Réquiem para un amigo

Por Leticia López Pérez

Un cuerpo nuevo
la perfección de la existencia, un movimiento perfecto.
El lugar que ocupa ese calor
que paso a paso habla más y más, y descubre el mundo.
Debajo de todo, sigue siendo
un cuerpecito que existe.
El milagro de ganarle a la vida un minuto más,
un día más,
acumulando un año, dos.
La ventana hacia la adolescencia, y los sentimientos profundos.
Sobreponerse todo el tiempo
a las trampas de una configuración diferente,
al dolor momentáneo e inmovilizante.
Un pequeño calambre en lo profundo, y seguir sonriendo.
Ser un guerrero sin que nadie lo sepa
y en esa fuerza interna por querer seguir en este mundo
se cultiva una dulzura tenaz,
una mirada transparente y honesta.
Porque en lo profundo, sabías que albergabas un ser
de enorme luz, de enorme amor y poder.
Hay que ser así de grande para saber que cada instante es regalado,
y que el amor, la amistad, la alegría,
no van a repetirse, aunque nadie te lo haya dicho nunca.
En ese amor que conquista cualquier espacio,
que profundo coloniza a las madres, tú
hiciste crecer a tu mamá.
La transformaste.
La hiciste ser más fuerte que lo fuerte.
Regalo de Dios, viniste a forjar a las personas
que vivieron contigo toda tu aventura.
Una danza con la muerte, que amorosa
te esperó por años, sabiendo
que aún faltaba un poco más de enseñanza.
Lo lograste.
Ellos son diferentes ahora.
Tu familia.

¡Qué profunda pasión por existir
en cada mirada y en cada movimiento!
Y hasta el final, bello.

Platicaremos en otro plano
porque doce años fueron suficientes.
Misión cumplida, Mati.

Fotografía de Pixabay


Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario