LA MEMORIA HISTÓRICA, DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Hay que comprender a los compatriotas españoles, hermanos, por tanto, que defienden la causa de la II República, después de cerca de un siglo de haber acontecido, con la terrible consecuencia de una guerra fratricida, en la que se calcula que murieron un millón de españoles.

Yo puedo entender que se organice una Memoria Histórica, para honrar a nuestros antepasados, de los que nos sentimos orgullosos por los valores que defendieron, y por los que dieron la vida, en medio de tanto sufrimiento. Lo entiendo, y, en el sentido apuntado, me parece aconsejable no olvidar aquellos hechos, en cuanto a lo que entrañan de glorioso.

Creo que tampoco debemos olvidar a las múltiples vidas segadas en el otro bando, los llamados «nacionales». Ellos eran españoles, con el mismo derecho que los conocidos como «republicanos», a defender sus ideales.

No fueron ni mejores ni peores, unos u otros, simplemente pensaban distinto, porque fueron hijos de unas circunstancias muy diversas. Circunstancias que no propició su generación, sino que se encontraron con ellas, las heredaron de la Historia.

Alguien dijo, ¿quién sería?, que una de las mayores potencias del amor, es la comprensión. Quienes se aman, suelen hacer el esfuerzo de comprenderse mutuamente, y, al comprenderse, hacen el amor.

Pero, el esfuerzo de la comprensión, surge cuando se va con buena intención, para lo cual es indispensable un corazón compasivo, un corazón educado hacia el respeto, un corazón ético, un corazón tierno y blando ante los padecimientos de ese al que consideramos vecino, acudiendo a socorrerle de inmediato, puesto que lo único que odiamos de él es su indigencia.

Por encima de cualquier Memoria, a veces tratando de sacar tajada y rédito político de la misma, debería quedar el corazón de los hombres, pero hablo de corazón, no del pedrusco que llevan algunos en el pecho.

Cuando se comprenden los defectos del vecino, es posible amar sus virtudes, y es posible confraternizar, hacerse hermanos de una misma nación, trabajando solidariamente por el bien de la misma.

No puedo olvidar aquellas palabras de Jesús de Nazaret, cuando una turba de exaltados se disponían a dilapidar a una mujer indefensa, pillada en flagrante adulterio: «Quien no haya pecado, que tire la primera piedra».

FRAN AUDIJE
Fotografía Juan Luis Guedejo
Madrid, España, 3 de enero del 2026
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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