Mi recuerdo de mi papá Nando. Tercera parte. La eterna armónica nocturna de Nando: Mis ojos mueren de llorar, y el alma, muere de esperar

Por: Raúl Jiménez Lescas

No todas las noches de quietud eran noches de armónica. La armónica seleccionaba a la noche, no la noche a la armónica, parafraseando al mago. Así mi padre Nando limpiaba cuidadosamente con un buen trapo, suave y limpio, su armónica. Luego le ponía crema a sus labios y la empezaba a besar como un beso eterno y melódico.

Siempre empezaba con “Vereda Tropical”, le encantaba esa rolita del siglo pasado. Dicen, los que saben, que la obra fue escrita por Gonzalo Curiel en Acapulco en 1936 y estrenada en 1938 en la película mexicana “Hombres de mar”, resultando la canción con la que obtuvo mayor reconocimiento (y de) Curiel por la gran popularidad alcanzada. Está compuesta por tres estrofas y el coro.”
Nando no la cantaba, la interpretaba en su eterna armónica nocturna.
Va así:

“Voy, por la vereda tropical, la noche plena de quietud,
Con su perfume de humedad.
En la brisa que viene del mar, se oye el rumor de una canción,
Canción de amor y de piedad.
(Con ella fui, noche tras noche, hasta el mar.
Para besar, su boca fresca, de amor).
Y me juró quererme más y más, y no olvidar jamás,
aquella noche junto al mar.
Hoy, solo me queda recordar, mis ojos mueren de llorar,
Y el alma, muere de esperar.”.

Yo no volví nunca con Nado a Acapulco hasta la última vez que nos fuimos familia, tíos, tías, hermanas y no recuerdo cuántos más. Luego volví con amigos y nos robaron todo. El año pasado fui, pero me hospedé en un gran hotel por apoyo de mi amigo El Toro. Salí bien librado y, entonces, me acordé de La Vereda Tropical, pero meses después la escribo como recuerdo. Así funciona mi memoria, guarda cosas en un rinconcito y cuando ella me lo recuerda, yo escribo. Es una relación “tóxica” entre mi memoria y yo.

Entonces Nando se daba “vuelo a la hilacha” tocando su armónica, como la brisa que viene del mar y se oye el rumor de una canción, una canción de amor y de piedad, que viene desde la Vereda Tropical.
Se inspiraba, le salía no todo por los ojos sino por el alma, ya que en la boca sólo estaba la armónica. Es la primera vez en mi vida que vi como el alma sale por una armónica. No lo podré nunca olvidar.

Su armónica era alemana, como la que yo tengo, pero la de Nando es larga, la mía es de Blues, corta.
Me enseñó a tocar la armónica con la canción de Lennon y McCartney: “Love me Do”, donde Lennon toca virtuosamente la armónica larga, no la corta del Blues. Sí mi relación tóxica con mi memoria no me hace una mala jugada estaba estudiando el bachillerato en el Tec de Oaxaca, hace muchos, pero muchos años. Quizá en 1978.
Eso sí recuerdo que Nando dijo: “Lennon toca muy bien la armónica”. Estoy seguro que fue ese momento cuando empezó a respetar al “melenudo”. La primera lección fue: las notas graves van al principio, las notas agudas van al final. Nando no sabía de notas, pero yo sí sabía solfear, por lo cual lo entendí perfectamente. No me avergüenzo en decir que teníamos una consola vieja del siglo pasado donde puse el disco de 33 revoluciones o LP de The Beatles para que mi Nando me enseñara a tocar la armónica de “Love me Do”, aunque hasta la fecha me la sé de memoria, porque aunque “tóxica” mi memoria nunca me traiciona.

Así aprendí a tocar la armónica que me acompañará hasta mi muerte, pero la mía es de Blues, no la de Nando que es larga, pero ambas son alemanas. Ahorré muchos centavitos que Nando me dió para ir a la escuela hasta que la compré: tiene un estuche azul y todo está en alemán. Suena de maravilla como el blues. Después a Nando se le metió la ocurrencia, muy oaxaqueña, de tocarnos “Las mañanitas” con su armónica. Entonces ponía el teléfono y se aventaba un “palomazo”. ¿Cuántas veces Nando me despertó con sus mañanitas en esa armónica larga? Reconozco que no tengo espíritu de contador y nos la conté, pero fueron las suficientes para que mi memoria tóxica las registre y luego me las cobre.

Yo aprendí a tocar la armónica, la cual es una de las grandes herencias que me dejó mi padre, no me dejó una cuenta bancaria, pero sí un amor por la armónica. Lo cual es oro molido.
Pero yo no toco la armónica larga, ni la Vereda Tropical, yo tengo una armónica corta de Blues…

Nando toca canciones; yo toco blues, pero en el alma nos encontramos siempre. Siempre será así porque soy su hijo. Una copia de él, pero con muchos bemoles, porque él me enseñó a buscar mi propio camino y en ese ando caminando día con día.
No sé dónde está la armónica de Nando, pero cuando la encuentre, estoy seguro que tocaré “La Vereda Tropical” para encontrarnos y que nuestros ojos mueran de llorar y, nuestras almas, mueran de esperar.

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