MALVINAS 1982

Recuerdo aquel año espectacular de 1982, cuando todo el mundo esperaba la celebración del Mundial de Fútbol en España. Desde hacía dos años antes, había comenzado la campaña publicitaria española sobre un evento histórico, porque suponía, en lo político, una especie de bienvenida a nuestro país, al entrar en el Imperio Occidental, tras el bloqueo internacional durante la larga dictadura de Franco. España exponía lo mejor de sí misma, en el logo de su Mundial: la humanización de una naranja, en un simpático jugador de nuestro equipo nacional: Naranjito.

Aquel verano futbolístico, no obstante, vino precedido por una primavera caliente: se desataba una guerra entre Argentina y el Reino Unido, por la soberanía de las Islas Malvinas. En España, tradicional enemiga de los ingleses, muchos ánimos se vinieron arriba, y, ante la tibieza del Gobierno español, que se declaró neutral, se oían voces altivas que pedían aliarse con Argentina, para aprovechar nosotros e invadir el Peñón de Gibraltar, otra sangrante espina de nuestra patria, bajo soberanía británica.

Mi padre, muy bien enterado de todo, y con criterio razonable, apoyaba la aparente cobardía oficial española, a pesar de su firme simpatía por los argentinos, y recuerdo que me decía: como se nos ocurra invadir Gibraltar, los ingleses nos humillan a los hispanos por término doble.

Por aquellos meses, en los que se desarrollaba la guerra en el Atlántico Sur, estaba yo de visita en Londres. Acudía a un Colegio inglés, para poder perfeccionar mis conocimientos en la lengua de Shakespeare. Durante uno de los recreos colegiales, se supo la noticia del hundimiento de un importante barco inglés, en acción de guerra. Se acercó a mí un fornido pelirrojo, inquiriéndome de muy malas formas, que gritara: «Malvinas inglesas, que muera la Argentina», yo me negué, y grité ante su carota pálida: «Malvinas argentinas, Gibraltar español».

El monstrenco aquel, lleno de rabia, se abalanzó sobre mí, un adolescente de 14 años, y me propinó un buen restregón por el suelo, haciéndome una llave de Judo. Cuando me soltó, ante la presencia de un educador, y me encontré frente a su cara, que mostraba una mueca risueña prepotente, le lancé un zarpazo a su carota insolente, con la mano abierta, que resonó en aquellos claustros londinenses, como la explosión de la Fragata Sheffield, ante la inmisericorde penetración de un misil Exocet hasta sus entrañas, lanzado con precisión y sumo arrojo, por un piloto argentino, desde su caza-bombardero Super-Etendard.

Argentina salió derrotada, finalmente, de aquella bravuconada, realmente suicida de su Dictadura, frente a una de las grandes potencias de la Guerra Fría. Pero los británicos no regresaron indemnes, de lo que habían calculado, en un principio, como un paseo militar. No hubo navío británico de guerra, que no volviera con algún recuerdo de los argentinos; el fondo del Atlántico Sur, quedó poblado de fragatas y destructores, de la aparentemente intocable Royal Navy; y los astilleros ingleses no dieron abasto, durante un año, para reparar o desguazar, un puñado de buques, que habían quedado fuera de combate.

FRAN AUDIJE

Madrid,España, 19 de enero del 2024

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