Storytelling. Amigos del 89


Por: Raúl Jiménez Lescas

Amanecí con una foto en mi pantalla: dos amigos juntos me la mandaron. Los conocí en 1989. Mientras a lo lejos se caía el Muro de Berlín, en la fábrica de monoblocks CICSA se levantaba un muro lleno de amistad: el brochas, la Lore y el Marciano. Eran nuestros apodos de obreros. ¿Adivinen cómo me decían esos irrespetuosos obreros?

La fábrica está ubicada en San Cristóbal, Ecatepec, estado de México. Yo vivía en el Centro Histórico de CDMX y entraba a las 6 de la madrugada, ya se podrán imaginar a qué hora me levantaba para llegar puntual a la fábrica porque cerraban las puertas sí llegaba tarde. Tomaba el metro a Los Indios Verdes y de ahí en camioncito a San Cristóbal (donde fusilaron a mi generalísimo Morelos).

Ahí conocí a La Lore y al Marciano. Eran buenos tipos. Cada uno en su línea de producción y nos juntábamos para comer el lunch. Me tocaba perforar el monoblock para hacer los compresores, esos motores que enfrían tu refrigerador. El capataz, perdón, el supervisor, era perrucho y le decíamos “El Avión”, porque siempre parecía estar viendo para arriba, pero no, eran sus anteojos. También había obreras en la línea de producción, madres solteras y jóvenes. Eran buena onda. Ellas sí eran respetuosas y me decían: “Señor Raúl”.

Cada cuál siguió su camino. Entré a la Vidriera México (VIMEX) y ahí me hice tornero de primera. Era un trabajo que me gustaba. Tenía base y hasta alcancé crédito del INFONAVIT, por lo cual mi familia se mudó a Cuautitlán Izcalli. En la gaceta de VIMEX me felicitaron por estrenarme como padre. Por ahí debe rodar en el baúl de los recuerdos.

Hoy recibí la foto y me salieron todos los recuerdos. Un día salen del baúl y, como los duendes, empiezan a caminar.


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