Por Luis Mac Gregor Arroyo
Fotografía de Leo Rossatti
Tomaba un café con un amigo de años cuando de repente sentí un ataque físico y mental invisible. De inmediato identifiqué de quién se trataba. Roberto, mi interlocutor, me preguntó por qué temblaba. Lo que yo no hacía en ese momento; pero un instante después sí moví el cuerpo contra mi voluntad. <>, pensé. Preocupado me despedí de Junio. Avanzaba trabajosamente y sentí como si algo invisible que no identificaba me golpeara el cuerpo. Desazonado escuché una voz, la de Ashtray; una mujer con una visión enferma del amor. Me quería hacer pedazos para amarme. No, no pensaba ser su amor y debía buscar la forma de alejarla a ella y a su hechizo de mí.
Los viveros de Coyoacán estaban a tiro de piedra. Me interné en una de sus veredas de tierra. A mitad del recorrido había un hombre acostado boca abajo, con un libro sobre el suelo. Desesperado le pregunté qué haría en mi situación. También lucía enfermo, pero me compartió su punto de vista.
—Vaya a la iglesia en el centro de la alcaldía. Ahí hay padres psicólogos que le pueden ayudar. Algunos tienen años de experiencia –. Sí, tal vez la Iglesia me pudiera ayudar. Probablemente quien me viera pensaría que estaba fuera de mis cabales, pero ese hombre entendió a la perfección mi mal: No estaba enfermo, era víctima de un embrujo de una mujer aliada con el Diablo mismo.
Seguí mi camino durante algo que pareció una eternidad. Al llegar a la iglesia ésta se veía maltrecha y triste; pese a recibir mantenimiento constante. Adentro vi que había movimiento en un confesionario. Al acercarme terminó la confesión en turno y el creyente se retiró. Ocupé el lugar vació y escuché la voz de mi confesor. Esta se escuchó ronca y difícil de entender. Alcé la vista y pude ver que se trataba de una persona jorobada en traje de cura, con rasgos similares a los de una gárgola. Armado de valor le expliqué mi situación. Pero su voz, al responder, pareció de ultratumba más que de aquí… Estaba solo, la iglesia estaba tomada por demonios.
Por como hablaba y caminaba hubiera pasado con facilidad como un enfermo mental. Estaba triste, los meses anteriores había pasado por una gran desazón emocional. La soledad me había cobrado la factura; pero me había sobrepuesto. <> consideré mientras me armaba de valor. O enfrentaba el problema con mis propias fuerzas; iba al Mercado de Sinaloa a que me dieran algún remedio o iba a un hospital a refugiarme. Vivía solo pero varios parientes habían presentado síntomas similares con anterioridad. Si no contraatacaba terminaría en la calle y pidiendo para comer. Estos ataques son despiadados y terminaban por hacer que uno perdiera el sentido de la realidad. Preocupado me decidí por la última opción.
Camino al hospital psiquiátrico. Sentí que me querían meter sentimientos sexuales disímiles a los de mi preferencia natural. Además los hombres de todos lados me veían con algún interés diferente al de querer ayudarme. Me miraban con lujuria. Esa vieja me odiaba y me quería pegar en lo que más me dolía.
En el área de urgencias del hospital fui atendido por una doctora. Sabía que de decir la verdad no permitiría que me internaran. Eso no era bueno. Mi situación empeoraba. Si no me aceptaban de emergencia estaba perdido. No sabría cómo regresar a mi casa. Falsee algunos datos para hacer mi caso agudo. Lo que finalmente funcionó. Tendría tres semanas de alojamiento gratis.
Vivir en el nosocomio fue un infierno verdadero. No había mucho que hacer, salvo estar muchas horas acostado como opción única. Podía tocar el techo de los dormitorios parado y con el brazo extendido hacia arriba. Lo limitado del espacio me sofocaba. Algunos pacientes desesperados por sentirse enclaustrados llegaban a ponerse agresivos. Un día me puse bravo para evitar que abusaran de mí. Si uno se descuidaba podría salir maltrecho.
No soy perfecto, pero la persona que me había hecho esto estaba muy lejos, y no sabía por qué tendría interés en dañarme. No lo comprendía. El hechizo avanzó: me sentía acosado mientras, por otro lado, la mujer pretendía tratarme bien. Quería transmitirme paz estableciendo algún tipo de contacto conmigo en mi cabeza. No tenía sentido, la verdad, me dio mucho miedo. Como pocas veces en mi vida consideré que mi integridad mental y física estaban comprometidas.
Nos sacaban poco al patio. La amenaza del COVID acababa de pasar y las medidas de seguridad estaban latentes. Si algo era parecido a la cárcel, el hospital psiquiátrico estaba al nivel.
Desesperado traté de rezar en mi cama. No me acordaba como hacerlo. Tal vez Dios me dio fuerzas, porqué me acordé del Rosario y lo dije a la perfección. Eso me dio un poquito de paz.
Mi pesadumbre no empeoró porque había dos cosas que me motivaban: las doctoras, que eran guapas, y mi doctor, quien era alguien bien preparado.
El tiempo de estar ahí no mejoré nada. El doctor concluyó que estaba enfermo y me mandó unas pastillas. Sólo me había visto sólo tres veces en el tiempo que estuve ahí. Ignoro cómo con tan poco observándome pudo llegar a un diagnóstico.
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