El Batallón Matamoros de Morelia en la Guerra de Conquista (1846-1848)

Por: Raúl Jiménez Lescas, parte 2.

La batalla final

En aquellos días los amigos del periódico Monitor, al frente de Vicente García Torres y Guillermo Prieto (que años después sería ministro del gobierno de Benito Juárez) decidieron, como tantos otros mexicanos, sumarse a la resistencia nacional, pero, aclarando que lo harían alejados de Santa Anna “… por tener cual más cual menos, testimonios de su mala voluntad.”. De esa decisión y activa participación militar, saldrían los valiosos testimonios de los Apuntes para la Guerra entre México y los Estados Unidos de 1848 , y en el que colaboró como redactor, el michoacano Ramón Alcaráz.

Ante el avance de las fuerzas invasoras por el país, la tarea fundamental se concentró en la defensa de la ciudad de México, para lo cual se contó con escasos 3 meses.

El 5 de agosto, el general Scott abandonó Puebla y avanzó a la ciudad de México. Durante su trayecto fueron hostigados por las guerrillas. El comandante Colin de Tlalmanalco informó que atacó un destacamento de 25 yanquis, “… quitándoles las reses que conducía y haciendo 6 muertos y 2 prisioneros que remitió a México en unión de 11 caballos ensillados y algunas armas.”.

La primera gran batalla en el Valle de México, 19 y 20 de agosto de 1847, se efectuó en los campos del rancho de Padierna. La defensa de los mexicanos estuvo a cargo del Ejército del Norte al mando del general Valencia. La resistencia mexicana fue notable pero resultó un desastre para el Ejército del Norte, que quedó deshecho y desorganizado. Los yanquis avanzaron a la capital mexicana por el sur y suroeste, flanqueando las fortificaciones de la hacienda de San Antonio y Portales, así como el puente y convento de Churubusco, que fue atacado por las fuerzas de Twiggs; las de Worth y Pillow. La brigada de Pierce atacó en Portales buscando cerrarle la retaguardia a los mexicanos. Tras hora y media de batalla, los mexicanos cedieron terreno, perdiendo 192 hombres, según el reporte yanqui. El general Worth dijo que entre los prisioneros encontró 17 desertores estadounidenses “con el uniforme mexicano y que servían de artilleros…”. Eran los heróicos soldados irlandeses del Batallón de San Patricio, comandados por el mayor John Riley.

Los soldados irlandeses de México que defendieron a Churubusco habían desertado de las filas del invasor, como señala James D. Cockcroft: “el ejército de Estados Unidos tuvo las tasas de deserción más altas registradas en cualquier guerra librada antes o después. Un grupo de inmigrantes irlandeses desertó para formar el batallón de San Patricio y luchar al lado de sus ‘hermanos’ mexicanos.”.

El día 20 de agosto de 1847 terminó con lluvia torrencial sobre la triste derrota mexicana. Quizá si las fuerzas del general Scott se lo hubieran propuesto, ese día hubieran pisado la ciudad de México, pero por diversas circunstancias: “En consecuencia hice alto á las puertas de la ciudad, y acantoné á las tropas en los pueblos inmediatos.”.

El 22 de agosto, representantes de ambos Ejércitos entablaron pláticas conciliatorias en Tacubaya y, al día siguiente, se firmó el armisticio. Por las condiciones firmadas de ese armisticio (artículo 7º sobre los supplies, que se entendían por recursos para el ejército yanqui excepto armas y municiones), se produjo un descontento popular en la ciudad de México, pues en la mañana del 27 de agosto, unos 102 carros del ejército invasor escoltados por 40 dragones “… penetraron al centro de la ciudad á sacar dinero de algunas casas extranjeras y á hacerse de víveres para las tropas. Estando ya los carros en la plaza de armas, el pueblo bajo, se indignó al verlos, empezó a gritar muera el invasor y á Santa-Anna, á quien calificaba de traidor, y cerró a pedradas con los carros mismos y sus conductores, causando la muerte y heridas más ó ménos graves á unos cuantos carreteros y dragones.”.
Los amotinados alcanzaron a miles de hombres, mujeres, jóvenes y pelados. La autoridad capitalina los reprimió, pero los descontentos repelieron a los propios soldados del general Tornel. Tocó al comandante José Joaquín Herrera aplacar el descontento popular. Los yanquis se retiraron sin víveres y escoltados por 1,500 lanceros mexicanos. Para dar cumplimiento al controvertido artículo 7º del armisticio, por la noche el gobierno mexicano hizo llegar víveres a las tropas invasoras.
Los comisionados se reunieron los días 27 y 28 de agosto para conferenciar sobre los términos de la paz entre ambas Repúblicas.

