ESCENAS DE LA MAFIA

Imaginemos por unos momentos, que Francis Ford Coppola, y Sergio Leone, fueran directores de cine españoles. Traslademos algunos de sus más sonados éxitos cinematográficos, como, El Padrino, o Érase una vez en América, al contexto español, donde podrían haber situado la acción de estas dos obras maestras. Fácil sería ubicar, por ejemplo, se me ocurre, a Felipe González Márquez, en lugar de Marlon Brando, y a Al Pacino, sustituirlo por José Luis Rodríguez Zapatero.

Con ese magnífico peliculón de Leone, Érase una vez en América, el mecanismo de alteración de papeles, por el supuesto cambio de nacionalidad del Maestro que dirigió la película, podría obedecer del siguiente modo: Robert de Niro, y James Woods, los dos adolescentes cuyo crecimiento sigue la cámara cinematográfica, en aquel Nueva York de principios del siglo XX, los quitamos del medio, colocando en su lugar, a José María Aznar, y a Mariano Rajoy Brey.

Estoy viendo El Padrino español, en Technicolor o en Panavision, tecnologías de la cinematografía, vamos a poner que españolas, igualmente, y me hace mucha gracia contemplar a Marlon Brando, acariciando su gato, sustituido por Felipe González, mientras un pobre vecino es recibido en audiencia, clamando venganza por su hija que fue violada. Recuerdo perfectamente aquellas palabras de El Padrino, que comprometen al pobre vecino para una ulterior ocasión, que pudiera ser requerido para algún favor, en pago por esta venganza. Y, efectivamente, según se sucede el largometraje, vemos cómo El Padrino acude a solicitar el pago de la venganza perpetrada como solicitud, solicitando, a su vez, otro favor al pobre vecino, en el que, para mayor tragedia, el pobre vecino pierde la vida. El diablo se cobra caros sus apoyos, estimados lectores.

Y estoy asistiendo a las escenas de Pacino, reunido con otros miembros de la Mafia, cuando planean su desembarco en la Cuba de Batista, invirtiendo en Casinos, y negocios relativos. Me llamó la atención aquella escena en la que Pacino, o Zapatero, en este caso, es protagonista de cómo uno de los miembros de la Revolución castrista, llega a inmolarse como Kamikace, para atentar mortalmente contra un pez gordo del régimen. Pacino, demostrando un sentido común aplastante, se repliega en la inversión, acordada, en principio, con el resto de mafiosos, admirado ante las agallas de este revolucionario, capaz de entregar la vida por un ideal.

Sin embargo, en este caso, el guión de la película, habría que adaptarlo al caso de nuestro Zapatero, porque nos tuvo acostumbrados a marginarse de las reuniones con sus colegas de la Unión Europea, donde siempre se le veía aparte, mientras todos los demás debatían amigablemente. Tampoco nos podemos imaginar a ZP, discurriendo con tanto sentido común como demostró Al Pacino, en aquellas memorables escenas.

En cuanto a Érase una vez en América, sí me puedo imaginar también, a Aznar y a Rajoy, en sus correrías adolescentes por aquellos barrios neoyorkinos, manteniendo relaciones con aquella excitante muchacha que se presta a ser magreada, pero también conociendo el amor platónico, para, posteriormente, convertirse en grandes negociantes de éxito, entre toda clase de gamberradas y de aventuras de la mafia que se va forjando.

Recuerdo la escena final de Érase una vez en América, llena de simbolismo, y que nos mueve a la reflexión: el protagonista, encarnado por De Niro, o por cualquiera de los dos presidentes conservadores, entra en un establecimiento del barrio chino de Nueva York, y se tumba para fumar opio. Cuando la cámara se acerca al rostro del actor, nos deleita con una amplia sonrisa, repleta de felicidad. Una felicidad que nunca ha existido en el protagonista, y que solo mediante el artificio de la droga se llega a materializar.

La escena relatada, en el fumadero de opio, tendría que ser sustituida por aquella en la que Mariano Rajoy, ante la ONU, proclama desde la tribuna de oradores, que en España no se violan los derechos humanos.

FRAN AUDIJE
Fotograma de Érase una vez en América.
Madrid, España, 17 de diciembre del 2025
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