Por Bernardo Méndez Lugo
Ciudad de México 23 de octubre del 2026
Escribir sobre poesía implica, casi siempre, cartografiar el afecto. Para mí, la literatura contemporánea en México no es una teoría de biblioteca, sino un mapa trazado por rostros, cafés compartidos y proyectos entrañables.
Las figuras de Ricardo Yáñez, Herman Bellinghausen, Jorge Valdés Díaz-Vélez y Eduardo Mosches representan esa estirpe de creadores cuya relevancia se mide tanto por el rigor de sus textos como por la calidez con la que extendieron puentes hacia los demás.
A Ricardo Yáñez lo descubrí a través de las páginas de su proyecto editorial El ciervo herido. Desde ese primer encuentro con su visión independiente, entendí que su poética prescinde del adorno aparatoso para concentrarse en la vibración del instante y en la música secreta del habla cotidiana.
Ricardo hizo de la edición un magisterio generoso; su labor no se ejercía desde la distancia académica, sino desde la cercanía de quien sabe que la poesía es, antes que nada, un acto de convivencia y complicidad humana.
En una coordenada distinta, la presencia de Herman Bellinghausen llegó a mi vida gracias a amigos comunes. Desde entonces, sigo de cerca su palabra a través de su página de Facebook, Poesía Herman Bellinghausen, un espacio donde su pulso creativo se mantiene latiendo.
En Herman, el verso y la urgencia social conviven sin traicionarse. Su mirada, forjada en la crónica y el diario caminar por los territorios indígenas, dota a su poesía de una dignidad profunda. No mira el mundo desde una torre de marfil; se ensucia los zapatos y traduce la realidad en un canto estético de hondo respeto humano.
Por su parte, mi conexión con Jorge Valdés Díaz-Vélez nació de la complicidad institucional; fuimos colegas en la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).
Compartir el Servicio Exterior me permitió entender a fondo la elegancia y la melancolía que cruzan su obra. El tránsito diplomático impregnó su poesía de una mirada de viajero y un rigor impecable ante el paso del tiempo.
Sus versos operan como una bitácora emocional ante las patrias temporales, demostrando que el desarraigo y la distancia también pueden convertirse en una forma de belleza perdurable.
Finalmente, el mapa de mis recuerdos literarios se asienta en las calles de Coyoacán y la Condesa, donde traté con frecuencia a Eduardo Mosches en reuniones cobijadas por amistades comunes.
Eduardo convirtió el trauma del exilio en un refugio colectivo al fundar la emblemática revista literaria Blanco Móvil. Recuerdo con especial afecto cómo esta publicación resistía el tiempo y se distribuía en los Consulados y Embajadas de México, llevando nuestras letras más allá de las fronteras.
Su gran legado fue enseñarnos que una revista independiente es una barricada cultural donde siempre cabe la voz del otro.
A modo de conclusión, estos cuatro autores demuestran que la literatura es un organismo vivo que se nutre del encuentro.
Desde el minimalismo cotidiano de Ricardo, la trinchera social de Herman, la elegancia itinerante de Jorge, hasta la hospitalidad editorial de Eduardo, sus trayectorias forman parte de mi propia geografía personal.
En un mundo que a menudo premia el aislamiento, sus vidas y sus letras me devuelven la fe en la poesía como un espacio de profunda generosidad.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
#unidadparlamentaria#upr#panorama nacional

Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
