Por Isrrael Sotillo
Barinitas, Venezuela, 29 de marzo de 2026
En la gloria anterior del pueblo bariniteño, a finales de los años 60′ y principios de los 70′, Pepe Luis Rivas, alcanzó la fama por dos motivos; el primero fue porque le correspondió a él ser el primer torero nacido en este pueblo enclavado en las laderas del monte andino, en una tierra de poetas hombres y de poetas mujeres.
Para esos años en la capital barinesa se daban con bastante frecuencia festejos taurinos en la Plaza de Toros portátil «Hermanos Girón» C.A., que regularmente se instalaba en las cercanías del Club España, para celebrar allí, año tras año, las famosas ferias, en honor a la patrona «Virgen del Pilar», incluso, existió una Comisión Taurina integrada por personalidades de la sociedad barinesa como los doctores José Octavio Henríquez, Martín Dávila Olivares… y el médico y escritor José León Tapia, entre otros.
La razón segunda fue aquella por la que Pepe Luis Rivas, alcanzó un nombre relumbrón por el hecho acaecido inmediatamente después de celebrada una corrida de toros el año 1970, en la que Pepe Luis Rivas era el atractivo principal, ya que regresaba de la península ibérica especialmente para actuar en su pueblo natal. Torearía en una plaza portátil que se montó allí en la seis con la cinco, con el único objetivo de que el hijo Ilustre de Barinitas, se presentara con bombos y platillos en su querida y amada población, para que sus paisanos, su gente, lo viera torear, puesto que era uno de sus mejores hijos. El coso taurino se levantó en tiempo récord, exactamente en la carrera seis con la calle cinco, un 5 y 6 cabalístico; precisamente, en el solar del inmueble del señor Nestor Rangel, que colindaba, pero que sigue ahí todavia, con la casa que es o fue del profesor Nerio Torres Alvarado; esa era, sin duda, la gran ocasión para que Pepe Luis demostrara el dificil arte de torear que había aprendido con el sacrificio económico de su padre, quien lo envió a España, y en el que derrocharía valentía como ningún otro hombre de capote y muleta en un ruedo taurino venezolano. «Mi valiente hijo torero, ya es un gran matador de toros» – solía decír el padre a los amigos cuando le preguntaban por el diestro de Barinitas

No cabía un alma en aquella armazón de madera sostenida con amarres de alambre y clavos de acero, en esa gran tarde esperada que sería de tronío, porque vinieron a Barinitas a verlo torear familiares cercanos y lejanos que querían estar con Pepe Luis en el momento en que éste pegara las verónicas y las chicuelinas aprendidas en Madrid, verlo en los quites de capote; era de verdad que ninguno de sus allegados se quería perder por nada del mundo los muletazos de temple que en el toreo de salón del bariniteño Pepe Luis, se apreciaban inigualables; nada que envidiarle a Cesar o a Curro Girón, que eran los punteros del escalafón nacional en aquella época de furor taurino en Barinas y en toda Venezuela.
La corrida empezó a la 4 y 30 de la tarde, lleno total hasta las banderas… lleno de no hay billetes. Pepe Luis, fue el último torero en llegar al patio de cuadrillas para realizar el paseillo. Antes el padre le había enviado suficiente dinero para que se comprara un traje de luces en la sastrería de toreros «Fermín», donde se siguen vistiendo los toreros más famosos de España, la cual fue fundada en el año 1963 por el señor Fermín López Fuentes, y que desde un principio se estableció en un pequeño cuarto piso de la calle Aduana de Madrid, donde Pepe Luis se hizo habitué por la amistad que logró alcanzar con un dependiente de la sastrería y porque la frecuentaba muy seguido por el encargo hecho mientras esperaba los recursos que le llegarían desde Barinitas para adquirir su prenda de vestir con la que se presentaría en las plazas del continente americano.
Cada torero tiene unos colores predilectos que, en gran medida y según los especialistas, están en función de sus personalidades y hasta de sus estados de ánimo.

