Éramos muy jóvenes. Él me decía amorosamente “flaca” y bailaba sin saber bailar, como si el amor fuera eso, un intento aunque saliera mal.
Constantemente soltaba chistes malos e insistentes para hacerme reír, disfrutaba de mis aficiones por el cine, el arte y la música. Rompíamos con frecuencia, según él, yo estaba “enamorada” de mi trabajo, de mi pluma, mi voz y de mi imagen. Y tenía razón… pero no toda la razón.
El periodismo era mi amante y mi esposo más fiel, el único que me llevaba por el mundo, de ciudad en ciudad y de país en país llenando mi vida de adrenalina porque lo mío es contar historias, investigar casos y revelar primicias.
Aún así, yo quería quedarme, construir un verbo juntos, un “nosotros”, un techo y sustento y por qué no soñar con ser padres, algún día.
El sueño arrojó resultados, salían a flote más reclamos, los hijos que nunca tuvimos, los celos inevitables, las ausencias irremediables, los viajes en solitario… momentos rotos donde la espuma del mar bañaba solamente las huellas de mis pies sobre la arena.
En cada viaje las instantáneas eran de mi propia sombra solitaria y fragmentos de aquellas tardes de domingo con el viento despeinando mis cabellos mientras caían las hojas tras desprenderse de los árboles.
Teníamos tan solo 21 años y cada uno traía la herida de su primer amor, ese con quien se aprende que todo es intensidad y aventura.
Quizá por eso, cuando llega el segundo o el tercero la cicatriz no deja de doler y, pese a ello, una cree que ahora sí y que será distinto.
Lograr la conexión, la que tanto has esperado, la recíproca, pero a él todo le salía mal. Mientras yo volaba alto, él parecía encogerse bajo mis alas.
Una vez dijo que me buscaba en todas las mujeres, pero no podía encontrarme. La que se encontró fui yo en cada vuelo, decepcionada por sus traiciones, hasta que ya no pude más. Entre mis dedos escurría lo poco que quedaba y vi morir.
Lo que pasó con él es lo común, cambió varias veces lo real por espejismos falsos, persiguiendo tacones de quienes llegaban al altar con otros hombres. Una y otra vez la realidad lo mordió.
En cambio, a mí, el tiempo me hizo entender la gran lección, no se trataba de borrar el recuerdo, sino entender y sanar el dolor de todos los recuerdos, sostenerme en mi amor por el presente, por la vida misma, en darme todo lo que ni él ni nadie podían darme… Y desde ahí todo empezó a tener sentido.
Mariana Escobedo C.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
#unidadparlamentaria#upr#Mariana Escobedo

Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
