Civilización. Su origen como un acto de amor; el genocidio su antítesis

Por Dr. Rodolfo Ondarza Rovira*

La Grecia antigua fue cuna de la democracia, la filosofía y las artes, cuyas ideas han influido en el pensamiento occidental durante siglos.
Sin embargo, el historiador Heródoto de Halicarnaso (mediados del siglo V a.C.) hizo la famosa distinción entre los griegos “civilizados” y los no-griegos “bárbaros” en sus Historias, cien años más tarde, en la época de la época de Aristóteles, los bárbaros y las naciones bárbaras se podían definir por ciertos hábitos culturales (su manera de tratar a los esclavos, una economía basada en el trueque en vez del dinero) que los griegos no aceptaban, considerándolos como pueblos inferiores.

De Europa se impulsaron los teorías eurocentristas, anglocentristas, fascistas, nazis, o sionistas que han conducido al imperialismo, a las conquistas, al racismo, esclavismo, colonialismo, con una tendencia monopolar y universalizadora a partir del régimen de producción capitalista, sostenido por grandes corporativos bancarios, financieros e industriales, que hemos experimentado y sufrido en su fase de mundialización-globalización, con efectos perniciosos derivados de su expansión sin límites, que actualmente llegan a los planteamientos extremos, por “razones de defensa” de la “Gran América del Norte”, y del “Gran Israel” por ser el “pueblo elegido” que se nutre tanto del sionismo revisionista como del sionismo religioso.
Movimientos geopolíticos cuyos verdaderos orígenes son el expansionismo depredador, el saqueo de recursos, formas modernas de esclavismo y de extractivismo salvaje, ondeando religiones como estandartes de guerra que resurgen en pleno siglo XXI, que queda marcado por genocidios y exterminio étnico, con los agresores presentándose como salvadores de la civilización y a sus enemigos como bárbaros y salvajes subhumanos a quienes es necesario exterminar y “enviar a la Edad de Piedra”.

Saber cuál fue el primer acto civilizatorio, pensado en térmicos académicos usuales, puede resultar complejo de contestar.
Algunos expertos podrían responder que el origen de la civilización proviene de la creación y el control del fuego, el surgimiento de ritos, o las primeras manifestaciones artísticas como las pinturas rupestres, que no solo reflejaban la necesidad de comunicación y simbolismo, sino también la capacidad humana para abstraerse y crear, el paso del nomadismo al sedentarismo (revolución neolítica), el desarrollo de la cerámica, la aparición de ritos funerarios, el origen de la agricultura intensiva y la producción de excedentes alimentarios junto con la domesticación de animales, de la urbanización, división del trabajo y de la jerarquía social y política, el comercio a larga distancia, la invención de la escritura, el alto progreso técnico y cultural, en donde civilización se convierte en sinónimo de cultura, o cuando reconocemos las consecuencias sociales que conlleva la civilización, por ejemplo, para que exista desarrollo tecnológico (y, por tanto, “progreso”), se necesita acumular excedentes de capital, que de forma natural son acaparados por los estamentos privilegiados, lo que produce desigualdad y da lugar a la división de la sociedad en clases, circunstancia que favorece la aparición de la esclavitud o la servidumbre. A final de cuentas etimológicamente civilización proviene del latín civitas (ciudad).

Desde el punto de vista de las ciencias sociales cuando se emplea civilización en singular, se entiende la existencia de una única civilización que ha alcanzado un grado superior de desarrollo de la sociedad humana; y cuando se emplea el término civilizaciones en plural, se señala la pluralidad de las civilizaciones a través del tiempo, el espacio geográfico y los distintos rasgos culturales.

Otros investigadores redefinen el término civilización; para ellos civilización y sustentabilidad se encuentran íntimamente vinculados y aseguran que el desarrollo industrial solo impulsa a una civilización si éste contribuye al bienestar de la sociedad y del medio ambiente. Sin embargo, las civilizaciones en general, pero en particular la occidental, han fracturado el equilibrio que muchos pueblos sostuvieron en su relación con el entorno natural. Nuestra especie probablemente ha causado más daño al planeta que cualquier otra especie.

