LA APUESTA

Por Luis Mac Gregor Arroyo

Foto de Anna Shvets en Pexels.

Los rayos del Sol apenas iluminaban el cuarto al traspasar las cortinas. Yo medio entreabrí los ojos al sentirlos sobre mi cuerpo. Me había quedado dormido sobre la silla del comedor que había llevado a mi cuarto. ¡Qué tiradero! La cama sin hacer, con las dos prendas de la piyama regadas encima, la recámara llena de triques de todo tipo: tazas sucias, libros, folders con documentos, más ropa y un portaplanos arrumbado. En mis cachetes estaban los restos de lo que habían sido las lágrimas del día anterior. Llevaba 37 años de soledad. Ni una novia, ninguna pareja. Parecía que había nacido con el don del abandono. Vivía solo en una casa con tres recámaras y tenía coche y un trabajo decente pero nadie se fijaba en mí. Sé que no era muy guapo pero tampoco era algo indeseable. Simplemente no veía razón por la cual tenía que padecer esta soledad. ¡Vamos! Ni siquiera los sitios para encontrar pareja mediante la computadora funcionaban. Simplemente estaba destrozado. No había razón para vivir. Todo lo que conocía de contacto con una mujer estaba en mi imaginación. Salvo tres veces que había pagado a unas sexo servidoras para que me hicieran el favor. Del desamparo y la tristeza estaba temblando. Tras minutos de reflexión me paré. Me dirigí a la cocina, sin siquiera desear arreglar algo del tiradero en el cuarto, y abrí el refrigerador. Saqué un par de salchichas de pavo y las partí por la mitad a lo largo, las puse en medio de dos rebanadas de pan de caja y le di una buena mordida a ese emparedado improvisado, acompañada de un sorbo de café frío proveniente de una taza que me preparé el día anterior.

La angustia me comía no sólo por el desconocimiento de lo que era convivir con una pareja sino por una hambre de sexo que me comía todos los días, sobre todo en la tarde. Mareado de seguirle dando vueltas al asunto que desde el día anterior después del mediodía me venía mermando fuerzas, decidí salir a respirar aire. Sin rumbo fijo acabé donde muchas veces: en el Café Aughtene. Por instrumentos entré en él y me senté. Como me conocían y sabían de mi estado deprimente, uno de los encargados me sirvió, sin preguntar, un café americano bien cargado –bebía toneladas de él–; alejándose de puntitas para no perturbarme, pues últimamente les platicaba, a cada uno del negocio, mi pena, en cuanto veía la oportunidad.

Ensimismado en mis pensamientos tomé la taza y le di un sorbo. Entonces la vi a ella, estaba con su vestido de látex y un escote impresionante. De cabello lacio medio pintado de rubio. No era muy voluptuosa pero tenía sus curvas donde debían estar. Tenso, sin saber cómo reaccionar, por la cantidad de fracasos que había tenido en mi vida, me armé de valor y decidí ir a hablarle. Como si ella hubiera adivinado mi intensión se me quedó viendo. Esa era la señal que esperaba para animarme y continuar con mi intensión.

—Hola.

Le dije algo titubeante. Ella se puso un chicle en la boca y comenzó a masticarlo. Ni siquiera eso se le veía mal. Masticaba con estilo, y se veía que de inmediato se había hecho una radiografía de mí bastante precisa. Pelando los ojos, con un toque de hastío, respondió.

—¡Y tú, qué quieres?

—Bu, bueno.

Balbucí nervioso, pues no me esperaba una respuesta con un tono agresivo.

—Qué te parece si te sientas y me dices lo que quieres.

Dijo con tono bravo.

—¡Sí! Sí dime lo que quieres…

Sin saber bien qué me senté y antes de volver a abrir la boca, prosiguió.

—¡Ya sé! Te gusto.

Al decirlo puso derecho su torso y pasó sus dos manos por su escote tocando la superficie de sus senos.

—Pues sí.

Respondí mientras de sesgo no pude evitar ver el movimiento de sus manos.

—Muy bien, esto vamos a hacer: vamos a tomar café y el que más tazas pueda ingerir sin devolverlo y sin ir al baño será el ganador. Si tú ganas me coges una semana; si yo gano me das las llaves de tu coche y lo pones a mi nombre.

Impactado por su brutal propuesta supe que esa mujer me había desnudado y estaba dispuesta a quitarme lo último que me quedaba de dignidad. Sin embargo, estaba buena y tenía la oportunidad de tenerla en la cama. Nunca lo había hecho con alguien gratis. Además, igual y se quedaba conmigo toda la semana. ¿De qué me servía el coche si estaba sólo? Con una envalentonada que no se de dónde venía me arriesgué:

—Un mes.

—Un mes, ¿qué?

Mirándome como revelando todo el sinsentido de mi vida y sabiendo que estaba en la mejor de las posiciones para poner condiciones.

—Es un Touareg último modelo.

Le dije.

Ella como que tuvo el impulso de imprecarme, pero se contuvo; algo la había frenado.

—Está bien niño.

Se limitó a decir, secamente con un porte que no permitía replicar, a menos que quisiera dejar el asunto por muerto.

Algo andaba mal con ella, se veía serena pero por alguna razón percibí un poco de inestabilidad en su imagen, tal vez algo le hacía falta, ‘¿un coche?’ ‘Tal vez, tal vez’. Con ello en mente me envalentoné, qué más, daba igual y funcionaba. Además era un buen bebedor de café.

—Te apuesto mi casa si tu decides apostar el resto de tu vida conmigo…

Como para no mostrar su asombro prendió un cigarrillo. Estaba nerviosa pero eso yo sólo podía discernirlo por instinto pues ella no lo denunciaba con su imagen.

