Fernando Villanueva Ávalos
Fotografía cortesía
Tingüindín de Argándar, Michoacán, 18 de mayo del 2026
LA SOLEDAD… ESA MALA CONSEJERA.
Sé bueno y estarás solo
Mark Twain
Desde niños hemos escuchado que las malas compañías nos llevan al desastre. Ya sea a un nivel personal o si se tata de negocios o proyectos -incluso políticos- saber a quién acompañas o por quién te haces acompañar tiene consecuencias que tarde o temprano afectarán los resultados de tus acciones.
Hay una palabra que designa lo mismo a la más melancólica de las condiciones que un individuo debe soportar, que a la mas libertaria de las acciones mediante la que una persona se puede reafirmar, esa palabra es la soledad. Pero en la actualidad estar solo se ha vuelto un problema, además de una paradoja.
Decimos Quiero estar solo cuando tenemos necesidad de reflexionar sobre alguna situación que nos resulta de urgente resolución -y es cierto que muchas veces lo decimos cuando justamente estamos pidiendo en lenguaje secreto que no nos dejen solos. Y también decimos Necesito estar solo cuando necesitamos un tiempo para la reflexión personal: pensar sin la distracción que nos generan las más variadas opiniones sobre una situación que estamos pasando o una decisión que debemos tomar
Pero ¿qué es la soledad ¿De qué hablamos cuando hablamos de soledad? ¿Qué estamos diciendo cuando decimos que estamos solos? Indudablemente hablamos, desde el espejo que piensa, de nuestra íntima condición humana, que es la de ser Seres Sociales, individuos colectivos o colectivizados. Contra la opinión de quien afirma que siempre estamos solos la realidad nos dice lo contrario: nunca estamos solos. Incluso hay quien afirma que nacemos solos pero resulta absurdo porque el nacimiento es principalmente un trabajo de parto de una mujer que nos trae al mundo con ayuda -casi siempre- de otras personas: doctoras, enfermeras o parteras. Desde el primer aliento nos enseñan a alimentarnos y los hábitos más básicos de sobrevivencia que necesitamos aprender nos son enseñados al nacer, en casos extremos incluso a respirar. Y todo el aprendizaje posterior -escolar o no- nos es enseñado en un entorno colectivo. Así que dígame usted, amable lectora de estas solitarias angustias, ¿en qué momento estamos solos? Sin embargo, en los momentos de mayor conciencia individual, en ese breve instante que se vuelve muchas veces letárgico en el que nos damos cuenta con absoluta crudeza e incluso con el conocido horror vacui (una idea novedosa en psicología que refleja la necesidad de llenar constantemente nuestras vidas con actividades, objetos o personas que nos evitan enfrentar un vacío emocional o existencial). Ese horror que el vacío nos produce estalla frente a nuestros miedos, ante el remordimiento por una acción injusta cometida o por sentir que nuestra vida está en riesgo. Y aún en el momento del peor quebranto emocional por un fracaso nos sentimos terriblemente solos, solos, solos…
En su conocido bello poema Los amorosos, Jaime Sabines describe la terrible amenaza que pesa sobre el amor:
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Esa verdad terrible nos asfixia: los que -se- aman están solos. Solos frente a un mundo que exige abandonar al amor para cumplir las demandas que la vida diaria exige: trabajar, atender asuntos banales, en un diario quehacer dedicado principalmente a desperdiciar el tiempo, un tiempo inútil que no produce más que las formas más ruines de explotación entre las personas: ¡Eh ahí un arma peligrosa contra el poder, cuando los que se aman toman consciencia de la fuerza de su amor y se rebelan!
Hay una metáfora subyacente en la película Monster Inc. Ésta es una empresa que genera la energía que sostiene a la ciudad -metáfora del mundo- a través del miedo infantil: niñas y niños son aterrados por monstruos que les provocan pesadillas (“sustos que dan gusto”, su eslogan) y su grito de horror produce energía que la empresa almacena, hasta que una niña rompe la razón de la violencia aterradora al descubrir que hay una energía más poderosa que el miedo: la risa, y su catalizador, la alegría o el buen humor. El descubrimiento detona una rebeldía contra el poder y al final -va spoiler- un par de monstruos tiran al tirano y crean una alianza con la infancia para producir energía con su risa, que es la energía del cosmos que sostiene la vida.
¿Y nosotros? ¿Qué hacemos con nuestra soledad? ¿Abotagarla conectados horas y horas en un infinito escrolling digital: ese dedo que pasa y repasa la pantalla de una imagen a otra ante nuestra mirada vacía. Las redes sociales reproducen el vacío de nuestra soledad. Pero también nos conectan: les he visto en la calle, la combi, afuera de un gimnasio, una tienda, o sentadas al volante en un vehículo parado, una mujer u hombre que ríe mientras escribe en la pantalla de su teléfono. ¿Quién está del otro lado que provoca esa felicidad que ya no sentías? Por ese momento furtivo lo damos todo. O lo perdemos. Atrapados en la asfixia de nuestras propias decisiones, vivimos sin vivir una vida aburrida y doméstica donde todos los días se repite la misma rutina: limpiar la casa, atender los hijos, la escuela, hacer la comida y esperar que tu pareja vuelva fastidiada del trabajo y así día tras día tras día… Hasta que de repente una mirada nueva, una sonrisa, nos conmueve y nos hace sentir un amor que creíamos perdido en la rutina, entonces sobreviene la catástrofe: lo que comenzó con miedo, se volvió emocionante e hizo florecer nuestra esperanza en el amor, se vuelve un problema: ¿qué hacemos con nuestra vida actual? Cuando nos vuelve a emocionar la mirada de otra persona estando nosotros en una relación la vida parece enredarse, nuestros hábitos cambian y sólo alguien que prefiere engañarse a sí mismo no se da cuenta de lo que siente por esa persona que no es su pareja o de que su pareja está sintiendo algo diferente por otra persona, y ese algo diferente es amor.
