Gustavo

Por Leticia López Pérez

fuente Google imágenes

Para todos los Gustavos y sus familias, esta Navidad 2022

Gustavo estacionó su vehículo de mudanza, una camioneta pequeña. Había llegado el tiempo de las fiestas, pero aún no lograba lo suficiente para la cena de Navidad y los regalos.

Pensaba en sus hijos. Dos pequeños de 5 y 6 años, que todavía creían en Santa Claus. En su mente aún vivían las palabras de su hija.

-Este año me porté bien ¿verdad papá?

Con el corazón en la garganta, Gustavo acariciaba el rostro de su pequeña Valentina, y le decía que sí. ¿cómo no darles un regalo a esos dos pequeños? ¿Qué es portarse mal?.

En todo diciembre, la clientela de sus servicios había estado baja. A penas había podido pagar la renta, comprado comida, un suéter para Rosario, su esposa, a ver si así le baja la tos.

A las tres de la tarde del 23 de diciembre, Gustavo sigue estacionado afuera de la misma tienda de productos para el hogar, ofreciendo sus servicios a todas la personas que pasaban. Pero ninguno había aceptado su oferta todavía.

Gustavo bajaba su precio, aumentaba los servicios, pero un país en crisis, con inflación, separa a las personas que tendrán cena y regalos, de las personas que no, y un abismo oscuro les espera, aunque el final de la jornada aún no terminaba.

Parece que dar la mano al que está por caer en esa profundidad, condenara al que brinda la ayuda a la misma caída, y todas las personas que acuden a la salvación de sus compras, aún mínimas, compran el seguir siendo vistas, y nadie quiere caer.

Gustavo se había arreglado lo mejor posible, la camioneta limpia, perfecta, el discurso de venta, intachable. Pero solo recibía rechazo. Así que empezó a ofrecer fletes.

Pero la mancha de la pobreza estaba tocando su tobillo. Atardeció, y sin abrigo, siguió insistiendo, hasta que el viento helado de la noche lo obligó a entrar en su vehículo.

Cerraban la tienda. Lograr un cliente ya parecía imposible.

En los momentos de silencio, dentro de la cabina de su pequeño negocio, sonó su teléfono.

Don Marcial salía a esa hora de la Central de Abastos con mucha mercancía para transportar. Ese cliente esporádico y bien pagador necesitaba sus servicios.

Gustavo aceptó la encomienda, y al encender el motor de la camioneta, las lágrimas de alivio modificaban la forma de las luces en la noche fría.


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