El negocio de hacernos pelear: Cómo las pantallas secuestraron la plaza pública


Por Valentina Cuevas
Ciudad de México — 30 de agosto de 2026


Cuando el internet y los teléfonos inteligentes llegaron a la vida cotidiana, la promesa pública fue luminosa: democratizar la información, darle voz a quienes nunca la tuvieron y abrir una plaza mundial donde cualquier ciudadano pudiera debatir con libertad. Décadas después, esa promesa muestra su reverso. La histórica plaza pública —aquel espacio físico donde vecinos y comunidades se encontraban cara a cara para organizarse, discutir o construir acuerdos— ha sido progresivamente desplazada por aplicaciones privadas en el teléfono celular que persiguen un objetivo central: retener nuestra atención la mayor cantidad de minutos posible para rentabilizar nuestras reacciones.
En entregas previas analizamos cómo las estructuras de poder administran la angustia social ante la falta de bienestar material. Sin embargo, esa gestión emocional no ocurre en el vacío; encuentra en la infraestructura digital su principal acelerador. La fragmentación de la sociedad no es un accidente ni una simple falta de interés cívico; responde a un modelo económico diseñado para convertir la fricción y el conflicto en rendimiento financiero.
«La plaza pública no desapareció porque la gente perdiera el interés en su comunidad, sino porque fue reemplazada por aplicaciones que descubrieron que la indignación y el pleito son el negocio más rentable del mundo.»
— Valentina Cuevas


La ingeniería de la atención: ¿Por qué la pantalla premia el enojo?
Las plataformas digitales no operan como canales neutros de comunicación. Detrás de la interfaz cotidiana trabajan modelos matemáticos y algoritmos de recomendación diseñados para maximizar el tiempo de permanencia del usuario frente al dispositivo. En términos de respuesta psicofisiológica y conductual, estímulos como la sorpresa, la alarma y la indignación activan mecanismos de alerta inmediata con mucha mayor rapidez que la reflexión pausada o el dato matizado.
Bajo esa lógica de diseño, el contenido que busca tender puentes, explicar complejidades técnicas o fomentar acuerdos pierde visibilidad porque genera menos interacciones inmediatas. En contraste, el agravio, la descalificación y el señalamiento al adversario desatan cadenas de respuestas y discusiones en la sección de comentarios. Las plataformas no priorizan la veracidad ni la convivencia comunitaria; priorizan el volumen de interacción, pues cada segundo adicional de permanencia se traduce en recopilación de datos de comportamiento y venta de espacios publicitarios.
«Cuando las plataformas premian el insulto y castigan la reflexión tranquila, el diálogo se apaga y solo queda una guerra de gritos donde nadie escucha al vecino.»
— Valentina Cuevas
Asimetría regional: El costo del algoritmo en el Sur Global
El impacto de este modelo de negocio no se distribuye de manera homogénea en el escenario internacional, dejando a las sociedades de América Latina en una posición de clara vulnerabilidad estructural:
Extracción de datos sin responsabilidad local: Las grandes corporaciones tecnológicas obtienen ingresos millonarios a partir de las audiencias latinoamericanas, pero destinan presupuestos mínimos a la moderación contextual, la contención de campañas de desinformación organizada o la verificación de hechos en nuestros idiomas y dialectos. El tejido social regional asume los costos de la polarización mientras las matrices corporativas operan a miles de kilómetros sin rendición de cuentas.
La brecha regulatoria frente al Norte global: Mientras bloques como la Unión Europea avanzan en leyes de gobernanza digital, soberanía de datos y exigencias de transparencia sobre los algoritmos de recomendación, en nuestra región el debate público sigue subordinado a términos y condiciones corporativos fijados unilateralmente por monopolios extranjeros.
De las cámaras de eco al territorio: Reclamar la palabra
El mayor riesgo de este secuestro digital es la ruptura de los lazos comunitarios indispensables para la organización ciudadana. Encerrada en cámaras de eco donde cada grupo solo confirma sus propios sesgos y desconfía sistemáticamente del resto, la sociedad pierde su capacidad de articular demandas colectivas frente a los problemas materiales que comparte: el transporte deficiente, la falta de servicios de salud, la inseguridad y la carestía.
Superar la trampa del enfrentamiento digital exige desmitificar el funcionamiento de estas plataformas y recuperar la primacía de la palabra en los espacios reales. La tecnología debe ser una herramienta formativa y de vinculación al servicio del bienestar social, no un mecanismo que aísle y enfrente a familias, barrios y colectivos. La salud de una democracia no se mide por la cantidad de disputas virtuales ni por la viralidad del enojo, sino por la fortaleza con la que las comunidades se encuentran, dialogan y defienden su propia dignidad en la vida cotidiana.

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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