Entonces y solo entonces, acaso con desesperación, volvemos a llamar a esa vieja conocida nuestra, La Soledad, a quién le preguntamos con el corazón apachurrado, ¿Qué debo hacer? Claro que no todas las personas tenemos las mismas experiencias y hay quienes asumen con sentido práctico poniendo en una balanza ventajas y desventajas de lo que implica renunciar a una vida solitaria con beneficios personales, individuales, egoístas, o como queramos llamarle -no digo que sea lo mismo, aclaro-, para fundar ese pequeño contrato social que se llama la familia. Pues si bien la soledad tiene ciertos beneficios de privacidad y libertad individual, cuando el medio social y nuestras habilidades personales nos permiten colocarnos en una cómoda posición de ingreso económico, entonces viene una parte de la vida social en la que aceptamos aburrirnos, trabajar y seguir la rutina de lunes a viernes a condición de que el fin de semana rompamos esa rutina con una vida social de celebraciones (los quince de la hija del compadre, la boda del inge X, el cumpleaños del jefe) y vacaciones una o dos veces al año viaje-todo-incluido y navidad y fin de año con gran cena navideña y muchos regalos para todos… los de casa.
¿ Pero cuando es uno pobre? Cuando no hay recursos suficientes para los llamados lujos que en realidad son derechos de la producción económica que están mal distribuidos, porque a pesar de trabajar todos prácticamente por igual unos ganan mucho otros ganan poco y otros apenas ganan algo. Es ahí, cuando la playa son solo historias del feis de otro que nuestra soledad se revela y cuestiona ese contrato firmado que prometía un mundo feliz que jamás llegó.
La soledad es una experiencia diferente si eres mujer que si eres hombre, si vives en un rancho, un pueblo o en una ciudad, e incluso si es una ciudad como Los Reyes o Zamora, a si es Morelia o Nueva York. Muchos han escrito de esa soledad que ofrecen las ciudades que de alguna manera te blindan con el anonimato. Yo mismo fui un flâneur en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme, un desconocido que caminaba de una plazuela a un callejón sin mas sentido que el de recorrer las calles admirando coloniales edificios viendo cuerpos ir y venir entre las banquetas hasta que la tarde era un murmullo de oscuras sombras. Ahí, entre esas calles de cantera muchas veces me sentí libre caminando durante horas sin ver una sola cara conocida. Pero ese anonimato también tiene sus costos.
Hacer frente a cuestiones muy personales como la enfermedad o los aprietos económicos de manera individual es harto difícil y muchas veces nos lleva a una muerte triste y solitaria. Recuerdo como era común que paisanos se quejaran de amigos o parientes que en el rancho los trataban con afecto y generosidad, invitando comida y tragos, pero una vez que se iban allá, a los Estados Unidos, les cerraban las puertas y no se tocaban el corazón ni para invitarles un vaso de agua o un taco, a pesar de verlos muertos de hambres (lo estoy diciendo por testimonios que paisanos me han contado). Yo no juzgo. Sólo observo. Y pregunto: ¿Qué soledades estaremos padeciendo para volvernos insensibles al sufrimiento ajeno? ¿Cómo cultivamos un egoísmo que no nos preocupa la vecina que anda buscando a su hijo, la familia rota porque la migra expulsó al papá, el amigo que se perdió en las drogas, la bancarrota de aquel que no tiene para darle a su familia lo indispensable? La soledad, como un espejo sucio, nos devuelve la imagen que no queremos ver porque nos da miedo reconocer ese rostro cansado, derrotado, sin sueños, sin esperanza.
Hay quienes sienten un miedo terrible a la soledad. Un miedo incluso físico, como el temor a que algo malo nos pueda suceder al quedarnos solos, lo que nos lleva a soportar maltratos de nuestro círculo de amistades, de la pareja e incluso de nuestra familia. Preferimos sufrir una compañía que nos desprecia que una soledad que nos reclama, que nos fortalece a cambio de exigir una aceptación de quiénes somos en realidad, porque en la soledad más luminosa, la claridad con la que vemos nuestra existencia es terriblemente maravillosa: desnudos, la soledad nos muestra tal y como somos, ni ángeles ni demonios, pequeños seres mortales llenos de defectos con algunas virtudes que sufrimos las congojas de una vida miserable llena de horror frente a la violencia y la muerte que nos rodea y nos llena la boca de basura y nos provoca asco. Lo demás es silencio.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores @UnidadParlamentaria
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