Día del padre. Mi recuerdo de mi papá Nando. Primera parte. Yo nací en un carro

Por: Raúl Jiménez Lescas

Es difícil saber por dónde empezar. ¿Cuál es mi recuerdo de mi padre? Si me pongo con las Nuevas Masculinidades, pues me acuerdo que me daba en sus brazos la mamila. Es ridículo, ¿verdad? Yo no supe de biberones porque me amamantó mi madre. Era el siglo pasado. Si me pongo cursi, pues que me regaló un automóvil, eso no podía ser porque ni gatear sabía. Si me pongo machirrín, pues me enseñó a boxear. No puede ser. Porque jugué primero a las matatenas con mis hermanas.

¿Entonces? Está difícil. Pero nunca olvidaré que el primer libro que me regalaron fue de mi padre Nando. Era Robin Hood, pero en inglés. Finamente estampado. Pasta dura como las de «Nantes». Una belleza. Está perdido el libro, nadie sabe dónde quedó. En cambio mis tomos de las Obras Completas de Shakespeare, sí sé dónde están.

Recuerdo que después de comer, mi Nando me decía: repite conmigo: “Chapter one… Once Upon a time…”.

Y así quería que aprendiera inglés, porque en esos años el inglés se enseñaba hasta llegar a la Escuela Secundaria. Mi Nando había sido brasero en el 42 del siglo pasado, en New Port.

Ahí aprendió el idioma porque siempre le gustó aprender y leer. Por ejemplo, se leía, año tras año, como un pez en la misma pecera (nótese mi influencia pinkfloydiana) el Almanaque Mundial.

Por eso se sabía lo más actual del planeta. Me preguntó: ¿Cuál es la capital de Namibia? Pues no sabía. Y él me contestaba.
¿Cuál es el río más grande del mundo? Igual. No sabía y me ilustraba.

Así crecí, creyendo la epopeya inglesa de Hood, que no existió. Es una hermosa leyenda, pero en mis cursos enseñó que el general Ned Ludd sí existió, y le robaba a los ricos para darle a los pobres, pero lo ahorcaron con la brillante corona inglesa.

Pero miento. Me ganó mi intelectualidad.
No. El primer regalo que recuerdo fue que un Día de Reyes me trajeron un carro de pedales de hierro que todavía debe andar por ahí, después de muchas décadas. Así de generosos fueron esos Reyes Magos conmigo. Obvio. Me porté muy bien. Y me lo merecía. Ni modo que diga lo contrario.

Ese carrito me lo regaló, porque quiso hacerme parte de aquello que tanto amaba, su pasión por los autos.

Ese carro pasó por muchas generaciones. Incluso, mis hijas del siglo 21 lo pedalearon, porque mi madre Zoila nunca lo quiso tirar.

-Mamá: ya tíralo, véndelo o regálalo.
-¡No! ¿Cómo crees?
-Me respondió.
-Tus hijas lo pedalearán.
-Y, sabia, mi madre, eso ocurrió.

Ese carro lo pedalearon primos, primas, sobrinas, sobrinos, nietos, nietas, bisnietas y bisnietos.

A mis primos, los “Pérez”, les regalaron uno parecido pero azul y otro modelo.
Hace años que no voy a Oaxaca, pero por ahí debe andar.

Era blanco y tipo carreras de autos, luego no sé porqué lo pintaron de otro color y le cambiaron las llantas cansadas de tanto correr.

Por eso siempre les digo a los taxistas y choferes de Morelia: yo nací en un carro.
Mi Nando fue mecánico automotriz casi toda su vida y fue maestro de maestros.

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