Por: Atilio Alberto Peralta Merino
Ciudad de Puebla, Puebla, 20 de marzo del 2026
No cabe duda de que la filosofía y el teatro griego, el Derecho Romano y los textos bíblicos resultan las lecturas fundamentales para toda formación intelectual medianamente sólida , de éstos últimos, me atrevo a sugerir la versión protestante de Casiodoro de la Reyna revisada por Cipriano de Valera, así como le edición de la editorial BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), que, no es en realidad la “Vulgata” ya que está editada en castellano y no en latín pero si es su traducción directa, me refiero por supuesto a la edición impresa a mediados de los años 70 , momento cuando los sellos editoriales todavía se respetaban a sí mismos.
De las tres fuentes referidas, resulta un verdadero lujo encontrarse con los textos bíblicos editados en versiones legibles que no se encuentren imbuidas de la más pacata moralidad convencional, que , por lo demás, no aparece ni puede aparecer por ningún motivo en su contenido, en virtud de muy diversas consideraciones como las que al efecto se exponen en la presente nota.
Tenemos , por principio de cuentas, que Moisés falla que, a falta de hermanos varones : Mala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa deben heredar los bienes de Zelofehad su difunto padre, aun cuando, en un pasaje posterior del libro de los Números , rectifica que , en virtud de ello, las susodichas herederas habrán de quedar constreñidas a contraer nupcias con un varón de su propia tribu que es la de Menesés.
El propio Moisés ha dejado asentado en Levítico la proscripción del incesto entre hermanos sean éstos uterinos o paternos, con lo que ha dejado atrás los ejes de validación social del que Morgan y Engels llamaron “matrimonio Panalúa” , en los que tan sólo quedaba proscrito el matrimonio entre hermanos uterinos de donde, Abraham, hijo de Taré al igual que Sahara , pudo tomarla por mujer sin incurrir en transgresión alguna; como sí la había ya bajo la familia patriarcal de agnados en la pasión incestuoso de Amon por su media hermana Tamar terriblemente castigada por la furia de Absalón.
Ha operado ya en el fallo de Moisés respecto a las hijas de Zelofehad, el cambio descrito por Johann Jacob Bachoffendel de la sociedad organizada en torno a gens de predomino femenino al masculino, cambio que, al decir de Engels siguiendo al antropólogo norteamericano Lewis Henry Morgan, obedece a la innovación de la domesticación y pastoreo de especies animales introducida por los pueblos arios del Ganges y semíticos de la rivera del Éufrates.
Resulta por demás curioso que en los hogares de familias burguesas sean estas católicas o protestantes, se haya pretendido fundar un cuadro de valores axiológicos a partir de relatos que describen, a las gens patriarcales dejando atrás un estadío previo, modos de vida totalmente contrarios a dichos fundamentos, Abraham pide a Sahara que se presente como su hermana ante el Faraón en Egipto por que lo es, y la ofrece al lecho de éste por que es parte de la regla de vida panalúa ( compañero íntimo) en lengua hawaiana , y , por ningún motivo, el patriarca está desempeñando un papel similar al que habría protagonizado el actor Rodolfo Acosta en la cinta “Victimas del pecado”.
La virtud de Ruth “la moabita” exaltada por su suegra viuda, es que, habiendo acompañándola de retorno a su hogar, se entregó a Boaz , como dispone la ley, el pariente más cercano del esposo de Ruth, finado también al igual que su suegro, con lo cual engendró a hijos que perpetuaron el nombre de su esposo, ya que, conforme al parentesco “agnaticio” propio de los textos más primitivos del Derecho Romano, la paternidad recaería en el difunto que, por esta vía terminó siendo padre de “Obed, que engendró a Isaí que engendró a David rey de Israel”, quizá , la familia de la “Ciudad Antigua” , según reza el título de la formidable obra de Foustel de Coulnges, terminaría dando un especial sentido a los versos en los que, al posta masatleco Gilberto Owen : “Booz canta su amor”.
Ruth, dicho sea de paso, siendo Mohabita es descendiente de Loy y de una de sus hijas, la cual, junto cun su hermana, decidieron al amparo de reglas previas como es la concerniente a la ya referida “Familia Panalúa” concebir hijos de su padre para la conservación de su nombre, sin incurrir en ninguna transgresión que pudiera imaginarse atrevida y extravagante de la que estarían imbuidos los relatos de Annaïs Nin , o Henrry Miller.
La importancia de garantizar la descendencia agnaticia llega incluso al momentos históricos en los que se escriben los textos del Nuevo Testamento como se aprecia en el pasaje en el que los saduceos- quienes no creen en la resurrección de la carne como los fariseos, y mucho menos en la inmortalidad del alma sino tan sólo en la conservación del pueblo de Israel- , inquieren a Jesús sobre cual de los hermanos que han casado sucesivamente con la viuda de aquellos será su esposo en el paraíso; en dicha tesitura, el reproche de Dios a Onan no estriba en desbordar la imaginación con fantasías lúbricas ,-ello podría ser el reproche del capataz del sistema de producción fabril en masa descrito en el segundo tomo de El Capital, pero difícilmente de Dios, al menos en el sentido en que se plasma en el Genesis-, siendo el real motivo de reproche el negarse a engendrar la descendencia de su hermano finado en la viuda de aquel.
Tanto en Antiguo como en Nuevo Testamento ofrecen material abundante en lagunas e incongruencias a la crítica literaria e histórica resultando del todo innecesario recurrir a la otra gazmoñería de un jacobinismo decimonónico trasnochado, como el que señala que el evangelio de lucas refiere la ascendencia de Jesús hasta el Rey David por la vía de José, dado que, partiendo de la siempre muy respetable fe cristiana, la naturaleza divina engendrada en él no contraviene la relación agnaticia con la casa de Judá descrita por el que acaso, a excepción de Juan es el más helenizado de los evangelistas.
“Así pues- dice Federico Engels en relación al desarrollo del pastoreo entre los pueblos semíticos-, las riquezas , a la medida que iban en aumento , daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia y, por otra parte , hacían que naciera en él la aspiración de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido”.
La pertenencia a una determinada gens se establece en los albores de la antigüedad por la vía materna ya que no había forma de determinar la filiación y así siguió al establecerse la práctica de matrimonios por grupos que tiene una de sus expresiones en el célebre “rapto de las sabinas” cantado por Ovidio y plasmado en lienzo por Rubens , el desarrollo del pastoreo de ganado con una riqueza en nutrientes que mejoró la condición de vida de la especie humana , trajo al unísono un grave conflicto social con los agricultores a los que se llegó a proscribir como deja traslucir el pasaje de Cain y Abel, y a la postre , como dijere Engels, un cambio apenas imperceptible : “Bastó decidir sencillamente que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecían en la gens, pero los de un miembro femenino saldrán de ella. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno”.
El pasaje de las hijas de Zelofehad en el libro de los Números, consigna el paso de la consolidación de la gens femenina a la masculina reforzando a la familia patriarcal semítica con parentesco agnaticio, dejando tras de sí a la primitiva relación “panalúa”, transición que describe códigos de comportamiento que están mu alejado de la “virtud” familiar que la moral burguesa de nuestros días pregona como válida, invocando al respecto los referidos relatos de manera de todo incongruente.
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