Por Valentina Cuevas
Fotografías redes sociales.
Ciudad de México, 23 de agosto de 2026
Hace apenas unos años, el debate público en América Latina parecía gravitar en torno a la promesa de transformaciones estructurales: nuevos pactos constitucionales, sistemas universales de protección social y reformas de fondo a la distribución del ingreso. Hoy, el clima político ha mutado hacia una frecuencia más sombría. Al recorrer las calles de Santiago, Ciudad de México o La Habana, el pulso que domina la vida cotidiana no es la esperanza refundacional, sino un agotamiento crónico y una ansiedad extendida.
Esta zozobra no es un fenómeno abstracto ni una distorsión perceptiva. Es la consecuencia directa del repliegue y la inoperancia del Estado ante las urgencias materiales más elementales. Como advertimos al analizar el quiebre del péndulo ideológico, cuando la política abandona el cuerpo social, el vacío de certezas y seguridad no permanece inerte; es colonizado de inmediato por un mecanismo de control alternativo: la Gobernanza de la Ansiedad.
«La ciudadanía, exhausta por la supervivencia diaria, entrega legitimidad a cambio de un alivio emocional inmediato: la falsa certeza de que alguien fuerte está haciendo algo, aunque nada cambie de fondo.»
— Valentina Cuevas
Frente a la incapacidad técnica y presupuestaria de sostener infraestructuras públicas robustas, los liderazgos contemporáneos —al margen de sus etiquetas doctrinarias— han dejado de competir en el terreno de las soluciones de largo plazo. En su lugar, operan como administradores transaccionales de las emociones colectivas. La viabilidad de los gobiernos ya no se evalúa por la solidez de sus indicadores de bienestar, sino por su destreza para regular la dosis exacta de miedo, encono y certidumbre cosmética que administran a la población.

El mecanismo de la sedación
La dinámica de este dispositivo es tan elemental como perversa. Las cúpulas de poder identifican una vulnerabilidad compartida e ineludible —el temor a la violencia armada, la angustia ante la carestía económica o la precarización del empleo— y, en vez de articular políticas de Estado complejas que exijan rigor institucional y contrapesos, ofrecen una respuesta instantánea articulada en dos tiempos: la designación de un culpable visible y la promesa de una tutela enérgica.
Se consuma así un canje de gobernabilidad asimétrico. La sociedad civil, desgastada por la fricción cotidiana de resolver la subsistencia por cuenta propia, cede márgenes crecientes de escrutinio y libertad a cambio de una tregua psicológica inmediata. Es la necesidad de creer que una figura de mando ejerce el control de la coyuntura, aun cuando las causas de la precariedad permanezcan intactas. La política deja de ser un instrumento de resolución para convertirse en un sedante social.
La anatomía regional: Distintas ansiedades, idénticos sedantes
Este patrón de contención afectiva adquiere expresiones particulares en las distintas realidades de nuestra región, conservando una misma matriz operativa:
Chile y el refugio punitivo: Tras el colapso de los sucesivos itinerarios constituyentes, el desencanto y la fatiga cívica han desplazado el horizonte de derechos sociales hacia una demanda prioritaria de orden y mano dura. La ansiedad desatada por el crimen organizado y la pérdida de control territorial neutralizó el impulso de las reformas estructurales. El poder responde ofreciendo una lógica de blindaje securitario que tranquiliza en el corto plazo, pero pospone la reconstrucción del tejido comunitario.
México y la polarización como contención: El modelo mexicano demuestra una administración refinada de las pasiones colectivas. La polarización no es una anomalía del debate, sino el eje vertebral de la hegemonía. El discurso gubernamental coordina de manera permanente la reafirmación moral de los sectores populares y canaliza la confrontación hacia adversarios predeterminados. Esta épica discursiva mantiene la lealtad y el orden social aun frente a la fragilidad evidente de los servicios de salud, la infraestructura básica y la seguridad pública.
Cuba y la administración de la resignación: En la experiencia cubana, el sedante opera bajo la fórmula del cerco retórico y el agotamiento inducido. Frente al descalabro de los servicios vitales, la escasez crónica y el apagón sistemático, el aparato estatal no moviliza la cólera con fines electorales; administra la apatía colectiva para disuadir la protesta organizada. Se fuerza a la ciudadanía a replegarse en la microeconomía de la supervivencia o a asumir el éxodo definitivo como única vía de escape frente al dogma paralizado.
Esta matriz trasciende las fronteras latinoamericanas. Se entronca con la emergencia internacional de liderazgos personalistas en Europa y América del Norte, los cuales capitalizan la incertidumbre frente a la globalización prometiendo fronteras herméticas y soluciones tajantes. Se trata de una forma de tutela autoritaria que ocupa el espacio del Estado de bienestar en declive.
El costo de la anestesia institucional
Vivir bajo un régimen de sedación política conlleva dos costos insostenibles para la salud republicana:
La degradación de los contrapesos democráticos: Al subordinar el debate técnico, la rendición de cuentas y el diálogo plural a la gestión del impacto emocional, cualquier intermediación institucional o contrapeso legal es presentado como un obstáculo para la protección ciudadana.
La postergación indefinida de lo estructural: Mientras la agenda pública se agota en apagar o avivar la indignación del día, las fracturas determinantes —el colapso ecológico, la desigualdad material, el deterioro de la salud mental y la crisis de los cuidados— continúan agravándose en la sombra.
La estabilidad perdurable de las sociedades no provendrá de liderazgos especializados en administrar nuestras angustias, sino de instituciones con la capacidad técnica y moral de garantizar certidumbres tangibles. Una democracia no puede subsistir indefinidamente a fuerza de placebos discursivos y enemigos de ocasión; su legitimidad última radica en su aptitud para reparar, con hechos y no con relatos, las heridas del cuerpo social.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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