INCONFORMIDAD Y PROVOCACIONES EN EUROPA


Ciudad de México, 26 de octubre de 2026, Juan Antonio García

Decía el simpático Groucho Marx que, aunque la historia no se repite, a veces rima. Desde principios de 2025 –cuando ocupó Trump su segundo mandato presidencial– advertimos que la economía de Estados Unidos y la de Europa se encaminaban a un callejón sin otra salida que la militarización. Las nuevas potencias emergentes (Brasil, Rusia, India China y Sudáfrica), están produciendo mayores volúmenes de mercancías a menores costos de producción, debido a que pagan salarios más bajos y están modernizando su tecnología aceleradamente, lo cual está obligando a las viejas potencias del siglo XX, a bajar sus salarios reales para enfrentar una competencia salvaje.
Así como en 1933 –ante la ineficacia de la Sociedad de las Naciones que nació de la primera guerra imperialista mundial, surgió un Hitler para resolver las disputas por la vía de las armas y la invasión de territorios, en 2025 reapareció el Trump para tratar de recuperar el poderío perdido por todos los medios; rompiendo con la legalidad y con las instituciones, amenazando con invadir países, bombardeando embarcaciones desconocidas y secuestrando otras; es decir, actuando como verdadero nazi.   
Ya hemos analizado el explosivo coctel económico que ha colocado a estados Unidos al borde del colapso: su deuda de 40 billones de dólares, su doble déficit, comercial y fiscal, la creciente desconfianza en los bonos del Tesoro, pérdida de confianza en el dólar como moneda única de cambio en el mundo, y la intensa modernización tecnológica que sigue abaratando mercancías en todo el orbe y obligando a las empresas a actualizar su aparato productivo.   
Además del riesgo de entrar en una hiperinflación y una recesión similar a la de 1929, en lo inmediato tanto Europa como Estados Unidos se ven obligados a bajar sus costos de producción, incluyendo el más sensible de ellos: el costo de la fuerza de trabajo; esto es, reducir los salarios reales, entregando a sus trabajadores un salario nominal que ya no está alcanzando para satisfacer las necesidades plenas de alimentación, vivienda, transporte y educación.
Esa es causa final de la inconformidad latente en Estados Unidos, y de las protestas patentes en Europa. Las enormes manifestaciones se fueron extendiendo de España a Portugal, de Francia a Bélgica, a Italia, y brincaron a los Balcanes, en la vecina Albania y en la explosiva Serbia, donde están contenidas todas las humillaciones que implicaron la destrucción de Yugoslavia: el primer bombardeo a un país europeo por parte de la OTAN y su desintegración en siete pequeñas naciones.
La naciente crisis política europea tiene la misma causa estructural que el problema Estados Unidos: la competencia de las potencias emergentes que ya tienen contra la pared a sus orgullosas empresas automotrices, y la necesidad de bajar salarios reales a sus trabajadores. Ello se ha traducido en exorbitantes alzas en pagos y rentas por habitación, en el precio de los alimentos, en gastos escolares y en gasto por combustible en vísperas del crudo invierno. Además, los gobiernos de esos países, han decido reducir el gasto en dichos rubros para seguir financiando con millones de dólares la guerra del comediante Volodímir Zelenzky, quien el año pasado consumió 90 mil millones de euros y ahora les está exigiendo otros 70 mil millones; en tanto, su neofascista aliado de la Casa Blanca, los tiene obligados a dejar de comprar gas barato ruso para comprar gas norteamericano caro, mientras él decide romper el bloqueo comprando toneladas de combustible a su amigo Putin para tratar de ganar votos. La locura total. 
…Y la inconformidad social se hace inevitable.
