LA FELICIDAD ES POSIBLE

Yo creo, sinceramente, que es posible la felicidad de todos y cada uno de nosotros, y de vosotros, y de ellos. Nadie está condenado a no ser feliz ni a dejar de realizarse como persona, desde la constitución natural del mundo, y del ser humano.

Incluso en la enfermedad, o en cualesquiera desgracias que nos pudieran ocurrir a cada uno, es posible la felicidad, si estamos rodeados de amor, y somos capaces de asumir con paciencia las limitaciones con las que estamos obligados a vivir.

Lo único que nos aleja de la felicidad, es el egoísmo y los defectos de inmadurez de los hombres, que, a la postre, nos arrastran a padecer la tiranía de nuestra propia raza, y de nuestra propia sociedad.

La tiranía consiste en una falta humana, de consideración hacia los derechos de nuestros semejantes, ya sean estos naturales, o concedidos por la organización social. Normalmente, esta tiranía se basa en el abuso de poder, y podría estar cuajada de traición, porque, en ocasiones, el tirano niega el deber que le confiere su situación con respecto a su víctima, que puede ser familiar, de amistad, de afecto, o de carácter político, como, por ejemplo, en el caso de los estadistas con respecto a su pueblo.

Eso de que unos escupan sangre, para que otros puedan vivir bien, es una canallada como la copa de un pino. Y es una canallada que se puede evitar, sin pasar por el pago de la indignidad ni de la humillación.

Todos nacemos en igualdad de condiciones, y morimos de la misma manera, pero la vida que separa un momento del otro, no es siempre, ni mucho menos, igual para todos, sin que sea culpa nuestra, a menudo, ni de Dios o de la naturaleza, sino que es responsable el hombre, porque toca al hombre la organización de la sociedad, y es el hombre quien deber poner las bases para que todos podamos acceder a la felicidad, sin hacer distingos, y sin marginar a nadie, respetando la dignidad del ser humano, centrada en los derechos atribuibles a todas las personas, por el mero hecho de serlo.

La felicidad es posible, si todos contribuimos a amarnos los unos a los otros; si el poderoso deja de abusar de su poder, y se vuelve responsable, trabajando por mejorar las condiciones de vida de su pueblo; si nos imbuyera la mentalidad de servicio entre unos y otros.

La peor enfermedad que nos puede aquejar, es la de la insensibilidad, la de la falta de conciencia, la de la ausencia de compasión, la de ser unos inmaduros a los que nos sobre brutalidad por todos los costados, la de ser capaces de engañar y manipular a los demás, de cara a pasar por la vida como héroes o santos, cuando lo que hemos hecho es dejar un rastro de estragos, de los que somos responsables, pero hemos eludido responsabilizarnos con habilidad.

Hay quien utiliza argumentos de venganza, para justificar su inhumanidad. Esta es otra de las lacras que nos separan de la felicidad: el rencor, la falta de capacidad para perdonar. Uno de los rasgos de la civilización, y del progreso, consiste en la amnistía, en la disculpa, en el perdón fraterno. Lo que nos acerca a las bestias y a la animalidad, es precisamente esto: ser incapaces de ver a un hermano, incluso en nuestro enemigo.

El odio y el rencor, son las peores recetas para el progreso de la humanidad, o de los pueblos, porque los acaba destruyendo desde su propio interior.

FRAN AUDIJE

Madrid, España, 5 de abril del 2026
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa


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