Por su parte, Mr. Trist entregó el proyecto de Tratado de Paz estadounidense que consistía en 11 artículos, el cual el número 4, definía las fronteras entre ambas naciones. Claramente se proponían los gringos, que México cediera los territorios de la Alta y Baja California, Nuevo México, parte de Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua y Sonora. En el artículo 8, pedían que se les concediera para siempre el tránsito por el istmo de Tehuantepec. A cambio de las concesiones, el gobierno de los Estados Unidos desistiría para siempre de la reclamación a una indemnización por los gastos ocasionados por la guerra.

¿Alguna duda de nuestros lectores de que se trataba de una Guerra de Conquista?
Roto el armisticio, la primera Batalla fue por el Molino del Rey (donde se había establecido una fundición de cañones) y el depósito de pólvora conocido como Casa Mata. Venían días decisivos para la República invadida.

Don Guillermo Prieto y Ramón Alcaráz recuerdan a los michoacanos

En las Notas para la guerra de México contra Estados Unidos se rememora la participación del Batallón: “El general Santa Anna ordenó que en el puente llamado de Chapultepec se colocara el Batallón de Matamoros de Morelia, y a la izquierda el de San Blas. El resto de la reserva quedó en la arquería.”.

“En defensa de la Condesa y hornabeque se distinguió especialmente la compañía de cazadores de San Blas y el batallón Matamoros de Morelia, resultando heridos el capitán Traconis y mayor de brigada don José Barreiro.”.

Ramón Alcaráz era michoacano, y junto a un grupo de intelectuales liberales y activos participantes de la resistencia al invasor, historiaron la guerra de conquista.

El 12 de septiembre se acercaba el desenlace de la intervención. Cuenta Isidro Alemán que era una mañana limpia y de sol radiante. La noche anterior los soldados michoacanos habían pernoctado sobre la Calzada de la Viga, porque ahí se esperaba un ataque y avance de los invasores, pero no ocurrió. Los yanquis disparaban sus cañones sobre la Garita de la Candelaria y, después, al parecer al filo de las 10 de la mañana, abrieron fuego sobre el Castillo de Chapultepec.

Dejemos que el Subteniente 1º de la Quinta Compañía, Isidro Alemán, nos cuente los sucesos posteriores: “Conocida esta intención por el general Santa Anna ordenó en la Ciudadela al coronel don Juan B. Traconis, que organizara lo mejor posible el Batallón Matamoros de su mando, y con él pasara violentamente a situarse al pié del Castillo de Chapultepec y defendiera el hornabeque (fortificación) y puente, que quedaba a la entrada de la puerta del Castillo viniendo por la calzada que sale de la hacienda de la Condesa.”. Al cumplirse la orden, el Batallón Matamoros quedó listo para enfrentar combate con los yanquis invasores.

“El Batallón se situó de este modo: las compañías de granaderos, primera, segunda y tercera de fusileros, al lado derecho del puente, y las compañías de cazadores, cuarta, quinta y sexta de fusileros, al lado izquierdo del mismo puente y todos mirando al sur, hacia cuyo viento queda la hacienda de la Condesa. Al que esto escribe, como era portabandera del expresado Cuerpo, se le colocó con su escolta en medio sobre el puente. La escolta la componían los sargentos siguientes: Luís Tenorio, Manuel Noriega, Miguel Camarena y Feliciano López.

“Instalados como se lleva dicho, al que esto escribe se le mandó desplegar la bandera, pues hasta entonces se llevaba cubierta con la funda. Se la quitó y comenzó luego a flamear en los aires bajo un sol hermoso y en medio de los gritos o mejor dicho, saludado por los soldados con los gritos de ¡Viva México! ¡Aquí está Michoacán! ¡Mueran los Yankees! acompañando los gritos con algunas interjecciones.”.

