Baños de vapor por la vida.

Mario Ensástiga Santiago

Morelia, Michoacán, 25 de febrero de 2022

Cayetano en un viernes de fin de semana, casi totalmente relajado sobre aquella barra cubierta de blanco azulejo de los baños públicos de la plaza Villalongín de Morelia, descansando entre los 2 tiempos del antiquísimo ritual del baño de vapor, memorizaba con cierta dificultad los años infantiles en los que su señor padre lo llevaba a los baños públicos del barrio Chimalpopoca de la hoy alcaldía de Iztacalco de la CDMX, para darse un siempre placentero baño de vapor del servicio público al alcance de cualquiera de las familias, baños que con el paso del tiempo han ido desapareciendo poco a poco prácticamente de todas las ciudades del país. De hecho los baños Villalongín ubicados en torno a la emblemática glorieta de las tarascas, es de los 2 o 3 baños públicos que aun quedan en la capital michoacana.

Tendría no más de unos 5 o 6 años. Las primeras veces, al igual que Timoteo, hermano menor por 2 años, se reusaba a ingresar a aquel cuarto lleno de vapor de agua calurosamente nebuloso, con el tiempo le resulto altamente disfrutable. Recordaba que iban una vez por semana, desde entonces hasta la fecha con los ojos cerrados en reposo sonreía porque no ha dejado de ir a los baños de vapor cuantas veces puede en compañía de sus hijos.

Igualmente trataba con cierta inseguridad recordar que todavía hay 2 baños públicos de vapor más en Morelia, el de la vieja central camionera que dejo de visitar y otro que nunca ha visitado en la colonia Santiaguito. Años más tarde se aficionó a los baños del deportivo Venustiano Carranza y lamentaba que ya no tuviera el servicio de vapor al que diariamente acudía por unos cuantos pesos. Por otra parte memorizaba algunas anécdotas que tuvo en los baños de vapor del Club Britania, deportivo privado al que Cayetano tuvo la oportunidad de asistir por varios años junto con sus hijos y esposa, no sin dejar de sonreír al recordar que un sábado ingresó a los vestidores del Club Britania en los primeros minutos del día para cambiarse e ir a correr a la pista de tartán para después darse un buen vaporazo y de ahí al trabajo. Apenas iban a ingresar los usuarios, sería como las 6 de la mañana cuando las luces de algunos lugares de las instalaciones aún estaban apagadas. Se sorprendió que un socio torpemente se levantaba de las bancas de madera frente a los anaqueles donde guardaban bajo llave sus ropas deportivas, visiblemente se notaba que había dormido toda la noche en ese íncomodo lugar, aun estaba bajo los efectos de la soberana borrachera que seguramente se puso el viernes por la tarde noche con algunos amigos que acostumbraban cada 15 días reunirse y disfrutar de una comilona con sus respectivas copas. Cayetano se preguntaba cómo era posible que los trabajadores toalleros y vigilantes de la seguridad no se percataron de la inusitada presencia nocturna de uno de los socios, de igual manera se compadecía de la familia al ver que no llego a casa.

Otra anécdota que lo hizo reír y perder por unos segundos la compostura, al grado de sorprender al bañista de al lado, que seguramente se preguntó y ¿a este qué le pasa?, ¡está loco!; después haber corrido por varios minutos por la pista que rodeaba casi todas las instalaciones y la obligada rutina de ejercicios, se dió un rico y merecido baño y vapor, tras ello llegó a las bancas de madera, abrió su anaquel y apresuradamente tiró toda la ropa al suelo, limpia y sudada, pensando en la reunión de trabajo que en breves minutos sostendría. El asunto fue que se distrajo de tal manera, que mecánicamente tomó los calzones para ponérselos sin más, se sentó y continuo enredado en sus pensamientos laborales. Sintió una leve mirada interrogatoria, de reojo alcanzo a identificar a aquel señor de blanca cabellera, sentado a unos cuantos centímetros de él, con la mirada en los calzones que se acababa de poner, el vecino finalmente se atrevió tímidamente a preguntarle que si no había visto unos calzoncillos de cuadros rojos y azules, fue cuándo abruptamente entendió que se había puesto los calzones del señor, se los quito de inmediato, con 2 dedos los tomo y con la mirada para otro mundo lleno de vergüenza se los entregó; volvió en sí y se repetía inquisitoriamente con sinigual ironía, ¡me manché¡, ¡me manché!.

Cayetano dejó de recordar, se levantó y volvió a ingresar al cuarto de vapor al segundo tiempo, veía a su alrededor que la mayoría de la población vaporina era gente madura y de la tercera edad, muy pocos jóvenes, ¿y de la pandemia del Covid en su cuarta ola, que va, ni se acordaba?, se decía, a los jóvenes de hoy casi no les gusta el vapor, por suerte no era el caso de sus 2 hijos que desde muy chavos les inculcó el gusto por aquella milenaria práctica de los griegos, romanos, árabes y del temazcal azteca.

Ya había ingerido 2 cervezas para recuperar el líquido perdido, salió del vapor, se bañó con agua que inexplicablemente siempre estaba fría, como no queriendo se despidió del pequeño grupo que amenamente charlaban totalmente al desnudo, sin ningún rubor, enseñando sus vergüenzas más intimas y tomado unas cervezas bien frías en aquella vieja cantina acuática, solicitó al dependiente de los baños una toalla y en su gabinete individual a la vieja usanza se vistió y cambió de ropa, pidió la cuenta y dió el 10 por ciento de la obligada propina, salió a la calle, ampliamente satisfecho y admiró la algarabía del bello centro histórico de Morelia de un viernes de quincena por la noche, pensó ¡a casita, una buena cena, una mejor película y a descansar!.

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