Por Luis Mac Gregor Arroyo
Fotografía de Pixabay en Pexels
Antes no había nada encima ni en el interior de mi cuerpo. Ahora tengo sanguijuelas por todos lados. Era libre pero ya no. El psicólogo me dice que no me preocupe pues todo está bien. Inclusive la resonancia magnética indica negativo. Estoy bien pero al garete sin saber bien cual es el sentido de la vida.
Siento una expansión en la abertura entre mis glúteos y, sin más, me voy al baño. Antes de sentarme veo mi reflejo en el espejo: “No estoy tan mal para tener cincuenta>>, me digo. Sobre el retrete sigo con mi angustia mental hasta que me veo forzado a cesar ese ejercicio al sonido de la alarma de mi reloj. Me limpio, vuelvo a verme en el espejo y me arreglo. Al salir del baño me veo como un hombre nuevo. No todo es malo. Hoy veo a Mirna. Algo que he anhelado desde semanas atrás.
Al salir del edificio pasa frente a mí una vecina que siempre me ha llamado la atención por fornida. Hace mucho ejercicio y las mujeres musculosas me atraen. Usualmente la saludo; pero en esta ocasión ella toma la iniciativa: <>. <>, le respondo. <>, me dice sonriente y como deseando contonear su pecho. <>. No le pongo mucha atención, Mirna me está esperando. <>, le digo y aprieto el paso. Mientras me alejo ella alza la voz <<¡Pero conste que estos senos no van a estar ahí cuando lo quieras!>>. Me hago el que no escucho y sigo rumbo a Plaza Delicadeza. Al pasar por el edificio Leviatán veo a otra mujer, a Paola. La he visto con anterioridad de lejos. Tiene buen cuerpo y una cabellera pelirroja impresionante. Me coquetea con la vista, pero yo simplemente giro un poco el cuerpo para no chocar con ella, la ignoro y sigo. “Eso no es normal”, pienso. “Será que las mujeres tienen un sexto sentido”… “Debe de ser, no hay otra explicación”, considero, “además ésta última casada”. No me voy a meter en líos. <<¡Adiós Gabriel!>>, dice mientras me alejo. El tiempo lo tengo justo, ni el saludo le respondo, sólo alzo el brazo para que vea mi mano, estando yo de espaldas, y la agito en despedida.
Con un esfuerzo mayor de lo usual llegó a la salida del condómino. El toparme con esas dos mujeres hizo que se me hiciera largo el tiempo para llegar a la salida de la zona residencial. Pero los peligros no habían cesado. Frente a mí estaba el cruce de Insurgentes. Justo por donde pasaban los empleados de Beirut y Compañía. Verlos pasar era apreciar mujeres con pantalones de cuero negro y de látex, faldas cortas, medias negras de rombitos o semitransparentes, blusas con un escote al límite de la decencia, –porque tres milímetros más abierto ya sería cosa de escándalo– y dos terceras partes de las empleadas con tacones de 9 centímetros… Era un verdadero desfile de lujuria digno de compararse con una procesión de mujeres en traje de baño o aún mejor. Ni una iba en traje sastre ni con zapatillas recatadas. Nunca había escuchado palabra de cómo era el ambiente en el interior de esa empresa; pero cualquiera pensaría que era mediante sensomátic como se sobrevivía. Varias de las mujeres voltearon a verme mientras cruzaban. Inclusive una pegó fuerte con su tacón en el suelo, como para prenderme. No creía mi suerte, pero si no iba a mi cita, probablemente nunca tendría otra oportunidad de salir con Mirna.
Crucé insurgentes y caminé rumbo a la entrada de la plaza. Delante de mí iban dos mujeres con sus raquetas de pádel. Sus minifaldas dejaban ver sus piernas poderosas. No pude evitar observar su parte media y las piernas. En eso un fuerte viento sopló y sus prendas se levantaron permitiendo ver donde empezaban sus glúteos (usualmente, por recato las practicantes de este deporte tienen una especie short debajo de la falda), los cuales pude apreciar con singular claridad. La imagen hizo que me quedara paralizado. Entonces una de ellas volteó hacia atrás y me vio sugerente con la mirada. Era una invitación al placer ¡No! ¡No podía! Apreté el paso y en un par de minutos las había dejado atrás. Era demasiado ¡Qué pegue me traía! Debía de ser por lo elegante que vestía. Al menos eso creí de momento.
Mi ánimo se elevó hasta llegar al cielo; pero seguí mi camino. Casi de inmediato crucé la puerta del centro comercial. En el primer cuerpo de éste, estaba levantándose un hospital en lo que fueran las instalaciones de Teléfonos del país. Al pasar al lado del inmueble, en construcción, unas edecanes me ofrecieron un folleto. Una era rubia con grandes cachetes, pero un cuerpazo. Ya ni me detuve a apreciarla, tomé el folleto que me ofrecían sin parar. Sólo quería seguir mi camino, no deseaba llegar tarde a mi cita. Además me estaba calentando. No deseaba flaquear y adiós cita.
Unos cuantos minutos más tarde. Estaba adentrándome en la segunda sección de la plaza. En ella había tiendas de todo tipo y un par de cafés. Mi meta era El café San Blas. Tras pasar las puertas de éste me senté en una mesa del fondo. Un lugar no muy expuesto, pero sumamente cómodo para tener una plática sin ser escuchado por las mesas cercanas.
Casi al momento se acercó Caty, la mesera, le pedí un moka chico. Tenía ganas de algo dulce. Tal vez ver a tanta mujer atractiva hizo que mandara al olvido mi dieta. Había comenzado un régimen estricto para bajar de peso, pues Mirna no era cualquier cosa y deseaba dar el paso siguiente.
<>, me sirvió Caty mientras lo vaciaba en la taza. Curiosamente aprecié que acercaba su cadera a mi hombro a la par de que la escuché decir <<… ¿se le ofrece algo más?>> La voltee a ver serio y le dije contundente <<¡No!>>. Volví mi vista hacia el frente y ahí estaba Mirna a pocos pasos de mi mesa. Olvidé a la mesera. Ignoro si me viera con desprecio; pero Mirna me vio con alegría. Me pregunto si me viera con la mesera, pues me saludó con mayor candor que el usual. Algo en mí le daba buena impresión. Lo demás es historia.
Siete minutos después >, traspasé la puerta del Café San Blas y pedí un café en el mostrador. Me senté en una de las mesas del fondo que me permitía tener una vista panorámica de todo el local.
Casi al instante me llevaron mi café. No miré quién lo entregó y Mirna pareció estar en la misma sintonía que yo. Pero alguien invisible para ella, le llenó su taza con café.
La rubia de Mirna me había dado una lección de moral. Hacía tiempo que no enfrentaba al diablo. Ese día había roto el record de no caer en sus tentaciones y logré hacerme novio de ella. Estuvimos varios años juntos y falleció; pero algo me queda muy claro, a esa rubia Dios me la trajo. Que la vida en el más allá le dé más.
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