IMÁGENES FRENTE AL ESPEJOHOMBRE DISCIPLINADO

Federico Cánovas Gómez Urquiza

En el taller literario del pasado martes hablaron de disciplina.
Y yo me quedé callado, mirando el vino en mi copa, preguntándome si alguien en esa sala virtual entendía algo de lo que realmente significa esa palabra.

Porque la disciplina no es levantarse temprano.
No es la agenda de cuero ni el cuaderno con bullet points.
La disciplina es una herida que se repite todos los días hasta que deja de doler y se vuelve ritual. Y el ritual, si tienes suerte, se vuelve algo parecido a la salvación. La oración nocturna es
un buen ejemplo de ello: hay quienes la convierten en un desfile de peticiones culposas. Otros, como yo, no oramos; pretendemos a cambio meditar haciéndole al loco con “la respiración
consciente”.


Trabajo de las diez y media de la mañana hasta las ocho de la noche. Disciplinadamente. Sin beber. Con las manos sobre el teclado y la cabeza en lo que toca. Porque si no trabajo, no como. Y si no como, no bebo. Así de simple, así de brutal. No queda de otra.

Pero cuando el reloj marca las ocho y media, el hombre que soy durante el día deja paso a otro hombre. Uno más honesto, quizás. Uno que lleva en la sangre el saber que la vida, sin el
pequeño lujo de un vaso o copa de sustancia oscura, es una cosa demasiado seria para tomársela en serio.

Los lunes, el dominó. Una botella de tinto y tres cervezas mientras las fichas golpean la mesa con ese sonido que es el único lenguaje que todos en esa mesa entienden perfectamente. He ganado algo en este juego. No hay trofeos por jugar a la telepatía con la pareja o pretender a descifrar a los oponentes. Algo más difícil: la capacidad de leer a los otros hombres en sus pequeñas traiciones.

Los martes, el taller. Escribo, escucho, bebo. A veces leo lo mío. Una botella entera que se vacía mientras las palabras ajenas me recuerdan que todos llevamos adentro un cuento que no hemos
sabido contar todavía. El vino me ayuda a escuchar sin prejuicios. O tal vez me ayuda a juzgar con mayor compasión. No sé bien la diferencia. Nadie se ha mostrado inclemente con mis trazos compartidos.

Los miércoles, el editor. El maestro que entra a mi novela como cirujano sin anestesia. Empezamos con el tinto. Si se pone intenso o filosófico, migro al whiskey con soda. Uno aprende que ciertas verdades sobre lo que uno escribe sólo se pueden recibir con algo que arda un poco al bajar. Mitigar las miserias que el escritor incipiente exhibe ante el maestro nihilista.

Los jueves, el boliche. Un par de caguamas. La cerveza y yo encontramos un ritmo que no existe en el juego sobrio. Soy un jugador mediocre. Pero un mediocre comprometido, que es

mucho más que un genio ocasional. Si la cebada no resbala por mi garganta, la bola no tira los pinos suficientes. Lo he constatado, a mi pesar, los fines de quincena sin recursos.

Los viernes descanso. No porque quiera ser virtuoso sino porque estoy genuinamente agotado, que es la única razón legítima para no beber. Honestidad por malestar físico, nunca por culpas.

Los sábados, la carne asada con mi novia. Una botella de vino, varias cervezas, conversaciones que se alargan hasta tocar algo verdadero. Ella dice que logro un nivel de plática único y
trascendente. Yo creo que simplemente me he entrenado para no tenerle miedo al silencio que viene antes de las palabras importantes, o de los silencios que expresan más con la fusión de los labios.

Los domingos, el vacío. No es un defecto, ni una queja. Es una práctica entrenada. El gran arte de no hacer nada. También eso se aprende, y se disfruta. Los domingos soy abstemio. Incluye
eso que le llaman misa.


Hay quienes nombrarían a mis disciplinas como alcoholismo.
Yo les digo que sí, probablemente tienen razón, y les sirvo otra copa, mientras los escucho.
¿Para qué andarnos con hipocresías?

El camino hacia el interior de uno mismo —decía alguien mucho más sabio que yo, o quizás era yo mismo en un buen momento— no pasa necesariamente por la sobriedad. Pasa por la honestidad. Y la honestidad, a veces, necesita que le aflojes la correa con algo fermentado.

