El Santo Grial en el pasaje de San Juan


Por: Atilio Alberto Peralta Merino

Ciudad de Puebla, Puebla, 5 de abril del 2026
En el pasaje de Juan correspondiente a la pasión y muerte de Jesucrtio en la cruz, se destaca que los soldados romanos se acercaron a los ajusticiados en el Calvario para quebrarles las piernas, pero que, al llegar a Jesús, no se hizo necesario acudir a ello para acelerar el deceso y mitigar el dolor extremo de la agonía dado que aquel había ya expirado.
El relato destaca el hecho de que no se concretara el quebrantamiento de hueso alguno, en virtud de que,- señalan los exegetas de la “escritura”-, en el Antiguo Testamento se había escrito en Salmos : “Yahvé toma su cuidado todos sus huesos, y ni uno sólo de ellos será roto”.
Al constatar el fallecimiento, dice el propio Juan, el soldado romano hirió a Jesús en su costado del que brotó sangre y agua, y, no cabe duda, de que tal descripción constituye una verdad teológica incontrovertible , aun cuando, quizá, el hecho de que una herida postmortem generase sangrado pudiera suscitar no pocos cuestionamientos en términos forenses.
Las consideraciones teológicas negando el misterio de la “trinidad” a la manera del Islam , aunadas a los estudios nigrománticos del sabio español Miguel Servet, le hicieron huir en el siglo XVI de la Inquisición española , iniciando un periplo que lo llevó a Ginebra donde el propio Calvino ordenó su ejecución en la hoguera por considerarle un hereje irredento.
En los estudios de fisiología del sabio español, consta uno de los descubrimientos torales de la ciencia médica posterior al contenido del “protocolo de Avicena”, al desentrañar las condiciones que caracterizan el torrente sanguíneo, cuyo fluir corre a partir del funcionamiento de las válvulas cardiacas que cesa en el momento de la defunción.
El relato de Juan suscitó la leyenda del “Santo Grial” custodiado por José de Arimatea y encontrado por Parzival en la trama del poema medieval de Wolfram Von Escebach, transmitida a la posteridad en la versión de la Ópera de Wagner, conformando parte por lo demás, de una narración plenamente aceptada hasta nuestros días por la fe de la cristiandad, siempre a todas luces respetable por supuesto.
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