Vivir soltero te lleva necesariamente a la contemplación del mundo extendido ante la vista. Te vuelves observador, y no puedes evitar que algunos te llamen «mirón», o «viejo verde».
Cuando contemplas, por ejemplo, a las chicas recién salidas del Colegio, puede invadirte un anhelo, y una nostalgia, de aquellos años en que, contando la misma edad, te encontrabas enamorado entre ellas, con sus faldas y con su acné adolescente, pero ya repletas de una atractiva feminidad, trasladándote a un idealismo y a una excitación libidinosa de las de entonces, que hoy te mueven a pensar en clave responsable, porque ellas podrían ser tus hijas, y nunca dejarán de ser afroditas del amor platónico.
Camino por las calles de la ciudad, y sigo asistiendo a demostraciones de amor entre las parejas, tomadas de la mano, en actitud cariñosa, o besándose abiertamente. Me pregunto, entonces, cuanto tiempo durarán estos amores, puesto que las estadísticas hablan de un alto índice de fracaso de amor en la pareja, y en los matrimonios.
Se pasa mal cuando la pareja decide tomar caminos dispares. Suele arrastrarse una crisis previa, y cuando se produce la separación efectiva, la crisis pasa, del corazón al bolsillo. Pero siempre salen peor parados los niños, en quien podrían generarse traumas, en ocasiones lesivos y arrastrados de por vida.
No siento envidia, realmente, del triunfo del amor en tantos. Yo amé y fui amado, pero existen, por desgracia, unos señores aupados en las cúspides del poder, a los que nunca les dio la gana darme permiso para que, ellas y yo, nos amáramos, fundando un hogar, y hasta una familia. A cambio, he escrito sobre esta frustración, y sobre la agonía del deseo de amar y ser amado, cuando no es posible porque unos incivilizados políticos te lo niegan.
Por delante de mí vista circulan otros solteros: uno que va distraído comiendo cacahuetes, otro que pasea a un perro, evidenciando la sintonía del can para con su dueño, y otro más que atiende el móvil, mientras escucha música. Luego estoy yo, el observador que, regularmente, se ha comido los mocos, mientras unos ladrones me despojaban de mis amores, y se los trajinaban delante de mí vista, conectada directamente con el corazón sufriente, que sangraba en la invisibilidad de una tarde nublada, de la primavera del marzo dolido de los dolores.
FRAN AUDIJE
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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