Para entender a mi madre

Luís Navarro García

Fotografía de la señora Francisca García Berruezo que en paz descanse.

Madrid, España, 12 de marzo del 2022

Desde el mismo instante en que nacemos comienza para nosotros todo un mundo de vivencias y experiencias. Nos vemos inmersos en la vida, y a ella nos ha traído nuestra madre.

Con lo sencillo que es pronunciar «mamá» y sin embargo detrás de esa palabra se encuentra la persona más importante de nuestra vida, así como nosotros somos y seremos siempre su amor, su obra, una obra a la que aún por el paso de los años no deja de darle pinceladas.

Nadie nos va a comprender ni se va a sacrificar de la manera en que una madre lo hace.

Es evidente que el lazo que algunas madres e hijos desarrollan entre sí, más allá de lo meramente estricto, los une hasta el último día de una manera muy especial. Ante todo, está la confianza, que es primordial, y el cariño o el grado de afecto y amor que entre ambos va a existir.

Somos unos perfectos imbéciles cuando a edades tan tempranas entramos en el juego de «y yo te quiero más». Por mucho que quieras a tu madre, nunca podrás llegar a quererla más de lo que ella te quiere o ha querido. Para darse cuenta de eso hay que madurar un poco, lo suficiente como para ver hasta qué punto se sacrifica y hace lo que haga falta por su hijo.

Para entender a mi madre habría que retroceder más de 80 años, para ver a aquella niña que fue, a la que le encantaba comer esos tomates de la huerta tan ricos, con un chorreón de aceite y una pizca de sal.

Para entender a mi madre habría que retroceder tanto para ver lo valiente que era tirándose en aquellos acantilados del atlántico en aquellas playas de piedra llenas de erizos. Si, es cierto que es algo temerario, pero siempre fue una nadadora excelente y confiaba siempre en ella y en su fuerza. Hasta prácticamente llegar a los 80 iba todas las mañanas a la piscina cubierta a nadar.

Para entender a mi madre habría que retroceder tanto tiempo para verla tan jovencilla ejercer precisamente de «madre» de sus dos hermanos pequeños.

Para entender a mi madre habría que retroceder tanto tiempo para verla antes de los veinte años viajando sola, estudiando fuera, trabajando en su peluquería y yendo a trabajar a domicilios para algunas de esas clientas VIP que tenía. Una mujer adelantada a su tiempo. Siempre lo he dicho y siempre lo diré.

Para entender a mi madre habría que retroceder 36 años para ver como el hombre de su vida (mi padre) fallecía y la dejaba viuda con dos hijos de la noche a la mañana y de como siempre durante todos estos años quiso y honró a mi padre. Siempre dijo que era posible que hubiera hombres más altos o más guapos que mi padre, pero ninguno más hombre que él, ni mejor hijo, ni mejor marido, ni mejor padre.

Para entender a mi madre más recientemente habría que irse al 25 de julio de 2016, precisamente en el día de su cumpleaños ingresaba de urgencia al quirófano para ser intervenida a vida o muerte de un cáncer de colon que ni avisó hasta que ya era muy tarde. Desde entonces cuatro operaciones, todas ellas de envergadura, y la quimio. Siempre saliendo victoriosa. Incluyendo una operación de prótesis de titanio en la cadera, de la que al mes ya caminaba perfectamente.

Siempre he pensado que se aferraba tanto a la vida, que eran tan poderosas sus ganas de seguir viviendo por seguir dándole lo mejor de ella a sus hijos, y por seguir mejorando su casita en la que tanto ha invertido toda su vida para tenerla tan bonita, que siempre le ganaba la batalla a la muerte.

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