Yuval Noah Harari, historiador, filósofo y escritor israelí, enunció una teoría que explica por qué el homo sapiens es la única especie que alcanzó el estadio civilizado, y afirma que fue la única especie capaz de comunicarse de forma compleja (revolución cognitiva) y, por tanto, de cooperar en masa con sus semejantes flexiblemente para adoptar cambios, lo que hace distinta a nuestra especie; la única capaz de imaginar y fabular con realidades intangibles como la religión, los derechos humanos, las naciones, las leyes, la justicia y el dinero. Si un grupo social cree y acepta unas mismas fábulas, es capaz de seguir unas determinadas reglas y valores, coordinarse y avanzar. Menciona que la economía y las grandes corporaciones se basan en meras ilusiones y que incluso las guerras se inician por el choque de creencias que surgen de sistemas arbitrarios. De acuerdo a Yuval Harari los humanos nos caracterizamos por crear historias, leyendas y códigos morales y creer en ellos, y es precisamente en esta línea donde pueden surgir religiones, grandes corporaciones, gobiernos, países e incluso conflictos y guerras, todo ello basado en lo que denominó “ficciones”.

Mesopotamia y su Creciente Fértil se conocen como la “cuna de la civilización” porque los sumerios que vivieron en esta región, desarrollaron todos los criterios para que una cultura se considere una “civilización” tras el surgimiento de las ciudades; la invención de la escritura cuneiforme permitió registrar leyes, transacciones y eventos históricos, marcando el inicio de la historia escrita; además de un conocimiento sobre el concepto del tiempo, el comercio a larga distancia, la domesticación de animales, las matemáticas y la astronomía, las técnicas e innovaciones agrícolas, los rituales religiosos, las prácticas médicas y los textos relacionados, la astrología y el zodiaco, el pensamiento científico y la tecnología.
Ur, considerada la ciudad más grande del mundo, de 2030-1980 a. C., se volvió insostenible y fue abandonada para el 450 a. C.
La esperanza de vida de los sumerios en la antigua Mesopotamia era notablemente baja, situándose probablemente alrededor de los 30 años para los hombres y 28 años para las mujeres. Esta cifra baja se debió a una altísima mortalidad infantil y a condiciones de vida difíciles, aunque aquellos que sobrevivían a la infancia podían vivir hasta una edad avanzada. Mucha gente moría en la infancia, aquellos que alcanzaban la adultez frecuentemente sobrevivían hasta los 40 a 60 años de edad, con pocos alcanzando los 70.

En el Valle del Indo y en la antigua China surgieron culturas igualmente opulentas y complejas. La filosofía, la organización social y los avances tecnológicos, como la metalurgia y la cerámica, se convirtieron en elementos fundamentales para el desarrollo de estos pueblos.

Otras civilizaciones tuvieron características similares en la antigüedad. La civilización egipcia antigua tuvo una duración extraordinariamente larga, de aproximadamente 3500 años. Su historia transcurrió desde su unificación alrededor del 3150 a. C. hasta la conquista por el Imperio Romano en el 31 a. C.

La civilización olmeca, considerada la primera gran civilización de Mesoamérica, tuvo una historia de aproximadamente 800 años en su apogeo, aunque sus raíces y su influencia se extienden en un periodo más amplio. Su desarrollo principal como cultura plenamente establecida transcurrió desde el 1200 a. C. hasta el 400 a. C.

La civilización maya tuvo una larga historia de aproximadamente 3700 años. Su desarrollo abarca desde el surgimiento de sus primeras aldeas alrededor del 2000 a. C. hasta la caída de su última ciudad-estado independiente ante los españoles en 1697 d. C.
La esperanza de vida de los mayas variaba según la región y el estatus social, pero se estima que, en promedio, se situaba entre los 25 y 30 años al nacer. Con una altísima tasa de mortalidad infantil, aunque aquellos que superaban la niñez podían vivir mucho más tiempo. Para los mayas, llegar a los 52 años tenía un significado espiritual profundo, ya que marcaba el cierre de un ciclo importante en su calendario (El sistema calendárico maya entrelaza dos ciclos principales: el Tzolk’in -sagrado, 260 días- y el Haab’ -solar, 365 días-, que combinados forman la Rueda Calendárica de 52 años), considerándose una edad de gran sabiduría.