Porque mira lo que ha crecido alrededor de la botella:

He mejorado en el dominó. No soy ningún campeón. Soy un jugador promedio que cada lunes se sienta frente a sus iguales y practica el antiquísimo arte de perder sin amargarse demasiado.
Eso no lo enseñan en ninguna academia. El empate de fondo es más legal que el arrebato o la trampa. Esos no deben existir. Hay que aprender a callarse. No es más real el álgebra imaginaria
de las veintiocho fichas que la convivencia pura y auténtica. A veces gano, sin embargo.

Escribo mejor que hace cinco años. Mucho mejor. No soy un escritor publicado —algunos textos sueltos, nada más— pero cada martes y cada miércoles me siento a hacer el trabajo sucio
de mejorar. Y estoy mejorando. La prueba está en el papel. Y en la piedad de los talleristas y las eventuales complacencias de los maestros, y de algunos editores solidarios y generosos.

Leo. No todos los días, lo confieso. A veces dejo pasar dos o tres jornadas. No por resaca, sino por falta de humildad. Pero no pasa una semana entera sin que lea al menos cincuenta páginas.
El hábito tiene sus propias grietas y lealtades. La hoja en blanco es como un planeta sin conquistar: llenamos los huecos de la ignorancia con la Fe. Hay que seguir respetando a los
maestros que vertieron sangre en la tinta.

Converso bien. Eso dice mi novia, y yo le creo porque ella no tiene ninguna razón para mentirme en eso, hasta que le gana el sueño. Las tres de la mañana son el umbral donde ningún poema la conquista.

Descanso los domingos con la seriedad de un maestro zen practicando la inmovilidad.

Todo esto —el dominó, la escritura, la lectura, el boliche, la conversación, el descanso— ha crecido junto a la botella. No sé si la botella fue la causa o simplemente la testigo más fiel. Pero
ha estado ahí, sin fallar, en cada momento que valió la pena. ¡Salud por ello!


“Disciplina”, dice el diccionario: “capacidad de actuar siguiendo valores como el orden, la constancia y la obediencia a normas establecidas”.

Orden: tengo horarios y los respeto.
Constancia: aquí está todo lo que he descrito.
Obediencia: sigo las normas no escritas de la convivencia humana, que desde tiempos inmemoriales dictan que las cosas importantes —la amistad, el arte, el amor, la conversación verdadera— se acompañan con algo que eleva levemente el espíritu por encima de su peso cotidiano. Dieciocho onzas de profundidad integran el pozo de la obediencia.

Me declaro culpable de todo lo anterior. Tan frágil como el vaso al tocar el piso.
He pecado de ser humano.


Hay en el vino un espíritu que llaman resveratrol; es un antioxidante que resulta bueno para el corazón.

También tiene etanol. Malo para el cerebro a largo plazo.
Esto dice el internet. Consejero dudoso.
También menciona que puede causarte cáncer de mama, gastritis, colesterol.

Yo tengo presión arterial de deportista sin serlo. Setecientos cincuenta mililitros es mi maratón.
No tengo mamas, así que ese cáncer no me quita el sueño. Ni tampoco se justifica mi apariencia de peleador de sumo, en desarrollo.

La gastritis me la daba la coca-cola, ese sí que era un vicio oscuro y sin redención. ¡Qué feliz he sido de abandonarla! El buen ron, se toma solo, tal vez con hielos.
El colesterol sube de vez en cuando, pero eso se lo agradezco a los tacos, nunca al vino. Soy un tacólico declarado, conocedor y sin remordimientos. Podría ser un guía de turistas culinario.

¿Y mi cerebro? Sigo inventando cosas. Sigo siendo creativo. La maquinaria gira. Sí, le faltan algunas neuronas en los bordes, las restantes han aprendido a cubrirse entre sí, trabajan en
equipo, son mis cómplices. Disimulan mis huecos de la memoria.


Sin embargo.

Fumo.
Todo el día, todos los días, en cualquier circunstancia. Con excepción de cuando dormito por las noches, porque no confío en los bomberos. Llegan pronto, pero nunca a tiempo. Son como
el trueno: llegan después del rayo, que segundos antes ya lo fundió todo. O nada.

Y en eso no hay filosofía que valga, ni antioxidante que lo compense. El tabaco es el único hábito que tengo, donde el internet, la ciencia y hasta el más optimista de los buscadores de
buenas noticias coinciden unánimemente en que no ofrece absolutamente ningún beneficio.

Lo sé.
Soy consciente. Soy fumador y eso, no me hace realmente disciplinado; soy vicioso del tabaco.
Esa consciencia es, quizás, el primer paso hacia algo. Eso si es un vicio por reconocer ante las
columnas del aprendiz.

O no.
Salud por ello.

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.@UnidadParlamentariaEuropa

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