Juan Antonio García Delgado,
Fotografía Facebook.
19 enero de 2025
La deuda externa de los Estados Unidos supera los 38 billones de dólares, pero aumenta en 8 millones cada 8 minutos, y a un millón cada segundo, de manera que cada día la otrora primera potencia mundial se endeuda con 4 mil 320 millones de billetes verdes. Ello se debe a que está pagando intereses de 3.38 por ciento de esos 38 billones que adeuda y que el año entrante subirán a 39 billones 500 mil millones, algo así como el 124% del PIB, que es toda la riqueza producida en un año.
¿Por qué se endeudó, por qué aumenta tanto la deuda y a dónde va a dar? Una de las razones es porque Estados Unidos está gastando más de lo que ingresa, es decir tiene un fuerte déficit fiscal, pero también un elevado déficit comercial que a fuerza de imposiciones, extorsiones y amenazas ha logrado recudir un poco el presidente Trump. Pero su déficit fiscal sigue siendo alto debido a la inmensa burocracia de unos 3 millones de trabajadores del Estado, y sus gastos en salud, educación, y, sobre todo, en su departamento de Guerra.
La deuda también está aumentando porque se sostiene con la emisión de Bonos del Tesoro que respalda la Reserva Federal, que es el banco central de los Estados Unidos de Norteamérica. Esos bonos son deuda que compran otros países que se benefician de los altos intereses que ofrecen. Los principales compradores de esos Bonos del Tesoro, son Inglaterra, Japón y China. Y esos bonos tienen un alto valor porque Estados Unidos es poseedor de grandes reservas de oro y el gran productor de mercancías… pero está dejando de serlo.
Pero China ha reducido a la mitad su tenencia de bonos, Japón también la ha disminuido, pues han dejado de confiar en el dólar como una moneada estable, y en Estados Unidos como un país confiable, luego de que Europa y Estados Unidos decidieron despojar a Rusia y a Venezuela del oro que tenía en sus bancos, para presionar a sus Gobiernos. Asimismo, Arabia Saudita negocia su petróleo cada vez más con monedas distintas al dólar, debilitando los petrodólares que sostenían la demanda de dólares y la estabilidad económica de Estados Unidos.
En la medida en que baja la demanda de Bonos del Tesoro, aumenta el monto de la deuda externa y ello obliga al banco central a aumentar el pago de intereses para tratar de mantener la alta demanda. Y esa es parte de la historia de por qué la deuda norteamericana de incrementó, de 1.6 billones en 1984, a más de 38 billones (es decir millones de millones) en 2026; y también explica en gran medida porqué la infraestructura de transportes, salud y educación, se han quedado rezagadas por décadas mientras las emergentes potencias de los BRICS (alianza Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se modernizan aceleradamente.
El problema central de Estados Unidos y de sus débiles aliados europeos está en los altos costos de producción industrial derivados de los elevados salarios que pagan y de la estancada modernización tecnológica. El costo de producción de las mercancías incluye salarios y transferencia tecnológica. Los autos, motocicletas, ropa, zapatos, electrónicos y otras mercancías en China y en los BRICS, son más baratos puesto que pagan salarios más bajos, y están modernizando más rápido su tecnología, de manera tal que sus mercancías requieren menos tiempo de trabajo. En otras palabras, producen más en menos tiempo. Aquí está la verdadera guerra comercial.
Como podemos imaginar, esto a Trump le resulta demasiado complejo, aunque realizó estudios como bachiller en economía; él creció venerando a los “superhéroes”; la mentalidad supremacista y expansionista de los aventureros y colonos que hicieron “grande” a Estados Unidos mediante la esclavitud, la invasión, la guerra y el asesinato en masa. Esa historia que siguen reproduciendo en los medios masivos y que engendró a grupos criminales como el Ku Kux Klan.
Por eso, Trump se ha erigido en el nuevo Hitler del Siglo XXI, en su afán por contener a las potencias emergentes, así como su antecesor luchó contra los aliados que disputaban mercados a territorios de las potencias del Eje: Alemania, Japón, Italia. Ahora tiene con un revolver en la cabeza a todo el mundo, actuando en los papeles de extorsionador, secuestrador, asesino, pirata e invasor. A Japón le obligó a comprarle un centenar de aviones y a invertir medio billón de dólares; con Arabia sus beneficios fueron al doble, a los europeos los alejó de Rusia para venderles petróleo y gas más caro de Estados Unidos, y a Venezuela le secuestro a su presidente para obtener, a cambio, millones de barriles de petróleo y prácticamente el control total de su economía.
Ya vemos que amenaza con acciones militares en México y en Colombia contra el narcotráfico, pero no inicia ninguna acción contra el comercio de las armas que llegan a los cárteles ni combate a estos grupos criminales territorio norteamericano, que representa el mercado más lucrativo del mundo. Amenazó también con “recuperar” el canal interoceánico de Panamápara desplazar a China, aunque ahí ha topado con los intereses poderosos, al grado que tuvo que ceder en todo ante el presidente Xi Jinping.
Pero el acto más deleznable –si es que pude haber otro después de que literalmente le arrebató el premio Nóbel a la ingenua Corina Machado para colgarse él la medalla “por el trabajo que he realizado” – es voltear, una vez más, la espalda a sus hasta ayer fieles aliados europeos, amenazando con ocupar la enorme isla de Groenlandia “por la buenas o por las malas”. Al parecer ahora sí colmó la paciencia y el orgullo europeo, al grado que cinco países ya han enviado tropas a tratar de impedir cualquier desembarco norteamericano: Francia, Alemania, Finlandia, Países Bajos, Noruega, en lo que parece ser el fin de la OTAN.
Finalmente, el presidente de Rusia ha jugado un sucio papel como aliado de facto del presidente Trump. No ha dicho ninguna palabra sobre el secuestro de su aliado Nicolás Maduro, no ha denunciado el papel intervencionista de Estados Unidos, no ha hablado contra el secuestro de buques petroleros por parte de Donald Trump, ni dio auxilio militar a los venezolanos durante la operación aérea norteamericana. Bueno, hasta el momento de esta publicación Putin no ha dicho una palabra al respecto; la tibia y ambigua posición rusa se ha expresado a través del canciller Reguéi Lavrov y de la vocera María Sajarova.
Hay silencios que dicen más que mil palabras: existe una alianza de facto: Trump guarda silencio ante el impresionante avance militar ruso en Ucrania y deja de apoyar al comediante Zelensky; en tanto, Putin evita intervenir en el caso Venezuela más allá de comentarios generales y evita mayores declaraciones ante la amenaza estadounidense de invadir Groenlandia.
Parece que estamos ante la nueva repartición del mundo por las grandes potencias imperialistas.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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