Los pueblos originarios en todo el planeta, en general, han mantenido una regulación, cuyo desarrollo sustentable, constituye un equilibrio entre los aspectos económico, ambiental y su comunidad. Cada espacio, los microclimas y las comunidades que los habitan, generan una cultura específica cuyos conocimientos son derivados de siglos de contacto e intercambio hombre-naturaleza.

Hay algo que prácticamente ningún historiador ni antropólogo han analizado, y que consiste en la perspectiva de civilización como un acto de amor, compasión, de solidaridad y de empatía para quien sufre.

Existe un mito popularizado durante la pandemia COVID-19, en 2020, sobre la antropóloga y poetisa estadounidense del siglo pasado Margaret Mead (1901-1978). La historia o anécdota difundida habla de un estudiante que le preguntó a la antropóloga sobre cuál creía que era la primera señal de una sociedad civilizada. Para sorpresa del estudiante, Mead habría respondido que la primera señal de civilización es un fémur humano fracturado que había sido sanado, el hueso largo que conecta la cadera con la rodilla. Según cuenta la historia, Mead explicó que los animales heridos en la naturaleza eran cazados y devorados antes de que sus huesos rotos sanaran, un fémur fracturado implica una sentencia de muerte al no poder alimentarse ni escapar. Por lo tanto, un fémur sanado es señal de que existieron dinámicas de solidaridad y de atención sostenida y colectiva, que cuidaba de quienes lo necesitaban, y que de esa forma la persona herida recibió ayuda de otros durante meses.

De modo que un fémur quebrado y que se curó, evidencia que alguien se quedó con el herido y le inmovilizó la fractura, que lo protegió y le proporcionó agua y alimento. Es decir, que lo cuidó.
Este hecho es algo verdaderamente inspirador que ocurre probablemente en los albores de la humanidad, a menudo asociado con el Paleolítico donde se cruzan el inicio de la civilización, la solidaridad, la compasión, la ética, con los primeros cuidados médicos, reflejando el primer indicio de cuidado comunitario y altruismo en lugar de abandono del herido. Se marca así el paso de la simple supervivencia a la cooperación.
Aquí es donde, según Margaret Meade, inicia una civilización, quien concluyó: “Ayudar a alguien a superar una dificultad es donde comienza la civilización”.

De acuerdo con esta visión una civilización surge en los primeros periodos de la evolución cultural humana, en el momento en que los individuos comienzan a reconocerse unos a otros y a sentirse movidos a protegerse mutuamente, a cuidar la supervivencia del grupo frente a los desafíos naturales.
Ello sienta los fundamentos para la organización, proyectos comunes, intercambio de experiencias y aprendizajes que enriquecen el conocimiento de otros y generan nuevos descubrimientos y técnicas.
Al contar con el apoyo de otros cambiarlas perspectivas en la vida cotidiana, con la división del trabajo y la especialización de los oficios se facilita la supervivencia, se garantiza el crecimiento del grupo y se origina una civilización.

Aún cuando no hay pruebas fiables de que Mead dijera lo que se le atribuye, la anécdota de Margaret Meade aumenta su fascinación cuando sabemos que el fémur es el hueso más largo, pesado y fuerte del cuerpo. Se necesita una fuerza tremenda para fracturarlo, por lo que se considera que una fractura de fémur es una lesión grave, por lo que hoy en día las fracturas de fémur, para fines prácticos, siempre se tratan con cirugía.
El tiempo promedio de recuperación de una fractura de fémur en la actualidad oscila entre 4 y 6 meses en adultos para retomar actividades normales, aunque la consolidación ósea inicial toma alrededor de 3 meses, pero la rehabilitación física para recuperar fuerza y movilidad puede extenderse más tiempo.
Imaginemos la escena en una caverna en donde un individuo es primitivamente inmovilizado, sin analgésicos y auxiliado por meses, y que finalmente sana.

Sería lógico pensar que en la antigüedad, donde no había yeso ni cirugía, este proceso fuese más prolongado e incluso requería de la participación de varias personas. Esto nos permitiría afirmar que el inicio de la civilización implicó reconocer la existencia de un otro y de algún modo nacía con ese reconocimiento un sentimiento de comunidad.

