Despertar y morir, o nunca despertar

Fernando Villanueva Ávalos

Fotografías redes sociales

Tocumbo, Michoacán, 24 de octubre del 2026

No recuerdas porque amaneciste con el corrido del caballo blanco metido en la cabeza. Recibiste la orden de encender el boiler y como sea te pusiste de pie y bajaste a hacerlo. Los últimos relámpagos de una violenta tormenta nocturna sacudían la oscuridad desmarañando los retazos de luz gris que bordeaban las nubes. Torpe entre la casi luz, tomaste la lámpara de mano y bajaste. Tenías tres posibles vías para encenderlo, la primera quedó agotada en los cerillos húmedos, imposible raspar sin deshacerlos en el costado inservible de la caja mojada, aunque mas bien, era la segunda, pues la primera opción era el encendido eléctrico de la estufa que la electricidad ausente canceló. La última era aquel encendedor que se hallaba en las postrimerías de su encendido. Pensaste en el periódico que te gustaría ir a comprar esta mañana e hiciste una antorcha con él. Así creías poder postergar los estertores combustibles del encendedor robando como un Prometeo doméstico aquella flamilla eternizándola de hoja en hoja de periódico incinerando su primera plana. Una vez con trabajos obtuviste la flamilla, prendiste la tea y accionaste el obturador del piloto del calentón, como le dice tu tío pancho, te diste cuenta que retenías enredados en tu oído retazos del corrido que habías bajado mentalmente tarareando. Acercaste la mecha al piloto y esperaste. ♫ Llegó hasta Hermosillo y siguió hasta Caborca♫. Nada. Quizás estaba mojado el piloto, pero la mecha parecía no alcanzar la salida de gas, tan estrecha, y además el periódico se extinguía, al menos el papel. Con la colilla echada acá enciendes una segunda hoja del diario y repites la operación. Gotas del cielo y gotas de la tierra caen en tu cabeza y te mojan el pants y la chamarra en aquella penumbra total, salvo la lámpara de mano que aluza al interior del bóiler y una grisura mas extendida en el oriente. Y por Mexicali ya se iba cayendo… Siempre que llegas a esa parte del corrido el recuerdo se carga con la imagen de tu amigo José Ángel “la Coquilla”, aquella tarde a los ocho años en casa de su abuelo en que oían ese corrido en un álbum de Vicente Fernández estampado de apuestos caballos de colores, rosillos, alazanes, prietos azabache, dorados, colorados. El disco estaba rayado y cuando llegaba a esa parte repetía: ♫ya se iba cayendo/ya se iba cayendo/ya…♫, y a ti se te ocurrió decir cuando la coquilla apagó el estéreo «y se calló», y él se meaba de la risa.

Porque no es exactamente un recuerdo, sino que siempre que en silencio lo mientes sabes que él está muerto y ese sabes está en su cara roja de cabellos rubios y en la tarde que oían aquel corrido y en un caballo blanco eternamente cayendo. A la Coquilla lo hallaron en una barranca medio podrido ya, llevaba varios días tirado ahí, tenía los mismos veintidós años que tú. Una tercera hacha de papel debió ser encendida pues el maldito bóiler no prende. ¿Qué diablos le pasa al piloto? Piensas en por qué se le habrá ocurrido a José Alfredo ese corrido y construyes una asociación de que quizás sea él nuestro Moby Dick. “Piénsalo, un caballo que sale de Guadalajara un día de asueto –el domingo precisamente y no cualquier día; ahí está la conexión mística con la religión como en Melville. Atraviesa del occidente -no es NUNCA un recuerdo, porque siempre que lo mientes SABES que está muerto, maldita sea, ¡MUERTO!-, desde Guadalajara todo el norte mas de 1200 kilómetros ¿para qué?, ¿para llegar a Tijuana? ¿Para llegar a qué, para hacer qué en Tijuana, solo llegar? La obsesión del jinete –Ahab- es la del caballo -MD-, la fuerza soberbia con que el juglar dolorense poetiza la feroz persecución del corcel contra la adversidad, el tiempo, la muerte, sus propias fuerzas, una carrera que lo lleva hasta su aniquilamiento, y en la que ¡no hay jinete ! ¡El caballo es el corrido! Así, el potro blanco, como el cachalote blanco –color metafísico- equidistan una alegoría dramática y violenta en la locura de quien lo gobierna –jinete, capitán, dios. “¡Pinche bóiler que carajos te pasa!” Cinco antorchas de papel y no haces encender el piloto, es decir, ya había prendido, pero apenas lo sueltas un poco y aquel remedo de llama desaparece como un fantasma azul en la estrechez del tubo de cobre. El caballo cabalga la madrugada como un velo de niebla y el hocico blanco rojo, mientras tiñe su sangre el hondo valle. La perilla se ha quedado abierta y una nueva antorcha es encendida con una dificultad que exige cierta inclinación de la punta del periódico. Las mentiras se resisten a arder y de repente el espíritu azul enrojece como la sangre en el ojo del océano, la sangre del cachalote arponeado por el desquiciado Ahab. Acercas el falo de Prometeo a la boca del lobo y… Estás confundido, no sabes bien qué sucedió, recuerdas una explosión sorda que arde aun en tu cara, en los oídos un zumbido sofoca el ambiente. Poco a poco te das cuenta, “¡estúpido”, de que el gas escapaba de la hornilla mientras rehacías la tea –la misma tea- que descuidaste al acercarla a la boca del boiler y el gas acumulado se transfiguró en combustión que ardió tus cejas, tus pestañas, la mano que quema, tres, cuatro, quizá más llagas diminutas supuran tus digitales, el medio, el meñique, otros, y el olor a pelo chamuscado que pudre la mañana de un dramatismo imbécil, el mismo olor a atentado de la carne reventada de un civil. Vuelves a ver y te das cuenta que el quemador del tanque salió arrancado de la fuerza explosiva. Luego que comprendes que pudiste morir, quedar ciego, lloras como un niño. Lloras por el caballo blanco que nunca mas vendrá a jugar a tu calle, por la Coquilla, por la barranca que tu creíste siempre una aventura de trinos y frutas salvajes y ellos, -¿quiénes?-, todos –¡¿quienes?!- marcaron con su muerte. Te calmas, sumes otra vez el encendido y el encendedor escupe una, la última flamilla. El fantasma azul clava su ojo cíclope desde la caverna del bóiler. Ribetes de ocres en la espalda del día que deslíe la húmeda alba. Sueltas el encendedor de paso y el ojillo zarco permanece como un ombligo añil en la caldera. Abres la perilla y una corona dorada corona el cubo. Por fin el bóiler comenzará a calentar el agua helada. Recuerdas a Ismael, que sobrevivió a Moby y a Ahab, y también al Caballo blanco, que llegó a Tijuana y sientes ganas de creer que también sobrevivió. Te sientas en la sola penumbra de tu sala en silencio. Limpias las puntas capilares chamuscadas. El ardor es ya un dolor claro. ¿Pudiste morir, quedarte ciego? Nadie responde a tus preguntas. Observas el reloj. Te pones escribir.

Amanecer de un sábado lluvioso de junio de 2013.

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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