Ahora las multitudes de la clase media salen a protestar en las calles de Bruselas, París, Marsella, Lion, Toulouse, Belgrado, Berlín, Hamburgo, Frankfort, Tirana, Roma, Turín, Bolonia, Nápoles, Venecia, Génova, de Bélgica y Albania, entre otras muchas ciudades europeas. Y tras esas manifestaciones de inconformidad verdadera, invariablemente, aparecen docenas o cientos de encapuchados disfrazados de anarquistas, arremeten contra los uniformados, incendian, intimidan, y asaltan comercios, mientras la autoridad sólo observa, impasible. (De la misma manera que los encapuchados del ICE han golpeado a los migrantes en el país de la libertad y la democracia).
Al final de la protesta la policía carga a bastonazos y chorros de agua contra los pacíficos manifestantes y, si acaso, detiene a una docena de encapuchados que, “extrañamente”, son liberados horas después. Las televisoras centran su reporte, no en las exigencias de los manifestantes, sino en los destrozos de los provocadores. Las imágenes hacen un recorrido relámpago sobre las mantas y carteles de la gente que protesta, sin que se alcancen a leer denuncias o exigencias, y dedican veinte minutos, o varias horas, si los destrozos fueron mayúsculos, a la acción de los provocadores. Luego, los reporteros entrevistan a las personas que fueron afectadas por la protesta: automovilistas, comerciantes y peatones, poniendo énfasis en quienes exigen mano duran contra los manifestantes.
Inmediatamente después, los políticos, como Emmanuel Macron, culpan a los “grupos de izquierda radical”, imponen el toque de queda y la protesta se acaba, las exigencias iniciales van quedando en el olvido. Y, lo más evidente: el movimiento de inconformidad social, que tendía a extenderse a gran parte de la población, queda reducido y se gana el odio de los comerciantes y de gran parte del pueblo, por la impresión de que es violento y destructor.
Las recientes protestas en México (Guadalajara) y en Europa han demostrado que esos grupos encapuchados son pagados por los gobiernos, interesados en exhibir a la población inconforme, como fuente de violencia y de destrucción, como se hizo evidente cuando se descubrió que, entre los jóvenes desaparecido de Ayotzinapa, Guerrero, había al menos un militar, que era encargado de realizar labor de inteligencia para el ejército. La experiencia de Guadalajara, 18 de octubre, fue más ilustrativa pues mostró que los gobiernos de todos los partidos han heredado estas tácticas de confusión. Miles de manifestantes protestan contra la calidad del agua que reciben, pese a estar pagando el servicio regularmente. Al mismo tiempo un grupo de encapuchados inicia actos de destrucción irracional. Los asaltantes se quedan con el botín obtenido. Pero la policía actúa con una violencia inusitada, no contra los malhechores, sino contra los manifestantes.
Desde fines del siglo pasado, se comenzó a ver la presencia de los encapuchados en las manifestaciones del Primero de Mayo en Europa y en América Latina. Invariablemente, se colocan al final de las protestas obreras levantando banderas anarquistas, aprovechando que esta tendencia política y algunos jóvenes inexpertos, así como algunos delincuentes, se unen espontáneamente a esos actos aparentemente radicales para saquear comercios.
Las protestas en Europa tienes su origen en el hecho de que la situación económica está empeorando para los trabajadores y la clase media. Ahora tiene que pagar combustibles más caros debido la guerra en Ucrania y al bloqueo al combustible barato que traían de Rusia. El consumo en el viejo continente ha bajado y otros sectores estallan de indignación ante las matanzas que llevan a cabo los gobiernos de Estados Unidos e Israel en Medio Oriente, especialmente en Gaza y Líbano.
La destrucción en Francia y los sucesos de Guadalajara, arrojan la enseñanza de que, así como los la naturaleza no pueden ser comprendidos desde la apariencia de las cosas, los fenómenos de la sociedad también nos muestran sólo lo superficial y para comprender las causas esenciales, se requiere hacer un análisis más paciente, con el fin de buscar los verdaderos intereses, económicos y políticos, que se ocultan detrás de los discursos y los actos inmediatos.

Los artículos de opinión y fotografías son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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