Los pueblos bárbaros que invadieron el Imperio Romano, aprovechando la debilidad en la que había decaído, eran calificados por estos con un término que ha pasado a la Historia como sinónimo de atraso y de retraso. La imponente Roma, heredera de la grandeza griega, con su Derecho y su poderoso Ejército, había hecho del Latín una lengua de culto, lejos de la cual todo era balbuceo e incomprensión, barbarie, en definitiva.
Sin embargo, Roma tampoco había sabido mantener el tipo, ni las altas ideas que la fundaron, y, cuando fue invadida, recibió a las tropas bárbaras con una copa de vino en la mano, y muchos de sus habitantes tirados por los suelos, tras la celebración de la última de las bacanales, tan llenas de excesos y de excentricidades, que bien podríamos decir que la degradación romana, la había transformado en una auténtica barbaridad.
El “pan y circo”, metodología política romana para mantener al pueblo controlado, no solo eran viandas y entretenimientos, sino el comer y beber hasta límites de vómito, y la asistencia a todo tipo de espectáculos, en algunos de los cuales se hacía partícipe a la ciudadanía, con la práctica del sexo hasta las trancas, y a la luz pública, incluso.
Las tropas del Imperio, no pudieron hacer frente a los despreciados invasores, porque estaban ebrias, y fueron pilladas en plena orgía. Imagínense el espectáculo, tan lleno de la barbarie, que descalificó a la propia Roma, alineándola con sus tradicionales enemigos.
Los tiempos que corren, no mejoran demasiado aquel reflejo que nos dejó la bacanal y la orgía, instituidas para desviar la atención de la irresponsabilidad que se había adueñado de la política. Asistimos impertérritos a la institución de la homosexualidad como principio vehicular en la vida, el desprecio de la moral cristiana, que pasa por una degradación de las costumbres éticas, lo cual nos conduce a un repunte de la fiesta y la celebración exacerbada.
Con los principios fundacionales del Imperio Occidental por los suelos, vemos que muchos acaban tirados en el pavimento, ciegos de vino y de licores, pero también hartos de sexo, y desnortados. Ya no saben si darle a las mujeres o a los varones, entonces han decido darle a ambos a la vez, según se presente la ocasión.
Todo esto me suena a decadencia, y a entrada en la barbarie, de la que los romanos acusaban a los Bárbaros, mientras el Emperador Calígula, invitado de honor a la boda de su mejor amigo, ordenaba poner a los novios patas arriba, porque le apetecía copular con los dos, primero uno, después el otro.
La Roma imperial, tardó siglos en corromperse hasta este nivel, pero el Occidente actual va a una velocidad de vértigo. Como testimonio personal, puedo decir que la España que conocí en los años de 1970 a 1990, guarda poca relación con la España de nuestros días, en un cambiazo espectacular, al que no soy capaz de adaptarme.
FRAN AUDIJE
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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