LA INEXORABLE E IMPREDICIBLE MUERTE (Registrado)


Por Francisco José Audije Pacheco

Pero, a pesar de todo,
Llegó el día que siempre llegará,
Y que siempre escribirá
El postrero poema de la vida.

Le metieron en un ataúd de caoba,
Forradito de seda y terciopelo,
Incrustado de platino y oro.
Como se le quedó la polla tiesa,
Hicieron una protuberancia en la tapadera,
Que disimularon con la Cruz.
Una Cruz de hipocresía que nadie veía,
Y que solo servía para disimular
Los pecados de la inconsciencia.

“Lo siento”, dijo el sacerdote católico,
“No sé si la merecía, pero queda bonita”.
Apareciéronse unos ángeles del Cielo,
Y contestaron al cura:
“Esta Cruz, es para calmar vuestras conciencias,
Que no han de estar muy tranquilas.
Queréis creer que fuisteis buenos,
Pero Dios conoce bien la mentira
Con la que vivís en un disfraz.
Tened en cuenta, hombres vanidosos,
Que al destino que os aguarda
Se va desnudo, sin ropajes ni adornos”

Pasaron por el velatorio unas mujeres
Enlutadas, que lloraban con desconsuelo:
La novia que le fue usurpada,
La esposa que le fue negada,
La amante que él rechazó,
Y unas putas que se masturbaban.

Se nubló el cielo repentinamente,
Y cayó, en forma de chubasco,
La bendición de Santa Elvira,
De la que fuera tan devoto en vida.

Cuando ya se llevaban el féretro
Al infierno de la incineradora,
Entró corriendo un alto funcionario,
Que, en nombre del rey, les dio el alto.
Después de un discurso muy rimbombante
Le impuso la medalla de la libertad,
Eso sí, a título póstumo.
El cura bendijo este reconocimiento
Con incienso y agua bendita.

Un inocente, entre el público, comentó:
“Medalla muy merecida
Para el que fue esclavo toda su vida;
Pero, dígame una cosa:
¿De qué sirve la libertad
Si no se puede disfrutar?”.
“Calla, compadre”, contestó el otro,
“Esto es solo para disimular;
El muerto ya no puede protestar,
Y los vivos, a seguir con la mentira”.

Unas mujeres, muy dignas ellas,
Comentaron del todo convencidas:
“Ni se le hizo daño, ni se le trató mal”.
Salió al paso un caballero complutense,
Manco y manchado de tinta:
“No es probable que los verdugos
Se acusen nunca de sus crímenes,
Más bien se justificarán.
Lo noble es morir por el ideal;
Las ratas salvan el culo siempre,
Y, siempre, a costa del indigente”.


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