El cacique indígena Guayas, íntimamente unido a su amada, Quil, seguidos de toda la tribu, decidieron morir antes de entregar aquella tierra regada por el hermoso río, desembocando en el océano Pacífico.
Francisco de Orellana, y sus hombres, arrebataron un enclave demasiado estratégico, como para dejarlo ir. Los ojeadores del trujillano, en seguida advirtieron, más allá de los mosquitos y la calorina, el futuro de riqueza de aquellas tierras ribereñas, a resguardo de los peligros de la costa, siempre a merced de posibles bombardeos piratas, o de la codicia de las potencias inglesas, francesas, u holandesas. Una verdadera perla como puerto comercial, la Perla del Pacífico.
Otro Francisco, pero nunca Orellana, sino de apellido con reminiscencias francesas, Audije, cuya familia hundía sus raíces entre la leonesa Zamora, y el extremeño Cañamero, se propuso devolver a los Guayas y a los Quiles, parte de lo que rindieron ante aquella espada del Orellana magnífico, al que todavía le rinden pleitesía los guayaquileños, como fundador y precursor de su orgullo patrio y ciudadano.
Francisco Audije, y el proyecto Milagros, se definen como un solo concepto, con permiso de los ingenieros ecuatorianos, y del personal administrativo adjunto, en un equipo excepcional, que llevara el regadío a una extensa zona desértica, pero de tierras aptas para el cultivo, y la generación de riqueza.
Ya en aquella España en vías de desarrollo, el ingeniero español tuvo su bautismo de fuego, en cuanto a la puesta en servicio de sistemas de riego, para convertir extensas zonas paupérrimas, en fructíferos cuernos de la abundancia, llevando a España a constituirse como potencia agrícola europea, a la par de Francia, pero con una sensible diferencia: la cicatera lluvia de la península ibérica, obligó al esfuerzo humano del establecimiento de regadíos, con la consiguiente construcción de pantanos, desde donde partiera aquel oro que pone en marcha las cosechas.
Nunca fue fácil la tarea de servir en el asesoramiento, para conseguir verter la sabiduría española, fruto de la experiencia, en el vaso ecuatoriano, financiado por el Banco Mundial. Hondos complejos lo impedían, los complejos de la impositora espada de Orellana, todavía en la memoria de aquellos hombres de osca mirada.
El ingeniero lo comprendió todo, y nunca blandió ninguna superioridad científica, puesto que ninguna otra encontraba él ante los hermanos del Ecuador. “Esto que proponéis, está muy bien, pero se puede mejorar si hacemos esto y aquello”, les dijo en una de las primeras ocasiones, consiguiendo abrirles a la atención.
Los ecuatorianos, no solo fueron sensibles a los conocimientos de un ingeniero, baqueteado en los llanos prometedores de La Mancha. Supieron apreciar su carácter dicharachero, de un buen conversador, inquieto por adquirir mayores conocimientos, y no solo por transmitirlos. Al fin y al cabo, estamos hablando de humildad, muy lejos de la impronta forzada de una espada, que forjó un nuevo orden, sin ser sensible a los cambios políticos posteriores, del liberalismo dieciochesco.
Nadie es profeta en su tierra, dice la probada sentencia, y mi padre, el ingeniero Francisco Audije, tampoco pudo escapar de la incomprensión, y del inexorable odio clasista, entre los habitantes de una ancestral nación, de la que ya se dijera que es de las más fuertes que hayan existido, porque aún no consiguió destruirse a sí misma.
Mientras en Ecuador fue agasajado, y reconocido en su labor, y como amigo, porque no vino a llevarse nada, sino a dejar su trabajo bienintencionado, en favor del progreso de una de las naciones más bellas y de mayor riqueza de las américas del Sur, en España fue relegado al ostracismo, sin que se aprovecharan aquellos conocimientos y aquel valor, los cuales, por otro lado, dejaron el pabellón de España muy alto, después de que Orellana elevara la bandera cruzada de Borgoña, sobre uno de los ríos más caudalosos, que recibiera en sus brazos, con tanto orgullo, el socarrón y agitado, océano Pacífico.
FRAN AUDIJE
Fotografía Facebook.
Madrid, España, 5 de mayo del 2026
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