Por Francisco José Audije Pacheco
La estatua de Miguel de Cervantes, nuestro más laureado literato, escritor de “Rinconete y Cortadillo”, del “Quijote”, entre otras muchas obras, y héroe de Lepanto, que se levanta impertérrita en la Carrera de San Jerónimo, enfrente del Congreso de los Diputados, de pronto, el otro día, por no sé qué artes, o por no sé qué extraño milagro, cobró vida ante el asombro de todos, bajando de su pedestal, espada en ristre, y se dirigió al Congreso, pidiendo acceso a los funcionarios, y venia a su presidente, para hablar a sus señorías, reunidas en sesión plenaria. Nadie osó impedírselo, pues tan alta y tan histórica su personalidad es, como preciada es su palabra, y clásico su verbo experimentado.
Señores que regís
En este siglo y en este año
Los designios de España
Con atino infortunado
Vengo a llamaros al orden,
Que el concierto estáis perdiendo,
Y la caballería se desboca sin estribos.
¡Qué hacéis de España, bribones!
A mí, Miguel de Cervantes Saavedra,
Me hacéis ejemplo de egregios logros:
De nobleza, de valor, de paciencia, de ingenio;
De escribir la más grande novela
De los tiempos presentes y pretéritos.
Pero no veo que imitéis estas loas
Que se supone admiráis devotamente.
Muy al contrario, veo que las despreciáis,
Y orináis y defecáis sobre ellas,
Aunque haciéndolo a escondidas,
Y negando el flaco favor que a España hacéis,
Mas, los resultados son manifiestos:
Los problemas que son públicos y comunes
A todos los españoles, no se acomodan:
No hay trabajo, no hay libertad,
Catalanes y vascos braman por huir…
Vuestras señorías no son capaces
De firmar los pactos de Estado
Que reformen lo que sería menester,
Para acabar con todos estos males
Que deshonran a la patria
Y a la democracia enferman.
Antes bien, estáis en cuerpo y alma,
Dedicados al saqueo del Estado.
Un poeta al que tengo por amigo
Me ha largado que se cometen otras faenas,
Tan graves, como vergonzosas:
Que perseguís, que violáis, que vejáis,
A compatriotas inocentes
Sin que encuentren fondo vuestras injusticias.
Que lo hicieseis con los extranjeros
Tampoco está bien, mas, se podría entender…
Pero, asaltar a otro español,
Que es honrado y hace el bien,
Solo porque os entra en gana,
Y os causa deleite el daño que hacéis,
Creedme que me indigna tristemente,
Y me maravilla en soberbia medida.
Para Alonso Quijano, gran desaire sería,
Y contra vuestras mercedes cargaría
Por esos campos manchegos
Donde confundía molinos con monstruos,
Como vuecencias confunden
A un compatriota inocente, con una víbora.
Yo, Miguel de Cervantes, he de cargar ahora,
Como lo hiciera en mi vida y en mis novelas,
Contra tamaña injusticia grosera,
El “Quijote” en una mano, la Constitución en otra.
¡Sed nobles, cumplid lo prometido y pactado!
Os lo demanda el sentido común,
Os lo demanda la patria, España,
Si es que no deseáis que se hunda
En el barrizal de la pestilente cloaca.
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