Los gringos cambiaron la puntería de su artillería de Chapultepec al hornabeque donde se ubicó el Batallón Matamoros para entrar en batalla con el enemigo invasor. Por ahí andaba Santa Anna a caballo y dijo:
“Qué cuerpo es este? Matamoros de Morelia, mi General, le contestamos. ¡Ah bueno! Michoacán siempre se ha distinguido en todas las batallas que se han dado en defensa de la independencia de nuestra patria, porque sus hijos son muy valientes, y me parece haber visto ahora algo que desmiente ese buen concepto. ¡No mi general! le contestaron los soldados a gritos; le pareció a usted lo que dice que advirtió; verá usted muy pronto cómo Michoacán sabe como siempre cumplir con su deber.”, fue el diálogo entre Santa Anna y los soldados michoacanos del Batallón Matamoros de Morelia, bajo un cielo ardiendo por el fuego del invasor que se desvaneció cuando el sol se fue con la noche del día 12 de septiembre de 1847.

Por su parte, Roa Bárcena escribió en 1883: “Según el parte del general Rangel, su brigada, que al amanecer el 12 se había situado en La Viga, retrocedió á la ciudadela y pasó á Chapultepec; colocándose á la derecha de su entrada, en el puente del mismo nombre, el batallón de Matamoros de Morelia, y á la izquierda el de San Blas; encargándose el mismo Rangel del mando de la línea de la derecha, y quedando de reserva el resto de la brigada (…) y al aproximarse la noche, los cuerpos de esta brigada, excepto el batallón de Matamoros y la compañía de cazadores del de San Blas, fueron relevados por la brigada Ramíres y se retiraron á pernoctar en la Casa de Alfaro.”.

Día 13. Muy de mañana, fuertes columnas de gringos invasores se desprendieron de su cuartel acampando sobre Tacubaya. Una de ellas, al mando del general Worth, avanzó sobre el Castillo de Chapultepec, por el camino de la Hacienda de la Condesa y en el ángulo que hacía con la calzada de Arcos de Belén (hoy avenida Chapultepec), se topó con el Batallón Matamoros, que desde el día anterior no había comido. El combate era inminente.
El general Juan B. Traconis a grito pelado se dirigió a su tropa:
“¡Soldados de Morelia, hijos de Michoacán! Esta es la ocasión oportuna de que deís a conocer el valor que siempre os ha distinguido. En cuantas guerras ha sostenido nuestra patria con naciones extranjeras, Michoacán ha sido el primero en salir en su defensa, derramando a torrentes la sangre de sus hijos, y el primero en obtener también los lauros de la victoria. Yo espero que en esta vez no desmentiréis el honroso concepto que la república tiene de vosotros; los enemigos que allí no pasarán por nuestro puesto y si lo consiguen, será sobre nuestros cadáveres. Os ruego queridos soldados a nombre de vuestras familias y de todo cuanto tenéis de más amable, que permanezcáis firmes cada quien en su lugar, sin amedrentaros por nada, que aquí estoy con vosotros valientes michoacanos.”.
“¡Siii! mi general, dijo la tropa, ¡Siii! ¡Viva México! ¡Viva Michoacán! ¡Mueran los Yankes! ¡Aquí está Michoacán que no corre! Señores oficiales, dijo entonces el Coronel, a cumplir con sus deberes cada quien en su lugar.”.
Las espadas brillaron con la luz del sol. Balas en el cielo azul. El ruido ensordecedor de las bombas de la artillería retumbó y rompió sobre la entonces ciudad más transparente. No había fatalidad… sólo “Destino Manifiesto”.
Muy cerca, demasiado cerca, el invasor. Son más o menos 4 mil. Armados, entrenados, disciplinados; aparecieron como miles de espectros tras la cortina de humo de la guerra, desde Tacubaya, por el Molino del Rey. Como un fantasma el Castillo de Chapultepec, donde los cadetes del Colegio Militar resistían.
Era la Guerra. La Invasión. La derrota era cuestión de horas. Los gringos no fueron detenidos en Churubusco, ni en el Molino del Rey, La Angostura, ni en Veracruz, tampoco en Tejas. Balas. Espadas. Bombas. Cañones. Invasores y resistencia. Entonces, el coronel Traconis reaccionó ante el ruido ensordecedor de la Guerra, bajo un cielo más que sangriento. Era la realidad, es decir, la Invasión. Pasó un cuarto de hora de combates, bombardeos y rugido de Guerra. El Batallón respondió. Los gringos retrocedieron. Las dianas y las hurras estallaron… los gringos huyeron en desorden. ¡Qué cara habría puesto el general Worth! No pasaron en ese momento.
Pero el invasor se reorganizó antes de llegar a la Casa del Arzobispado en Tacubaya, cuartel general de los yanquis. El Palacio Nacional no dista muchos kilómetros de ahí donde el Batallón Matamoros los hizo retroceder.
Ahí por el puente de Chapultepec, sucumbió, tras fuertes y crueles batallas, el Batallón de San Blas. Casi todos cayeron. Los jóvenes del Colegio Militar se batieron en el Castillo de Chapultepec. Niños héroes en Tejas, la Alta California, Monterrey, Cerro Gordo, La Angostura y Veracruz. Era la Resistencia nacional. El olor de la derrota se olía por la hoy gran Avenida Chapultepec. Ahí donde hoy escurre suavemente el agua que le queda al acueducto de la gran avenida. La muerte rondaba. Pero la muerte no dolía, lo que dolía era la derrota. La amarga derrota. Esa que duele, que cala los huesos, la que corroe el alma, la que mata.
Cuando los yanquis tomaron el Castillo de Chapultepec, abrieron las puertas para ocupar, finalmente, la capital del México Independiente. Faltaban unas horas para dejar de serlo: México invadido, dominado, humillado. México colonizado y ocupado. Dejó de ser independiente. El ejército invasor lo dominaba. Ocupó su Palacio Nacional y el Zócalo. También fueron ahorcados, por órdenes del sanguinario coronel Harney, 30 soldados irlandeses de México del Batallón de San Patricio.

