La herida viva de la memoria: El deber de no olvidar a quienes defendieron la dignidad

Por Valentina Cuevas

Fotografías redes sociales
Ciudad de México 11 de septiembre de 2026

Hay dolores que no prescriben con los calendarios ni caben en las conmemoraciones oficiales. Hoy es 11 de septiembre. Para muchos, es una fecha histórica distante, una efeméride sobre el quiebre de la democracia chilena en 1973 que los libros resumen en discursos y cifras frías.

Para mí, es la raíz íntima de una ausencia que me acompaña desde la cuna: el vacío que la violencia de Estado dejó en mi familia cuando nos arrebataron a mi abuelo, Miguel Cuevas Pincheira.

Apenas nueve días después del golpe, el 20 de septiembre de 1973, un grupo de hombres armados irrumpió en su casa para arrancarlo del lado de los suyos. Miguel tenía apenas 40 años, una vida entera por delante, un matrimonio con mi abuela Norma Panes y cinco hijos pequeños a los que cobijar, entre ellos mi padre, Víctor Hugo. Su delito no fue militar ciegamente bajo una bandera ni disputar privilegios de poder: su delito fue tener conciencia y no tolerar la injusticia.

Mi abuelo entendía algo fundamental que hoy resulta más vigente que nunca: que las oportunidades jamás han sido parejas, que los privilegios de cuna condenan a las mayorías al abandono y que el conocimiento no debe ser un lujo de pocos, sino una herramienta para que los que menos tienen puedan salir adelante. Miguel puso su tiempo, su esfuerzo y su voz al servicio de los más vulnerables, ayudando a quienes no sabían cómo defenderse y abriendo caminos de dignidad para la gente trabajadora que el sistema prefería mantener al margen. Por tender esa mano solidaria, por creer que un país no se construye pisoteando a los suyos, lo hicieron desaparecer.

Como escribió con implacable lucidez la ensayista chilena Nelly Richard:
«La memoria contra el olvido no es la simple nostalgia del pasado, sino una batalla activa del presente contra los silencios cómplices que pretenden normalizar la injusticia».

El abismo de la desmemoria y la fuerza de Norma
Pertenezco a la generación de los nietos. Crecí viendo el dolor contenido en los ojos de mi padre al formarse sin el suyo, pero sobre todo crecí al amparo de la entereza inquebrantable de mi abuela Norma. Una mujer que no se quebró ni se rindió jamás: se arremangó, salió a trabajar sin descanso y, a pura fuerza de trabajo y coraje, sacó adelante sola a sus cinco hijos, sin dejar de buscar a mi abuelo.

A ella le tocó sostener la vida en un pueblo chico donde el horror no era una noticia lejana, sino la vereda de enfrente. Le tocó caminar por las mismas calles cruzándose a diario con los asesinos de su esposo y con sus familias; convivir con el silencio cómplice de los vecinos, soportar situaciones durísimas y mantener la cabeza en alto sin bajar nunca la mirada. Tuvieron que pasar cincuenta largos años de espera y dignidad intacta para que, apenas hace un par de años, la justicia finalmente alcanzara a la mayoría de los responsables de la desaparición de mi abuelo. Medio siglo donde la impunidad caminó libre frente a nuestra puerta, mientras mi abuela nos enseñaba que la resistencia no se hace con rencor, sino con la verdad sostenida en el tiempo.

Por eso, desde este lugar generacional, me estremece constatar la ligereza y el desinterés con los que hoy se mira el pasado.

Vivimos en una época dominada por el consumo de información rápida, el entretenimiento fugaz y una desmemoria cómoda que invita a «pasar la página» como si nada hubiera ocurrido.

En Chile y en toda nuestra región, a los jóvenes se les enseña a mirar hacia otro lado. Se pretende reducir la catástrofe de la dictadura a una disputa partidista entre bandos del pasado, ocultando la fibra moral del asunto: que el aparato estatal se ensañó contra hombres y mujeres comunes cuya única falta fue no voltear la cara ante el sufrimiento ajeno.
«Crecimos en el mismo pueblo cruzándonos con los responsables del crimen, viendo a mi abuela sostener la vida a pura chamba y entereza.

La memoria viva no es rencor: es el deber moral de no aceptar que el silencio le gane a la verdad.»
— Valentina Cuevas

Escribir desde el pensamiento crítico, no desde el odio
Cuando una sociedad olvida sus fracturas, pierde el juicio ético. Se vuelve indiferente ante las desigualdades cotidianas, normaliza el abuso y no valora que los derechos básicos costaron la vida de personas enteras. La amnesia provocada por el ruido de las pantallas y la inmediatez digital es el mejor refugio para que los privilegios de unos cuantos se mantengan intocables.

No escribo estas líneas desde el resentimiento ni desde una trinchera partidista. Tampoco pretendo alimentar odios estériles que no construyen nada. Si algo aprendí de la historia de mi abuelo y de la entereza de mi abuela Norma es que la crítica más profunda se hace con templanza, pensamiento riguroso y un respeto absoluto hacia la dignidad humana. Escribo para cuestionar esa moral hipócrita que pide olvidar para no incomodar, y para interpelar a una sociedad que corre tan rápido que ya no se detiene a reflexionar sobre sus propias ausencias.

«Mi abuelo no desapareció por un cálculo político; lo arrebataron por compartir su conocimiento y tenderle la mano a quien no tenía privilegios. Olvidarlo en nombre de la prisa moderna es renunciar a nuestra propia humanidad».
— Valentina Cuevas

La herencia de la convicción
El vacío que dejaron en mi padre Víctor Hugo, en mi abuela y en mis tíos nunca se va a cerrar, pero con las décadas se convirtió en un mandato claro: no acostumbrarse a la injusticia, poner el conocimiento siempre al servicio de la comunidad y jamás callar frente a los abusos del poder.

Recordar a Miguel Cuevas Pincheirara no es anclarse en la nostalgia del dolor; es reivindicar la urgencia de pensar críticamente, de educar y de tender puentes con el más vulnerable. Mientras exista una generación con memoria, dispuesta a nombrar a sus desaparecidos con serenidad y firmeza, ninguna tiranía habrá ganado la última palabra.


Por Miguel, por la fuerza trabajadora de Norma, por mi padre Víctor Hugo,mi tios, Miguel, Fabiola, Maritza, Dorian y por cada uno de los que nos faltan: la memoria sigue viva, firme y en pie.

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
#upr#Valentina Cuevas


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