La gente de las mesas de al lado comenzaron voltear en cantidad considerable a lo que platicábamos, porque era con un volumen bastante alzado.

—Tengo un buen trabajo.

Le dije y abrió casi imperceptiblemente los ojos mientras arrojaba el humo de la fumada.

—Esta bien. ¡Va!

En eso se levantó y gritó a los cuatro vientos:

—¡Señores hay una apuesta! ¡Tomen sus lugares…!

En tan sólo unos pocos minutos la mayoría de los comensales en el local estaban alrededor de nuestra mesa. Como pudimos redactamos unos papeles de conformidad, así todo quedaba en regla y en orden.

El dueño del café, a quien la conocía de tiempo, me llamó en una oportunidad para decirme:

—Pepe, te estás jugando la vida. La mujer es una mafiosa. Puede hacer valer lo firmado aunque te niegues. Yo no me voy a poner en problemas, es de las personas que protegen a mi negocio, si decides proceder es tu asunto.

En ningún momento me había puesto a considerar que su propuesta no pudiera llevarse a cabo perdiera o ganara. Además, algo me decía que jugaría limpio. Me estaba arriesgando con mi casa y mi coche, pero podía, a cambio, ganar la felicidad.

Terminamos de arreglar los papeles, yo los leí en voz alta y los firmamos. Ahí estaba escrito lo que sería de mí y de ella, conforme el resultado del desafío.

Así, el reto comenzó. Nos pusieron sendas jarras llenas de café al lado de cada uno. Ambas tenían una capacidad aproximada de dos litros y medio del líquido de oriente.

No faltó, entre los espectadores, quienes empezaran a levantar apuestas por su cuenta. Cuando ella interrumpió todo el bullicio para decir retadora, en voz alta:

—¿Primero las damas?

No sabía si se dirigía mí en tono burlón, por las señas de su cuerpo o su voz, pero sin responder serví líquido en mi taza y me tomé la primera de la ronda de un solo movimiento.

Tras nuestra primera tanda, el tiempo comenzó a pasar rápido. A la primera jarra inició la segunda. Los aplausos y las porras se hacían sentir por parte de cada uno de los presentes, los cuales se adherían por minuto.

—¿Así que te crees mucho por que te vas a ligar a la reina del mal?

‘¿Del mal?’ Pensé ¡Vaya! Al parecer esta mujer sólo lo hacía por diversión, probablemente tenía más posesiones importantes de las que uno pudiera contar con los dedos. Mientras pensaba eso depositó su taza vacía en la mesa.

—Pues no te tengo miedo pero eso sí, si gano se acabó el mal.

Y tome la taza llena de café que me correspondía dejándola vacía a los pocos minutos en la mesa.

—Con que muy atrevido cabroncito, muy bien pues eso tendrás. Te voy a dejar en la calle.

Acabábamos de terminarnos, cada uno, dos jarras del liquido del fruto rojo y a ella la veía más desafiante y sin mostrar signos de hastío. Yo estaba igual. A esta altura un contrincante estándar estaría ya por dejar de tomar la bebida para no volver. Se ve que era una buena tomadora de café. Armado de valor increpé:

—Apenas estoy empezando corazón, y eso sí, nada de malas palabras.

Llegaron con la tercera ronda de jarras llenas de café. Y tomé mi ración. Ella llenó su taza y se detuvo unos segundos como calibrando el espacio que le quedaba en el estómago, acto seguido se tomó de un trago la bebida.

Yo no dije nada más y me tomé mi siguiente dosis casi tan pronto como ella terminó la suya.

Le tocaba a ella. Las personas comenzaron a ver de un lado a otro de la mesa, al parecer yo iba ganando. Más de repente comencé a sentir acidez en mi estómago. ‘¡Diantres!’ Ya decía que había tomado demasiado café ayer, cuando me deprimí.

Como que ella notó mi predicamento y no dilató más en echarse la taza que seguía tras llenar su taza.

—¡Ahí tienes!

Y al acabar de hablar soltó un eructo que delató que también andaba padeciendo. Casi sin demorarme pero menos rápido que en el turno anterior llené mi taza.

—¡Vamos Pepe! ¡Ya la tienes! ¡No te dejes! ¡Te mereces ganar!

Me echaban porras los compañeros del café. Aunque varios de ellos no se atrevían a admitir que apostaron a favor de mi contrincante. Respiré hondo e ingerí la bebida. Ella encabritada, se sirvió otra taza y se la zampó de un jalón. Realmente tenía una contrincante. Sin duda las apuestas se inclinaron más a su favor por los vituperios que decían los mirones. Esto no sería fácil.

Diez minutos después, tras varias cargas del líquido en mi estómago, comenzaba a tener ganas de ir al baño. Ella por su cuenta se ve que tenía problemas para ingerir más. Se tambaleaba del esfuerzo, mientras yo pisaba de un lado y luego del otro para no orinarme.

—Entonces qué mi reina lista para ser mía.

Me bebí otra taza y la deposité con dureza en la mesa.

—¡Ni loca!

Dijo ella con esfuerzo y se echó en la boca el líquido de la taza que no acabó de beber porque volvió del estómago… El líquido le cayó mal; había ganado. El ruido de los presentes no fue tan halagüeño, al parecer más del 50% perdió dinero.

Tras arrojar el líquido de su panza por partes, la mujer acabó por arrojar los pocos sólidos que tenía en su interior.

El resto es historia… Tal vez ella pudo mandar que me dieran una golpiza o hacer que me desaparecieran; pero cumplió su palabra y desde entonces tuve coche, casa, trabajo y, además, vieja.

III


Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario en “LA APUESTA

Replica a rjlescas Cancelar la respuesta