El espejismo del mérito (Parte II): La educación como negocio vs. herramienta de emancipación


Por Valentina Cuevas
Revista Unidad Parlamentaria
Ciudad de México 11 de Octubre de 2026

En la primera entrega de esta serie analizamos cómo el mito de la meritocracia oculta una cancha profundamente inclinada: el código postal, los apellidos y el capital relacional terminan pesando más que cualquier dosis de talento o esfuerzo individual. Sin embargo, para que ese mito funcione y se sostenga en el tiempo, necesita un engranaje central que prometa la salvación individual mientras legitima la desigualdad colectiva. Ese engranaje ha sido, históricamente, el sistema educativo.


Durante décadas se nos vendió una promesa aparentemente noble: «estudia, obtén un título y saldrás adelante». La educación fue presentada como el gran igualador social, el ascensor automático que permitiría a los hijos de la clase trabajadora alcanzar la dignidad que a sus padres les fue negada. Pero en las últimas décadas, bajo el modelo neoliberal que colonizó a América Latina, esa promesa fue desmantelada silenciosamente. La educación dejó de concebirse como un bien común y un derecho humano inalienable para transformarse en una de las mercancías más lucrativas del mercado.


La trampa de la credencialización y la deuda
Lo que hoy experimentan millones de jóvenes no es movilidad social, sino una carrera inflacionaria de credenciales. La privatización progresiva de la educación superior y técnica fragmentó el sistema en dos circuitos paralelos y desconectados:
El circuito de élite: Espacios cerrados donde no solo se adquieren conocimientos actualizados, sino sobre todo capital social, redes de influencia y códigos de clase que blindan el acceso a los puestos de decisión.
El circuito masivo de bajo costo: Una proliferación de instituciones privadas y ofertas precarias que venden títulos a cambio de endeudamiento a largo plazo, sin garantizar inserción laboral digna ni pertinencia profesional.


El resultado es dramático: generaciones enteras de profesionales sobrecalificados, precarizados y endeudados antes de cumplir los treinta años. Cuando un joven de sector popular hace todo lo que el guion meritocrático le pedía —estudiar de noche, trabajar de día, endeudarse a diez o quince años— y al egresar se encuentra con salarios que apenas cubren el transporte y la cuota del crédito educativo, la narrativa del mérito colapsa.


El sistema, sin embargo, ya tiene lista su respuesta cínica: si no encontraste trabajo, «es porque te faltó especializarte más, aprender otro idioma o emprender por tu cuenta». El mercado nunca pierde; la culpa siempre se individualiza.


«Transformar el aula en un negocio no democratiza las oportunidades: simplemente le pone precio a la esperanza y convierte la exclusión en una deuda individual a pagar a plazos.»
— Valentina Cuevas


De la instrucción sumisa al pensamiento crítico
Esta mutación no solo es económica; es profundamente política y pedagógica. Cuando la educación se gestiona con lógica corporativa, los planes de estudio se vacían de pensamiento crítico, filosofía, arte, historia y memoria colectiva. Todo aquello que fomente la duda metódica, la organización social o el cuestionamiento a las estructuras de poder es catalogado como «poco práctico» o «no rentable».


Se educa para la adaptabilidad dócil, no para la emancipación. Se forman operadores eficientes para un mercado laboral extractivo, pero se despoja al estudiante de las herramientas conceptuales necesarias para entender por qué su realidad material es injusta y cómo transformarla junto a su comunidad.


Como advertía el maestro y pedagogo brasileño Paulo Freire:
«Sería una contradicción si la educación liberadora no fuera una constante provocación a la toma de conciencia de la realidad opresora».


Cuando la escuela pública es desfinanciada y la privada se encarece, el conocimiento deja de ser la linterna comunitaria que ilumina los derechos de los más vulnerables —como lo entendían las generaciones que nos antecedieron— para convertirse en un filtro de clase.


Recuperar la educación pública como trinchera
Desarmar el espejismo del mérito en el ámbito educativo exige abandonar la fantasía del «cliente escolar». Ningún país puede fundar un proyecto soberano y democrático si el derecho a pensar, crear e investigar depende del bolsillo familiar.


La verdadera educación emancipatória no prepara a individuos aislados para competir salvajemente entre sí por las sobras del mercado; forma ciudadanos con conciencia histórica, sensibles al dolor ajeno y comprometidos con el bienestar común.
Defender el financiamiento irrestricto de la educación pública, dignificar a sus docentes, actualizar la infraestructura en la periferia y erradicar el lucro en todos sus niveles no es un debate presupuestal técnico: es una batalla urgente por la dignidad colectiva. Porque mientras el saber siga teniendo precio, el mérito seguirá siendo el nombre elegante con el que los privilegios justifican su dominio.


«El conocimiento no es un bien de consumo para escalar sobre los demás; es una herramienta ética para no dejar a nadie atrás».
— Valentina Cuevas

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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