Fernando Villanueva Ávalos
Fotografía cortesía
Tingüindín de Argándar, Michoacán, 6 de mayo del 2026
En 1969 la Guerra Fría fue escenario de una novela con la que la literatura mexicana retoma -tras la publicación en 1947 de El arte de asesinar de Antonio Helú- sus incursiones en la novela policíaca o género noir como también se conoce. Esa novela fue El Complot Mongol, del diplomático sinarquista Rafael Bernal, que aunque no fue bien recibida en su momento -como registró la prensa de la época- los fanáticos del género negro la hicieron una pieza de culto entre lectores que después de unas décadas han revalorado su contenido y llevado al cine a su detective.
La trama es típica del género: un complot para asesinar al presidente de los Estados Unidos se fragua en tierras aztecas aprovechando la visita oficial del mandatario. Las agencias de inteligencia -KGB rusa y FBI americana- son un hervidero de información y análisis enfocados a evitar el magnicidio. Pero hay alguien dispuesto a desenmarañar el misterio del posible asesinato, un antihéroe con un perfil psicológico entre asesino serial e investigador, es el detective Filiberto García.
Dejemos un momento nuestra parte cultural. Porque en nuestros días los complots han resurgido -¿alguna vez se han ido de la política?- al impulso de la guerra fría que acompaña a la cuarta revolución industrial -la última de las guerras mundiales que transforma y acelera el paso de la producción. Noticias falsas, información y tramas policíacas cimbran la política con total descaro y sin ningún respeto a las fronteras, inaugurando una nueva era donde el cinismo suple la diplomacia y el despojo violento es la nueva cara del capitalismo salvaje internacional. Hablemos de Chihuahua.
Los elementos de la trama son los siguientes; Una gobernadora fronteriza consiente que agentes policiacos internacionales colaboren en forma ilegal con agentes estatales en un operativo contra el Crimen Organizado -dos agentes extranjeros y uno estatal terminan muertos; Una presidenta indignada por el acto de injerencia internacional carga contra la gobernadora, haciéndola parecer colaboracionista; el congreso nacional se manifiesta tercero interesado, por un lado la facción mayoritaria se va contra la gobernadora a favor de la presidenta, por el otro la otra minoría opositora defiende a la gobernadora. La prensa se divide: la oficialista -acaso por compromisos contratados- defiende el argumento de la presidenta contra la intervención extranjera; la opositora -acaso por no tener compromisos contratados- se va contra el oficialismo. De repente un golpe en la mesa: un gobernador -oficialista- vecino de la gobernadora -colaboracionista- (ya para entonces acusada de traición a la patria) enfrenta acusaciones formales en una corte neoyorquina por conspirar junto con un grupo del CO, por delitos de lavado de dinero y narcotráfico. La presidenta lo defiende: “no hay evidencias”, sus aliados políticos dicen que la acusación contra el góber es un borrego para desviar la acusación contra la gobernadora injerencista, quien aprovecha el impasse e ironiza: “los que me citaron a comparecer están en La Lista Roja” -un directorio hecho por estados unidos con funcionarios socios del crimen organizado internacional.
El bloque oficialista defiende al gobernador. De pronto, ¡zas!, una noticia arde en los cables: ¡El gobernador renuncia! ¡Sopas y recórcholis! Marcador al medio tiempo: La gobernadora injerencista 1, la presidenta 0.
Ni Filiberto García hubiera imaginado este nivel de complot. Claro que el detective literario no es casi nunca un personaje politizado en el sentido clásico de la palabra, no manifiesta una posición clara frente a un conflicto social, más bien su postura es cercana al ácrata o anarquista, no solo cínica: su cercanía con la violencia y la muerte y el conocimiento de las entrañas podridas del Estado lo construyen como un sujeto moral y socialmente descoyuntado, alguien que, como Filiberto, conoce y opera la continuación de la política por medios criminales… Se sabe utilizado, lo que -quizá por ello- le permite desmarcarse de esa narrativa patriótica que justifica el crimen y la ilegalidad bajo el discurso del interés superior de la nación, el bien superior de la patria, el pueblo, la paz, la justicia, la transformación…
Mientras escribo esto el complot escala de nivel. Por un lado, el gobernador listaroja se ha llevado entre las patas a su exsecretario de Finanzas -señalado por operar desvíos millonarios hacia empresas ligadas a los hijos del góber-; al vicefiscal del estado, que también pidió licencia; a un senador oficialista ligado al asunto -quien de último momento se ausentó de la sesión permanente del congreso- y otros funcionarios estatales, todos en la listaroja de la corte neoyorquina.
El escándalo de funcionarios oficialistas no ha quitado a la gobernadora injerencista la acusación de “traición a la patria”: permitir la participación de agentes extranjeros no autorizados en operativos contra el narco en la sierra Tarahumara ha desatado protestas ciudadanas y llamados a su destitución: “debe ser juzgada”. La gobernadora injerencista dice que el bloque oficialista -gobierno y partido- le están dando un trato desigual a ella que a su vecino gobernador listaroja. Paradójicamente, en medio del complot surge un elemento esencial a la trama policial: las evidencias. Ambos bandos exigen pruebas que demuestren lo que acusan.
La relación diplomática, por enésima ocasión, se tensa. ¿Sera necesario un Filiberto García que nos ayude a resolver este largo enredo? Pues a pesar de que los agentes de seguridad federal han tomado el control del estado, el presidente de la nación injerencista ha declarado: “Si ustedes no hacen su trabajo, nosotros lo haremos”. Pero si lo vamos a hacer, ¿no?
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores
#upr#Fernando Villanueva Ávalos

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