidades o perfeccionarlas, a medida que ejecutamos las tareas a lo largo de un tiempo.

Nadie es tan torpe, o tan sumamente incompetente, que no pueda servir o ser útil, para el crecimiento y el bienestar de la sociedad. El quiz de la cuestión es que nos dediquemos a aquello para lo que mejor estamos dotados, o para lo que mejor estemos preparados.

Normalmente, aquello por lo que sentimos atracción, coincide con la idoneidad nuestra, dados nuestros valores, para realizar determinada labor.

Dos ejemplos de lo que hemos hablado, vienen muy a propósito, como el de Isaac Newton, y el del Ramón y Cajal:

Newton, el gran físico inglés, descubridor de la teoría de la gravedad, y uno de los más eminentes científicos de todos los tiempos, antes de descubrir sus dotes intelectivas, por una afortunada casualidad, había sido destinado por sus padres a gestionar un negocio agrícola de su familia, que tuvo que tirar la toalla, ante la suma incapacidad del pequeño Newton para los temas del campo. Lo encomendaron a unos familiares, para ver si conseguían hacerle aprender algún oficio, y fue cuando comenzó su carrera universitaria, en la que la humanidad entera hizo «bingo», al acertar de lleno.

El médico español, Santiago Ramón y Cajal, siendo rapaz, demostró ser un mal estudiante, que pasaba las lecciones de sus profesores, dibujando monigotes, y poseía un gran gusto por la vida en la naturaleza, siempre distraído con actividades lúdicas y de ocio. Una carambola, por fortuna, dejó al descubierto su talento para la medicina y la investigación, al ser encontrado por un brillante maestro, que le enseñó de manera más práctica que teórica, consiguiendo despertar en el joven Ramón y Cajal, la afición por el conocimiento.

FRAN AUDIJE

Madrid, España, 29 de agosto del 2025

Fotografía, retrato de Santiago Ramón y Cajal, por Joaquín Sorolla, 1906. Museo provincial de Zaragoza.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa


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