Mi padre se fue a hacer las Américas, no para conquistar nada ni a nadie, sino para contribuir al desarrollo y el progreso de aquel vasto continente, desde sus conocimientos y su experiencia en el campo de la agricultura, y, más concretamente, como experto en regadíos. Mi padre se fue de España, casi como un emigrante, obligado por necesidades económicas, y fue seleccionado entre otras candidaturas, por su reconocida profesionalidad y competencia. Y se fue porque nadie le regalaba nada, y porque estaba acostumbrado a ganarse las habichuelas con su esfuerzo, aspecto este que nos inculcó siempre, mediante su ejemplo y sus consejos, porque mi padre no era de obligar ni de imponer, sino de ofrecer, y de razonar los motivos para hacer las cosas.
La República del Ecuador, durante la década de 1970, era de las naciones hermanas de Latinoamérica, más tranquilas y estables políticamente hablando, a pesar de la discriminación indígena en la sociedad ecuatoriana, y de que la riqueza del país estaba en manos de un pequeño grupo de oligarcas.
Cuando el DC 10-30 de Iberia aterrizó en el aeropuerto de Quito, fuimos aleccionados para no correr a los brazos de mi padre, que nos esperaba allá hacía un año, porque, debido a la altura de esta bellísima ciudad andina, y capital del Ecuador, podríamos padecer un mareo, y desmayarnos, entre la escasa riqueza del oxígeno, y nuestra emoción jadeante al reencontrarnos con un ser tan querido. En Quito nos detuvimos unos días, antes de enfilar hacia Guayaquil, en la costa del Pacífico, lugar de trabajo de mi padre, en el llamado proyecto Milagros, consistente en la conversión de una extensa área desértica, en terrenos cultivables, merced al sistema de regadío que se estudiaba implantar, con el apoyo económico del Banco Mundial.
En Guayaquil descubrí las depresiones meteorológicas del trópico americano, unas playas salvajes y extensas, en las cercanas Salinas y Punta Carnero, y me enamoraba de aquellos paisajes custodiados por el Chimborazo, una de las montañas de mayor altura de los Andes, cuyo cráter volcánico era visible desde Guayaquil, durante los inusuales días en los que las brumas celestes se abrían, para dejar ver su sombra magnífica, proyectada sobre la inmensa lejanía.
Guayaquil era una ciudad repleta de lindas mujeres, y una ingente mezcla de razas y culturas. El acaudalado río Guayas, arrastraba una considerable masa de tierra, que desembocaba en el Pacífico, a cuya puerta se arremolinaban los tiburones, pues el río les llevaba alimentos de algunas industrias pesqueras que transformaban el pescado a la orilla de su desembocadura.
En Ecuador comencé a estudiar el inglés, algo muy raro en España a mi temprana e infantil edad, y acudía a la Academia Benedict, donde adquirí las primeras nociones del idioma de Shakespeare y de Edgar Allan Poe. Mi primer Colegio fue el «Letras y vida», muy cerquita de mi casa en el barrio del Centenario, un Colegio privado, regentado por unas mujeres muy cariñosas, y donde aprendí historia del Ecuador, y a escribir y leer con corrección. Posteriormente fui trasladado al Colegio Claretiano de Urdesa, donde mi maestro y tutor hablaba con admiración de mí, y me animaba a hincar más los codos, porque, según él, yo tenía una capacidad mayor de la que demostraba.
Hice diversas amistades entre mis compañeros ecuatorianos, pero con los que establecí unos lazos más entrañables, fue con los hijos de los argentinos destinados en el Consulado argentino de Guayaquil. Eran un grupo muy distinguido de personas, a los que consideré como si fueran mi familia, tal fue el nivel de confianza y de cariño que se estableció entre todos nosotros. Con los argentinos íbamos casi todos los fines de semana a la playa, y, al ser un grupo nutrido de domingueros, entre adultos y niños, lo pasábamos genialmente bien y divertido.
Llevaba muy mal, la rememoración continua de los ecuatorianos por la heroica batalla del Pichincha, en la que el General Sucre venció a las tropas partidarias del rey Fernando VII, para, de tal manera, liberar aquella zona tan próxima al ecuador geográfico, del dominio de los absolutistas, y establecer en adelante la independencia de la Gran Colombia.
La primavera andina de Quito, Cuenca, Ambato, Riobamba, era como un sueño, en el que los colibríes pululaban por mi cabeza, y los cortantes fríos de los amaneceres y de los atardeceres, me provocaban llagas en los labios, que solo sanaban otra vez, de vuelta a los trópicos de la costa pacífica.
Soñaba con volver a España, desde aquella atalaya de mi cuarto, cuya mosquitera no era capaz de impedir que algún grillo se colase bajo mi cama, y me cantara toda las noches de lluvias sonoras, que anegaban las calles, como si se desbordasen el río y el mar juntos. Finalmente, bajo la recién estrenada presidencia de Roldós Aguilera, nos despedimos de aquellas hermosas tierras, con vítores y aplausos hacia la labor de mi padre, muy distinta del recibimiento que le brindaron, lleno de prejuicios y recelos, porque, al ser español, muchos pensaron que venía como un tirano conquistador, pero no, se demostró que había venido a dejarse las ideas y su sudor, en pro de un Ecuador más próspero, y de una América en progreso.
FRAN AUDIJE
Madrid,España,17 de diciembre del 2023
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