JOEL ORTEGA JUÁREZ
Ciudad de México 12 de febrero del 2026
Durante décadas, ser de izquierda en México significó habitar los márgenes. No me refiero a una marginalidad romántica, esa que algunos intelectuales celebran como signo de pureza, sino a una marginalidad impuesta por la exclusión legal, política y simbólica. No había registro, no había curules, no había espacios en los medios ni en las universidades públicas, copadas desde entonces por una élite que se sigue viendo a sí misma , usando un alegato absurdo contra la extraterritorialidad, precisamente cuando la UNAM y otras universidades fueron invadidas por la policía o el ejército.
Esa izquierda extraoficial, prohibida de hecho, existía en sindicatos independientes, en movimientos estudiantiles reprimidos, en pequeñas editoriales que funcionaban como trincheras, en casas de cultura autogestivas y en las calles, siempre en las calles. Era una izquierda sin presupuesto, sin reflectores, sin padrinos.
Su fuerza era moral, pero su capacidad de incidencia real era casi nula. Hoy el gobierno de Sheinbaum nos quiere regresar a esa situación. Está restaurando la dictadura perfecta.
Tenemos la obligación de salir de la marginalidad, sin que eso nos lleve a ser los cortesanos , como lo son antiguos militantes de eso que se
autonombra izquierda o incluso socialista y comunista.
Llegó la transición, la reforma política, el IFE, los primeros triunfos electorales. Poco a poco, aquellos que habían estado fuera comenzaron a entrar. Consiguieron el registro, llegaron al Congreso, gobernaron estados, ocuparon espacios de los que estuvieron decenios excluidos. Fue un cambio histórico, sin duda. Pero también ocurrió algo que apenas ahora podemos nombrar con claridad: la salida de la marginalidad no siempre significó una democratización del poder; en muchos casos, fue la perversión de la izquierda.
Salir de la marginalidad no tendría por qué implicar entrar a la corte. Sin embargo, ocurrió. Los mismos que denunciaban las componendas aprendieron a negociar en lo oscurito. Los que pedían democracia interna reprodujeron el dedazo.
Los que se burlaban de los privilegios terminaron vistiendo la misma piel del funcionario que antes criticaban. No fue una traición en el sentido melodramático del término; fue, más bien, una adaptación pragmática al único modo de hacer política que este país conoce: el del favor, el de la lealtad personal, el del “ya que estás aquí, ¿por qué no aprovechas?”.
Pero hay otra posibilidad. Salir de la marginalidad no tiene que equivaler a rendirse ante la lógica cortesana. Se puede dejar de estar fuera sin pedir permiso para entrar. Se puede influir sin formar parte de la élite que controla las universidades, los medios y los partidos. Se puede construir poder sin repetir los vicios del poder que se combate. Se puede ser gobierno sin ser cortesano, ser oposición sin ser marginal, ser crítico sin ser mártir.
La diferencia está en el ánimo con el que se ocupa el lugar. El cortesano gobierna para conservar su sitio; el que sale de la marginalidad sin perder el rumbo gobierna para volver innecesaria la corte. El primero mira hacia arriba, esperando órdenes o prebendas; la segunda mira hacia los lados, reconociendo a sus iguales.
México necesita una izquierda que haya dejado atrás la marginalidad, sí, pero que no haya cambiado el lenguaje de la calle por el código cifrado de los pasillos. Necesita una izquierda que ocupe espacios sin ser ocupada por ellos.
Porque salir de la marginalidad es necesario. Pero entrar a la corte es una elección. Y aún podemos elegir distinto. Es la hora de defender la incipiente república contra los restauradores del viejo régimen de la dictadura perfecta, aunque se pongan la máscara de izquierda o de comunista.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria
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