ANTONIO MACHADO: LA PASIÓN DE UN MODERNISTA

El célebre poeta de la Generación de 1898, Antonio Machado, en coexistencia con los grandes poetas de otra enorme Generación literaria, como fue la de 1927, tenía 32 años cuando conoció a la que vino a constituirse en esposa, una niña, prácticamente, de 13 años, con la que contrajo nupcias a los 15 años de ella. La diferencia de edad tan amplia, suscitó debates familiares a cerca de la idoneidad de este matrimonio, pero el amor entre Leonor Izquierdo y Antonio Machado, fue liberado de toda reticencia, cuando los dos demostraron tanto interés en casarse, “hasta que la muerte los separe”.

Soria fue el marco de esta historia de amor, entre la juventud más temprana e ingenua, y el hombre ya maduro, profesor de Francés en el Instituto de la ciudad. Se conocieron en la residencia de nuestro poeta, una pensión donde Leonor era hija de los dueños. Por los poemas machadianos hacia Soria, y hacia aquella Castilla fría y sobria, nos podemos imaginar el marco incomparablemente natural que rodeara este amor, cuando, Soria, pequeña urbe, se amoldaba al entorno rural, entre los ríos, los caminos o sendas, y la vegetación, a base de hermosos árboles, como los chopos y los olmos, lugares que inspirarían a la pareja de amantes, despertando en ellos el idealismo de un amor verdadero.

Tuvo que trasladarse el matrimonio a París, tras ganar Machado una beca de estudios, de cara a perfeccionar su filología del idioma Francés, y, en París, continuó la pareja su amor, muy en ciernes todavía, por tanto, repleto del romanticismo de los inicios. Sin embargo, pronto manifestó Leonor unos síntomas de tuberculosis, a los que su esposo no dudó en tratar, invirtiendo toda la fortuna del matrimonio. Aprovecharían la amistad con el entonces Embajador de Nicaragua en Francia, el poeta Rubén Darío, de quien Machado solicitó mayores recursos para curar al amor de su vida. Pero todo fue en vano, porque, Leonor, a pesar de su juventud, y una vez de vuelta a la Soria acogedora donde se conocieran, por sugerencia médica, en la confianza de que el cambio de aires podría ser positivo, fallecería con tan solo 18 años, hundiendo al poeta modernista en la desesperación y la ruina anímica.

La fría Soria pasó a convertirse en insoportable recuerdo de Leonor, para un corazón sensible como el del poeta, en naufragio económico y emocional, tras el intenso e inservible tratamiento médico, decidiendo romper, nuestro hombre, con la melancolía, escapando lleno de tristeza a su origen andaluz, al amparo familiar, del cual no se separara hasta la muerte de Antonio Machado, en la Francia de Collioure, donde huyeran de los desastres de la guerra, y de una España en descomposición, la de aquella República derrotada por unos Generales, baqueteados en guerrearle a los marroquíes, entre los que se encontraban algunos de los mejores combatientes de la África de todos los tiempos.

No se despidiera de este mundo cruel, nuestro justamente afamado poeta, y filósofo, sin antes un acceso a una nueva pasión en su vida. Muchos años después de llorarle a la joven Leonor, que le entregara a Machado lo más florido de su ser, antes de partir de este mundo, “en la nave que no ha de volver”, a la edad de 53 años, logra conocer el ya consagrado poeta, y Catedrático de Francés, a una mujer, poeta como él, a la que conoceríamos en los preciosos versos, bajo pseudónimo: Guiomar. Se trata, en realidad, de una mujer casada, pero desengañada ante las infidelidades de su marido, la que un día, pasados los peligros de las componendas sociales, y de las conveniencias matrimoniales, se desvelaría como, Pilar Valderrama.

La secreta relación ente ambos, obligada por las circunstancias, muy impositoras en la época, podemos conocerla por aquellos deliciosos poemas de, “Canciones a Guiomar”, donde escribe nuestro poeta algunos de sus más decididamente ardorosos sentimientos. Nos imaginamos a los protagonistas de este amor, en el tren, camino hacia Madrid, desde la bucólica Segovia, otra bonita urbe castellana, sumergida en parajes naturales bellos. Probablemente, aprovechando las sombras de la noche, él pudo “besar tus labios y apresar tus senos”, como deseaba, y como es plenamente lógico.

El amor es el todo para un poeta, máxime para un poeta del modernismo, como lo fuera nuestro Antonio Machado, gracias al cual nos deleitó con los mejores versos de la lengua castellana, probablemente, en aquella corriente literaria, a caballo entre el siglo XIX, y el XX, peleando con el “Azul”, de su amigo Rubén Darío. Por eso no cerraremos este artículo, sin expresar admiración por las circunstancias de un Antonio Machado, que viviría sin amor hasta los 32 años, cuando se besara con Leonor, y que volvió a sumirse en el desamor, entre los 35 y los 53 años, solo gracias a que una mujer comprometida y desengañada, le permitiera la ilusión de una pasión secreta, casi limitada a lo espiritual.

FRAN AUDIJE
Fotografía Juan Luis Guedejo
Madrid, España, 13 de enero del 2026
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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