Estudios han señalado hallazgos de restos de homínidos (como neandertales) que muestran signos de cuidado, curación de heridas graves y por lo tanto supervivencia, demostrando que el cuidado de los vulnerables es una práctica antigua.
Se han encontrado casos más antiguos, como evidencias de fracturas tratadas en fósiles de Neandertal en la Cueva de Shanidar (Irak) o Krapina (Croacia), que datan de de entre 45,000 a 130,000 años.
En la Cueva de Manot (Israel), se encontró un hueso del pie, perteneciente a un Homo sapiens temprano con una fractura curada de hace 36,000 a 38,000 años.

La cita “Ayudar a alguien a superar las dificultades es donde comienza la civilización” es esperanzadora. Sin embargo, esta afirmación pasa por alto las formas violentas en que el concepto de civilización ha sido utilizado por las potencias coloniales para subyugar a “salvajes” y “sociedades primitivas”.

También nos permite reflexionar sobre la cuestión de que el reconocer el “ser persona” es la base de su reconocimiento de valor y de una dignidad que requiere protección y, cuando se encuentra en una condición vulnerable (situaciones de dependencia funcional relacionadas con la infancia, la vejez, la discapacidad), proveer cuidados.
Aunque en algunas sociedades los hombres han participado en mayor medida de prácticas de cuidado, en líneas generales, esta tarea la han desempeñado mujeres y personas en posición social subordinada. Históricamente, los cuidados han sido minusvalorados, invisibilizados, una forma de negar su centralidad en la experiencia humana. Este cuidado, dentro del grupo familiar, ha recaído mayoritariamente en las mujeres, básicamente madres, hijas, esposas.
El envejecimiento de la población ha supuesto un notable incremento de la prevalencia de enfermedades crónicas y de limitaciones funcionales, pues ambas se correlacionan fuertemente con la edad. El esquema actual de cuidados se hace insostenible, al basarse fundamentalmente en las familias, mediante la figura de la persona cuidadora informal, habitualmente mujer.

Es necesario adoptar responsabilidad como sociedad, desde las administraciones públicas, en proveer y acompañar las diversas formas de apoyo, en términos financieros, legales, en la prestación directa y la promoción de incentivos. A la vez de mejorar la articulación y la continuidad entre el sistema de salud y el sistema social de apoyos, para el abordaje de la cronicidad y la dependencia funcional.

El hablar de las fracturas de nuestros remotos ancestros nos hace meditar sobre los orígenes de las civilizaciones. Las fracturas constituyen una de las primeras huellas tangibles del cuidado médico en la prehistoria. La evidencia osteológica de sitios paleolíticos, como Shanidar, en Irak, y Krapina, en Croacia, reflejan no solo respuestas biológicas y de inmovilización rudimentaria, sino también respuestas sociales de acompañamiento y redistribución de tareas. Se trató de una reacción ética, la voluntad de no dejar solo al que sufre, y del origen del cuidado médico que se encuentra en la base de la civilización.

En los tiempos actuales la salud conforma parte fundamental de la seguridad y de la soberanía nacionales. Tan es así que una estrategia ruin y cobarde, pero fundamental en las guerras contemporáneas, es la destrucción de los sistemas de salud con la aniquilación de los trabajadores de salud, rescatistas y sistemas hospitalarios y educativos. De esta forma se evita no sólo la atención médica de los heridos, sino la atención preventiva y curativa de las enfermedades.

La negación de la humanidad a personas en condiciones vulnerables, abre la puerta a la barbarie.
La antítesis de la civilización entonces la representan los señores de la guerra, de la guerra híbrida actual y de la infodemia, del capitalismo salvaje, del neocolonialismo, del genocidio y del exterminio étnico por recursos, del hackeo cerebral y la guerra cognitiva, de la manipulación.
De forma que si un ser humano desea considerarse civilizado debe mantener intacto su espíritu de rechazo a cualquier forma de violencia, su mente y tolerancia abiertos, su capacidad de acción colectiva, y sus brazos abiertos a salvaguardar al más vulnerable.

*Rodolfo Ondarza-Rovira. Neurocirujano, activista en la defensa de los Derechos Humanos. Miembro fundador de la Academia Mexicana de Geopolítica y Estrategia. Ex candidato a la titularidad de la CNDH. Diputado, presidente de la Comisión de Salud durante la VI Legislatura, ALDF.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa

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