Marcelino Camacho, una vida dedicada al sindicalismo, en España, tenía por principio y lema, aguantar el tirón de la manipulación de los Gobiernos, y de los Empresarios, muy bien expresada en aquella famosa proclama: «Ni nos han domesticado, ni nos van a domesticar».
La domesticación a la que aludía el célebre defensor de la causa obrera no es otra que la asunción de los intereses de los patronos, en detrimento de la fuerza del trabajo, encarnada en la clase obrera. Camacho no deseaba que se produjera una sumisión obrera, hacia los dirigentes de las Empresas, y de los directivos dentro de las Administraciones Públicas.
Trabajar, sí, por supuesto, ese es el sentido de ser un obrero: estar para el trabajo, en cumplimiento de las obligaciones, pero, también de los derechos, que conlleva toda obligación.
Se trata de humanizar el mundo del trabajo, adaptándolo en todo lo posible a las necesidades de las personas, teniendo en cuenta la naturaleza del hombre. Las personas nos movemos en entornos familiares, que nos generan otro tipo de obligaciones. Por tanto, se trata de concordar o conciliar, ambos mundos, el laboral, y el familiar, tan relacionados, por otro lado.
La familia, guarda una de sus principales razones, en el sustento otorgado por la remuneración salarial, que produce la actividad Empresarial, dentro de la cual adquieren un particular protagonismo, los obreros que ejercen las funciones para el desarrollo de la Empresa, de donde se deriva el rendimiento económico, para la subsistencia empresarial, pero también de los obreros y trabajadores.
El reparto del pastel de los beneficios empresariales es debate constante y continuo, entre empresarios, y obreros. De ahí el intento de domesticación, denunciado por Marcelino Camacho, en una serie de tretas para dar lo menos posible, en anuencia con los propios trabajadores, a ser posible, ya que el derecho de huelga puede ser demasiado dañino.
Los sindicatos obreros no son otra cosa que, la reunión de los empleados trabajadores, con el fin de hacer, todos a una, la suficiente presión como para provocar el éxito de las viejas reivindicaciones obreras: salarios dignos, racionalización de las jornadas laborales, seguridad en los puestos de trabajo, y otras.
Ocasiones existen, en las que la lucha obrera se debe solidarizar con la Empresa, pues, de otra manera, se haría inviable la continuidad de la misma. Y es que la Empresa es como un gran barco, con momentos de bonanza en su travesía marina. Pero también acucian los momentos críticos, en los que todos debemos participar en el capeo del temporal, tanto obreros como empresarios.
Aunque no es habitual, las bajadas en los honorarios de los directivos con remuneraciones bastante generosas, puede ser una medida que salve puestos de trabajo mucho más humildes. Lo mismo que un sacrificio en la ampliación de la jornada laboral obrera, u otro tipo de medidas de esfuerzo puntual, podría suponer la salvación del cierre de la Empresa, por consiguiente, que los platos de comida caliente no lleguen a faltar en ningún hogar.
Lo mismo que hablamos de una dignidad, y de unos derechos, a los que nadie desea renunciar, bajo ninguna domesticación, u actitud servil, es interesante, y aún necesario, hablar de solidaridad, no solo entre los del mismo colectivo, sino también entre colectivos muy distintos y diferenciados. Sea todo por la subsistencia de nuestro modo de vivir, por amor a nuestro trabajo, y por la hermandad, como principio de la Revolución Francesa, tan lleno de carestía, desgraciadamente.
FRAN AUDIJE

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