Pepe Luis encargó un traje de grana y oro, como los que después usó Pepín Liria . Mandó Pepe Luis a confeccionar dos trajes de torero, pero solo adquirió uno, puesto que el dinero recibido no era suficiente para hacerse de los dos trajes. El otro que él quería era uno de color verde botella y oro para usarlo en un momento estelar de su carrera. Bien fuese en el Nuevo Circo de Caracas, o en la Monumental de Valencia y porque no en la Maestranza de Maracay. Pero no fue posible ni lo uno, ni lo otro.
El cromatismo de los vestidos de torear, además de referente estético, es una característica ligada a la personalidad del torero que elige por ello un color determinado. Del grana al amarillo, de la tradición al desafío de algunos toreros a la superstición, el traje de luces y sus colores, son un arco iris que se refleja desde el albero y forman parte de la liturgia taurina.
Me recordaron en la Plaza Sucre de Barinitas, los viejos del pueblo, que Pepe Luis se adelgazó demasiado por la dieta a la que se sometió, y también de tanto trotar y hacer ejercicios para estar en las mejores condiciones para debutar como torero en la suya Barinitas, en su querida Barinitas. El traje le quedaba muy ancho, ya que había rebajado varios quilos desde que regresó de España, debido a la tesón que le puso a los ejercicios diarios, como ya se dijo, y hubo que llamar a Mercedes Rangel, la mejor costurera de Barinitas para que le ajustara un par de centímetros o más, tanto a la chaquetilla, como al chaleco y a la taleguilla. Ahora sí que le quedaba bien ajustado el traje como quería Pepe Luis.
Contrataron una retreta de músicos de Barinas capital, para que amenizara con los pasobles y tocará los clarines y timbales para darle salida a los animales de los toriles y auditaran los avisos.
Antes de llegar a la plaza de toros Pepe Luis pasó por la iglesia San Pedro Apóstol, y allí oró frente a la imagen de San Eleuterio y se encomendó a la Virgen de la Macarena, la patrona de los toreros. Se fue a pie y se hizo acompañar en el trayecto que va desde la iglesia parroquial hasta la esquina de la cinco con la seis, unas tres cuadras, por el Cuarteto Internacional, integrado por el Chino Valera, Edgar Espinoza, Augusto Ramírez y un barquisimeto, que lo esperó con una serenata de boleros a la salida de la iglesia para irse con él hasta el coso taurino. Pepe Luis caminó erguido y lordótico por el centro de Barinitas con la mirada fija, taciturno, se tornó ampliamente introvertido todo el tiempo, no habló con nadie en el trayecto. El Cuarteto Internacional lo dejó a las puertas de la plaza de toros cantándole la canción «Me voy pal pueblo», que popularizó el Trío Los Panchos:
Me voy pa’l pueblo
Hoy es mi día
Voy a alegrar toda el alma mía
Me voy pa’l pueblo
Hoy es mi día
Voy a alegrar toda el alma mía
Ay, ay
La música y los toros han caminado juntos desde hace siglos, como dos lenguajes que se reconocen sin necesidad de traducción. La tauromaquia no se entiende únicamente desde la vista: es un ritual sonoro en el que cada compás acompaña el ritmo del miedo, la valentía y la muerte.
El paseíllo se inicia casi siempre acompañado de un pasodoble solemne, que anuncia que lo que está por suceder pertenece a un orden distinto al de la vida cotidiana.
La cuadrilla y Pepe Luis presentaron sus respetos a la presidencia, guardaron un minuto de silencio, saludaron al público y tomaron sus capotes para airearlos con pases de salón
¡Toreros a los burladeros, a la espera de la salida del primer toro!
A Pepe Luis le correspondió el tercer turno por ser el más novel de los tres toreros actuantes. La corrida se realizó a la usanza española.
Pepe Luis quiso recibir al toro a puerta gayola, el torilero abrió la puerta de los miedos, pero la salida del toro se retrasaba por mucho tiempo. Pepe Luis cambió de opinión y decidió esperar a su contrincante detrás de los burladeros. Al fin salió el ejemplar, un morlaco de capa negra como de unos 600 kilos, bravo de verdad; el animalón marcaba el terreno escarbando la arena, bufeaba de bravura y empezó a correr adherido a las querencias. Golpeaba con demasiadas fuerzas las tablas. Pepe Luis se quedo mirando fijamente al toro negro. Pensaba meterle una larga cambiada de rodillas, pero le cambiaron el tercio, y tampoco le pusieron banderillas al burel por su condición bravía…
¡A por la muleta!
La blandeó por un minuto, como a diez netros del toro pero el miedo pudo más y se apoderó de Pepe Luis y el torero de Barinitas emprendió una veloz carrera de huida y hasta se salió de la plaza de toros aterrorizado… dicen que iba más cagao’ que muchacho con diarrea.
A Pepe Luis Rivas, todavía se le recuerda en Barinitas, no tanto por ser el primer torero del pueblo, sino por correlón.
Los artículos de opinión y fotografías son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
#Upr #panorama taurino

Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