El cielo en fuego se derrumbó sobre los combatientes. El Destino Manifiesto los anegó como lluvia de balas en un diluvio de bombas. Fue una Guerra de Conquista. El clarín tocó la retirada ordenada. Pero fue desordenada. Los soldados michoacanos se reagrupan bajo la Bandera del Batallón, retrocediendo a la Garita de Belén, habían perdido un tercio de sus fuerzas.
Eran como las 11 de la mañana. Tras el humo de la pólvora, se distinguió la silueta del general Santa Anna, en su caballo y con su Estado Mayor, mirando la derrota, la retirada, el avance destructor del invasor. El cuerpo polvoriento y hambriento del Batallón Matamoros desfiló desordenadamente frente a él: “¡Qué cuerpo es este?”, alcanzó a balbucear el General. “Matamoros de Morelia, mi general, gritaron los soldados muy orgullosamente en las bocas tiznadas por la pólvora de los cartuchos que habían mordido.”.
Santa Anna se le ocurrió preguntar: ¿Comieron ya?
“―No mi general. Desde ayer no comemos nada, no tenemos rancho, dijeron los soldados; y era verdad que desde el día 12 no probaba alimento por la tropa ni por los oficiales.”.
Los michoacanos, gracias a las disposiciones oficiales, se acuartelaron en la ex Acordada y comieron su “rancho”. Abrieron un paréntesis hasta las 11 de la noche, cuando se concentraron, por órdenes superiores, en La Ciudadela.

En los “Detall de las operaciones” de Santa Anna quedó grabada la participación de los michoacanos: “Haciéndose general el ataque, yo preveía con mi reserva á las necesidades que se notaban. Esta reserva me quedó reducida á los batallones 3º Ligero con 400 plazas; 4º idem con 300; y el de Hidalgo, de guardia nacional, con 350; formando todos un total de 1 950 hombres, que fueron empleados del modo siguiente: Al 3º Ligero le mandé a que reforzara al batallón de San Blas, y en marcha tuvo que retroceder, porque en esos momentos el enemigo se apoderó del fuerte de Chapultepec: al 4º Ligero, al 11º de Línea y al Activo de Morelia, que se mantuvieran en reserva á las ordenes del general Lombardini, para auxiliar á los puntos de abajo que eran atacados por fuertes columnas vigorosamente…”.
De los Detalles de Santa Anna nos interesaba destacar el señalamiento al Batallón de los morelianos, pero estas órdenes y comentarios de Santa Anna fueron duramente rebatidos por el diputado Ramón Gambo el 15 de julio de 1849.
Continuará


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