EL HOMBRE DE CERVANTES

Imagen de portada Don Quijote, por Gustave Doré

Don Quijote, sin lugar a dudas, es el hombre de Cervantes. Un modelo y un retrato, al mismo tiempo, de la decadencia, y del estado previo a esa corrupción de la humanidad, la que había conducido a España al estrellato entre las naciones. Y es que, cuando hablamos de la degradación social, no es posible presentar a la sociedad como un ente abstracto, sino que nos debemos abajar a lo concreto, como son las personas. En tal sentido, podríamos aseverar que, El Quijote de Miguel de Cervantes Saavedra, es un estudio sociológico de la época, escrito en clave novelesca. Estudio sociológico de la decadencia del Imperio español, extensible todavía a nuestro tiempo.

La nostalgia del Caballero, retratada en forma simpática y jocosa por Cervantes, a través de las múltiples peripecias de Don Quijote, acompañado de un escudero deformado, en cierta manera reflejando al pueblo inocente e ingenuo, que es manipulado, asistiendo impertérrito al espectáculo, sin mayor remedio que la obediencia y el testimonio, encuentra su oposición, o su triste realidad, en los personajes de la época, participando uno a uno en los fregados que prepara Don Quijote, todos cuerdos y con actuaciones lógicas, dentro de la situación a la que se ha llegado, muy lejos de los ideales antiguos.

Por tanto, Cervantes nos contrapone continuamente a un modelo de hombre, con el otro que existe en la realidad, también retratado. El hombre que fue, y el que es, en el que se ha convertido la humanidad, pudiendo constatar el tránsito producido, menoscabo, deterioro en el ser, desde el momento en que la cordura y la locura, trastocan sus posiciones: lo bueno, lo deseable, el ideal, pasa a constituirse en algo desdeñable, desprestigiado; mientras que lo desaconsejable, lo que un día fue objetivo de combate a batir, pasa a ser una aspiración, lo que se considera normal.

Una de las características del hombre de Cervantes, deducimos que es la rebeldía ante el cambio hacia la decadencia, la persistencia del sueño y de la esperanza en que todo puede enderezarse, y es posible la victoria de nuevo.

Sin embargo, el propio Cervantes, desconfía de esa posibilidad, al presentarnos a un Don Quijote que lucha solo ante el peligro, con unos medios escasos y prácticamente ridículos. Fijémonos en Rocinante o en Sancho. Fijémonos en la imaginación de Don Quijote, lo único que mueve al protagonista en sus ánimos de lucha, porque aquellos tiempos de esplendor se han disipado, y queda la nostalgia nada más, inserta en una realidad que rechaza ese otro mundo pasado, fuera de moda.

El hombre de Cervantes es un soñador, un incomprendido, alguien que no ha conseguido adaptarse a los nuevos tiempos. Podríamos decir que sería un fracasado, un infeliz, y hasta una víctima. La inutilidad del luchador, que se ha batido con fe y esperanza, para conseguir la carcajada y la risa entre los decadentes, al fin y al cabo, el mundo que impera en una generalidad aplastante.

FRAN AUDIJE

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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